A las diez de la mañana suena el teléfono y, del otro lado, alguien de la biblioteca pregunta por ella. Alcira Machado tarda unos segundos en responder. Recién se está despertando, porque la noche anterior leyó hasta las dos de la madrugada.
La escena se repite con frecuencia en su casa de Luis Beltrán, en el Valle Medio de Río Negro. A los 91 años, su rutina está marcada por una lógica que no negocia: si hay un libro abierto, el tiempo se acomoda alrededor de la lectura. Comer, dormir, salir, todo se ordena después.
En la biblioteca popular Pablo Pizzurno, institución cultural de Luis Beltrán fundada en 1940, el registro es preciso. Números, fichas, movimientos de préstamo. “114 libros retirados en un año” en 2025. Es el tercer año consecutivo en que Alcira Machado encabeza la lista de lectores más activos. Cada libro prestado es un libro leído.

Las bibliotecarias lo saben porque ella vuelve, comenta, pregunta, pide otro. Alcira tiene un método: elige siempre porque cada vez que lee siente la lectura como una vivencia. Laura Tramaglino, tesorera de la institución, reconstruye el origen de ese ranking:
—Empezamos a contar durante la pandemia. Había que registrar todo, y ahí apareció esto: quién leía más, cuántos libros circulaban. Primero pensamos en un podio, pero era injusto dejar gente afuera. Entonces empezamos a reconocer a varios.
El método lector de Alcira Machado
En ese grupo, Alcira Machado empezó a repetirse. Primero como una más. Después, siempre arriba. Según Tramaglino, “es la tercera vez que sale primera”. No es la única. Un hombre de unos 80 años, Carlos Spina, también compite en ese podio informal. Pero en los últimos años, la diferencia se amplió.
—No es una carrera. Es que se me terminan y no puedo acostarme sin leer.

El hábito está tan incorporado que no se cuestiona. Alcira Machado lee entre nueve y diez libros por mes. El ritmo depende de la cantidad de páginas, del tipo de historia, de la continuidad de una autora. Si un libro engancha, avanza sin pausas. Si una autora le gusta, la sigue hasta el final de su obra disponible. En la biblioteca lo saben y por eso arman listas:
—Ella elige una autora y la termina —explica Alicia Martínez, presidenta de la institución—. Entonces las bibliotecarias le van armando recorridos: qué le falta, qué puede seguir.
La mayoría son mujeres: Florencia Bonelli, Nora Roberts, Gloria Casañas; novela romántica en general, extensa, libros “gordos”, como dicen en la biblioteca, que ocupan tiempo y atención.
—Tiene para rato —aclara Alicia Martínez—. La biblioteca tiene más de 25.000 ejemplares.

Infancia y primeros vínculos con la lectura
Alcira Machado dice que vive las historias.
—Vivo los personajes —repite—. Vivo, vivo...
Cuando habla de lo que está leyendo: reconstruye. Cuenta escenas, recuerda edades, describe relaciones. En ese momento está con La casa de Riverton, de Kate Morton. La historia de una doncella, de una casa, de una memoria que vuelve en la vejez.
—Ahora la mujer tiene 98 años —dice—. Y recuerda todo.
Hay algo en ese gesto que se espeja: una mujer mayor leyendo a otra mujer mayor que recuerda. La lectura como puente entre tiempos.
La vida de Alcira Machado no empieza en los libros, aunque los libros estén desde el principio. Nació el 21 de septiembre de 1934 en Río Colorado. Primera hija, primera nieta, primera sobrina. Durante cinco años fue hija única y centro de atención.
—Era muy feliz —dice—. Me mimaban todos.

El barrio se llamaba Buena Parada. Calles de tierra, piedra, distancias largas hasta la escuela. Su madre la vestía con cuidado: moños grandes, bucles en el pelo castaño claro.
—Me hacía rulos —recuerda.
Su padre era esquilador. Viajaba a Santa Cruz durante la temporada. Dos o tres meses fuera de casa. Su madre sostenía la vida cotidiana con lo que había: lavaba guardapolvos, organizaba la economía familiar. Alcira ayudaba planchando.
—Nunca nos faltó nada —aclara.
A los diez años se mudaron a Choele Choel. El padre buscaba estabilidad: menos viajes, más trabajo cerca. La familia se reorganizó. La escuela no fue su territorio natural. Llegó hasta primer año del secundario.
—Era muy vaga —dice, y se ríe.
Pero la explicación es otra: leía. Leía lo que quería, no lo que le pedían.
—El profesor de Historia me decía “menos Idilio y más historia”.

En 1948 apareció en Buenos Aires la revista Idilio, impulsada por el sociólogo Gino Germani y editada por Abril. La publicación introdujo un formato novedoso: fotonovelas que combinaban traducciones del italiano con producciones locales, entregadas semanalmente como un folletín. Eran relatos ficcionales centrados en conflictos sentimentales —amores contrariados, vínculos atravesados por obstáculos— que, siguiendo una lógica previsible, encontraban resolución hacia el final. La historia oficial, en cambio, no la atrapaba.
—Historia después de grande —dice—. Ahí me dio curiosidad.
Trabajo, familia y pausa en la lectura
El trabajo llegó temprano. Primero en tareas domésticas. Después, en una radio.
—Se llamaba “La vuelta del perro” —recuerda.
Su función era hacer publicidades para comercios locales. Todavía puede repetir una.
—Si quiere su casa limpia y hermosa… ¡Límpiela! No sea roñosa.
La frase sale con ritmo, como si todavía estuviera al aire.
Se casó en 1957. Al año siguiente nació su primera hija. Después llegaron tres hijos más. La vida se organizó alrededor del trabajo y la familia. Fue comerciante, gastronómica, taxista. La primera mujer taxista de la zona, según su propio relato. La lectura quedó en segundo plano. No desapareció, pero se redujo.
—Cuando crié a mis hijos no pude dedicarme —admite.
El deseo quedó suspendido.
La recuperación de la lectura llega más tarde. Cuando los hijos crecen, cuando las obligaciones cambian, cuando la casa ya no depende de ella en el mismo sentido. Y sobre todo, cuando muere su esposo, Arsenio Silva, hace siete años.
—Ahora estoy tan tranquila —dice.
La palabra aparece sin dramatismo. Tranquila no como vacío, sino como espacio disponible. La lectura ocupa ese lugar.

El regreso a la biblioteca y la vida actual
Los domingos almuerza con su hija mayor en Choele Choel. Se encuentran en una estación de servicio, comparten la mesa con el yerno y la consuegra.
—Pasamos un rato felices —dice.
La consuegra tiene 98 años. Problemas de vista, pero buena memoria.
—Nunca se cayó —agrega.
La escena familiar convive con otra, más íntima: la noche, el libro, la luz encendida hasta tarde.
En la biblioteca la conocen por sus recorridos. Llega, busca, pregunta. Si no hay un libro, lo sugiere. La sugerencia se anota. Cuando llegan fondos, se compra.

—Le damos prioridad a lo que piden los socios —explica Alicia Martínez—. Y ella pide.
La biblioteca es un espacio activo: talleres, charlas, radioteatro, actividades para adultos mayores, rincón infantil. Tiene más de ochenta años y funciona como un centro cultural en una localidad de poco más de 8.000 habitantes.
—La gente sigue viniendo —dice Alicia Martínez—. El libro físico sigue teniendo lugar.
En ese ecosistema, Alcira Machado es una usuaria intensiva, pero también un síntoma: la lectura no desapareció, se transformó. Porque Alcira también canta. Es como extensión de la lectura. Tiene libros de canciones: boleros, tangos, folclore. Lee letras y las canta. En medio de la entrevista, sin aviso, empieza:
—“Es la historia de un amor como no hay otro igual…”
La voz busca continuidad. La misma que encuentra en los libros.
—Soy muy romántica —dice.
Su hija mayor, Mónica Silva, fue senadora nacional por Río Negro hasta diciembre del año pasado. Alcira lo menciona con orgullo, pero sin detenerse demasiado.
—Estoy orgullosa de todos mis hijos —aclara.
La lista es precisa: Mónica Esther, Néstor Osvaldo —fallecido a los 55 años—, Óscar Omar, Sandra Mirna. La memoria es un archivo ordenado. Aunque siempre hay espacio para más. Hay una frase que repite varias veces: “quiero saber todo”.
La aplica a la lectura, pero también al mundo. Sigue noticias, se interesa por conflictos internacionales, intenta entender el conflicto entre Estados Unidos e Irán.
—¿Por qué se pelean? —se pregunta.
La curiosidad no disminuye con la edad. Al contrario.
—Tengo la mente muy despierta —dice.
Cuando le preguntan cómo empezaría el libro de su vida, no duda en el punto de partida.
—Por mi infancia. Desde el principio.
Después se ríe. Dice que serían más de setecientas páginas. Es una medida de tiempo vivido.

El contexto de Luis Beltrán y la biblioteca popular
En la biblioteca, mientras tanto, siguen tachando nombres en una lista. Autoras que ya leyó, otras que quedan pendientes. Libros de canciones que pueden interesarle. Novedades que podrían sumarse a su circuito. Cuando Laura Tramaglino, la tesorera, ordena estantes, piensa en ella.
—Este le puede gustar —dice.
Mientras, Alcira Machado maneja su propio auto. Un Sedán modelo 2008. Renueva el carnet, hace la revisión técnica. Se mueve con autonomía.
—Salgo cuando quiero. Florezco en primavera —dice—. Y me marchito en otoño. Es porque cumplo años el 21 de septiembre.
Se ríe después de decirlo. El entrevistador responde con una sugerencia:
—En otoño hay que leer más.
Ella asiente.
En Luis Beltrán, la biblioteca queda entre plazas, en el centro cívico. La localidad está ubicada dentro de la Isla Grande de Choele Choel y atravesada por la lógica de los pueblos de paso: la ruta la conecta, el río la rodea y la historia la sostiene.
El poblado creció al ritmo de la agricultura y el riego, en un territorio donde las primeras instalaciones fueron precarias y donde confluyeron criollos, pueblos originarios, inmigrantes europeos y, en especial, colonos galeses que impulsaron los canales que hicieron posible la producción.
Su trama urbana —ordenada recién a comienzos del siglo XX— conserva esa escala intermedia: ni rural dispersa ni ciudad masiva, sino un espacio donde la vida cotidiana circula entre instituciones históricas, como la biblioteca, y una comunidad que todavía reconoce sus propios nombres y recorridos. En la biblioteca la gente entra, sale, participa de talleres, busca libros. En ese flujo cotidiano, Alcira Machado aparece como una figura constante.
Leer como quien respira. Leer como quien organiza el día. Leer como quien sostiene una conversación prolongada con el mundo. A los 91 años, la distinción de “la más lectora” no parece modificar su rutina. No cambia la velocidad, no altera el método.
—Es que se me terminan —dice.
Y vuelve a la biblioteca. Y vuelve al libro. Y vuelve a empezar. Había una vez, una mujer que amaba leer historias de amor y suspenso.

Fotos y video: Biblioteca Popular Pablo Pizzurno.
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