
El estreno de la nueva adaptación de Cumbres borrascosas, de la mano de la directora Emerald Fennell y protagonizada por Jacob Elordi y Margot Robbie, ha sido sin duda uno de los bombazos del año. Pese a generar controversia por sus licencias creativas y por no adaptar fielmente el texto original, son muchos los que están redescubriendo uno de los clásicos mejor valorados de la literatura universal.
La novela de Emily Brontë publicado en 1847, un año antes de su muerte, fue tachada de salvaje y burda por exponer el racismo, la diferencia de clases, el odio y la venganza y el impacto del trauma, entre muchos otros, además de que los críticos de la época cuestionaron su estructura narrativa.
Sin embargo, mientras el público vuelve la mirada hacia la autora de Cumbres borrascosas, así como a Charlotte, creadora de Jane Eyre, otra de las hermanas permanece todavía en un discreto segundo plano. Anne Brontë, la menor de ellas, fue durante décadas la más olvidada. La inquilina de Wildfell Hall (1848), la segunda y última novela de Anne, fue una de las primeras novelas feministas, hoy considerada también otro gran clásico.
Una independencia femenina que desafió las normas
La obra narra la historia de Helen Graham, una mujer que llega con su hijo a una vieja mansión huyendo de un pasado: ha abandonado a su marido alcohólico y abusivo para proteger al niño y preservar su dignidad. Descrito “con una predilección morbosa por lo grosero, cuando no brutal” que escandalizó y repugnó a sus contemporáneos, el personaje de Helen encarnó una independencia femenina que desafiaba las normas sociales del siglo XIX.
Además, la autora abordó temas considerados impropios para la época: el alcoholismo, la degradación moral, la violencia doméstica y las consecuencias del abuso. La crudeza de estos retratos provocó críticas feroces. Para muchos lectores, resultaba inaceptable que una mujer escribiera sobre tales asuntos. No es casual que Anne publicara bajo el seudónimo masculino Acton Bell, como también hicieron sus hermanas, para evitar los prejuicios contra las escritoras.
“No nos gustaba declararnos mujeres; teníamos la vaga impresión de que las escritoras pueden ser vistas con prejuicios; habíamos notado cómo los críticos a veces usan como castigo el arma de la personalidad y como recompensa la adulación, que no es un verdadero elogio”, escribió Charlotte en Nota Biográfica de Ellis y Acton Bell (1850), haciendo referencia a los seudónimos de sus dos hermanas.
De hecho, tras la muerte de Anne en 1849, Charlotte se negó a reeditar la novela. Consideraba que había sido “un error y prefería que desapareciera” y durante décadas, así ocurrió: mientras las otras obras de las Brontë seguían circulando, La inquilina de Wildfell Hall quedó relegada al olvido, pese a que su primera edición se vendió incluso más rápido que Jane Eyre.
La novela fue enterrada junto con su escritora, y de hecho no volvería a publicarse hasta diez años después. Hoy, recuperada y celebrada por la crítica, La inquilina de Wildfell Hall se lee como una obra adelantada a su tiempo.
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