Magdalena Tsanis
Madrid, 21 feb (EFE).- El jardín como espejo del proceso creativo y el duelo por la pérdida de una madre se entrelazan en 'Vida y muerte de un jardín de papel' (Siruela), la nueva novela de Menchu Gutiérrez, una escritora avalada por una voz poética y singular y una trayectoria sólida y ajena a las modas.
Novelista, poeta, ensayista y traductora, Gutiérrez (Madrid, 1957) apuesta por "cultivar el lujo de la lentitud y la atención" y pone a prueba al lector en ese sentido. "Es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos todos", dice a EFE en una entrevista telefónica.
'Vida y muerte de un jardín de papel' iba a ser un libro sobre la creación dedicado a su madre y con el jardín como protagonista, pero su madre falleció cuando lo estaba escribiendo, de modo que se convirtió en otra cosa, un nuevo libro emergió de "las ruinas" del primero.
"Entré en una parálisis absoluta de la escritura, no podía seguir el mismo libro, pero de ahí se planteó un nuevo espacio para el duelo, un jardín de la ausencia, un espacio de metamorfosis, tranquilizador e interrogativo", describe.
En su amplia trayectoria, que incluye títulos como 'El faro por dentro', 'La niebla tres veces', 'La mujer ensimismada' o 'La tabla de las mareas', Gutiérrez asegura que nunca hasta ahora se había planteado por qué escribir.
"Siempre he vivido escribiendo, es mi forma de estar en el mundo", sostiene, pero experimentar esa pérdida le llevó a "el grado cero de la escritura", a ser "una niña" de nuevo y a preguntarse por qué. "Me di cuenta de que, con el jardín, uno podía hacerse la misma pregunta, por qué no dejar las cosas como están".
En esa indagación vienen en su ayuda las voces de otros escritores con los que la autora dialoga, como Alejandra Pizarnik, Fleur Jaeggy, Charles Baudelaire, Virginia Wolf, Rilke o Petrarca. De sus citas la autora extrae poderosas imágenes y reflexiones que se van entrelazando con naturalidad.
"Pretendo dialogar con esas frases y añadirles otra dimensión, casi todas las citas tienen un contenido poético muy profundo", señala.
También aparecen cuadros de pintores como Lucien Freud, Frida Kahlo, Anton van Dyck o Jean Ranc en los que siempre hay flores diciendo algo. "Durante un tiempo pensé que podía ser pintora y lo compaginé con la escritura, hasta que me decanté, pero una conmoción como esta te devuelve a ese camino que abandonaste", explica.
Aunque parte de un espacio de intimidad en el que la voz narrativa se dirige a sí misma -no quería hablarle a un fantasma, dice-, en algunos momentos el yo se diluye en un nosotros y el duelo íntimo en uno colectivo. Y es que, mientras escribía, las imágenes de las guerras -de Ucrania a Gaza- que estaban sucediendo en el mundo, no le eran ajenas.
"Cada día asistíamos a bombardeos de ciudades que se convertían en cementerios sin tumbas ni espacios para velar a muertos, la guerra como la imposibilidad de vivir un duelo", señala.
Aunque es madrileña, Gutiérrez lleva muchos años viviendo en Cantabria, ahora en Oruña de Piélagos, pero durante dos décadas vivió en un faro en el País Vasco. "Era consorte de farero", dice. "a mi marido, que es pintor, se le ocurrió la idea y estuvimos muchos años".
El espacio, dice la autora, es importante a la hora de escribir. "El faro invitaba a la introspección, esto es mas abierto pero en ambos casos estamos en contacto con la naturaleza". Con todo, lo verdaderamente importante, afirma, es el espacio que crea el autor.
"Recuerdo estar leyendo los diarios de Jünger en la Segunda Guerra Mundial y que era capaz de hablar de porcelana china estando bajo los impactos de la granadas; tienes que aprender a crear silencio alrededor allí donde vives". EFE
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