La cueva de Denisova, en Siberia, escondía hasta la fecha una especie nunca vista, que ha sido toda una sorpresa en el mundo de la investigación. Se trata de un conjunto de diminutos restos óseos que ha permitido a un equipo de la Universidad de Estocolmo reconstruir, a partir de ADN antiguo, parte de la fauna que habitó las montañas de Altái durante el Pleistoceno. La investigación, publicada en la revista científica Current Biology, refuerza la importancia del yacimiento, reconocido hasta ahora sobre todo por los hallazgos vinculados con humanos arcaicos, como denisovanos y neandertales.
El análisis genético de decenas de fragmentos óseos, demasiado pequeños o deteriorados para una identificación anatómica, permitió detectar al menos 20 genomas de un bovino extinto hasta ahora desconocido. Los investigadores lo bautizaron de forma provisional como “yak X” y establecieron que era un pariente cercano de los yaks que habitan hoy el Himalaya y la meseta tibetana.
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El hallazgo adquiere relevancia por las condiciones de conservación de la cueva de Denisova, donde se acumulan más de 250.000 restos óseos de animales y grupos humanos prehistóricos. Cerca del 95% corresponde a piezas tan fragmentadas que no pueden ser clasificadas mediante métodos anatómicos convencionales. Por ese motivo, el estudio de ADN resulta determinante para reconstruir qué especies ocuparon el lugar a lo largo de cientos de miles de años.
Dos especies que se separaron hace 400.000 años
El análisis genético indica que el yak X comenzó a separarse de los yaks modernos hace unos 400.000 años y que ambas ramas quedaron completamente diferenciadas alrededor de 150.000 años después. Love Dalén, investigador de la Universidad de Estocolmo, señaló a IFLScience que esa cercanía evolutiva permite plantear que ambos animales tuvieron un aspecto similar, aunque aclaró que este vínculo no constituye una certeza.
“Dado que es una especie hermana del yak del Himalaya y que compartieron un ancestro común hace solo 400.000 años, es razonable asumir que tenían un aspecto parecido. Dicho esto, los osos pardos y polares divergieron aproximadamente en la misma época y, desde luego, tienen un aspecto muy diferente”, afirmó Dalén. El equipo prepara otro estudio para identificar los genes codificadores de proteínas que diferenciaban a este bovino de sus parientes asiáticos.
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Los genomas recuperados abarcan un período de hasta 220.000 años: el más antiguo pertenece a un animal que vivió hace 247.000 años y el más reciente, a otro de hace unos 27.000 años. La recurrencia de sus restos en la cueva coincide con distintas etapas de ocupación humana en ese enclave de Siberia, lo que abre la posibilidad de que ambas especies hubieran tenido algún tipo de interacción.
¿Los antiguos habitantes de la cueva cazaron a estos bovinos?
Los científicos no hallaron evidencias directas de que los antiguos ocupantes de la cueva cazaran al yak X. Aun así, la coincidencia entre la presencia del bovino y las poblaciones humanas que habitaron el lugar permite considerar esa posibilidad.
“Aunque no tenemos pruebas directas de estas interacciones, creo que es probable que los humanos antiguos, incluidos denisovanos y neandertales, pudieran haber cazado al yak X durante este periodo”, sostuvo Jonas Oppenheimer, investigador de la Universidad de Estocolmo. De confirmarse, el animal pudo haber formado parte de la dieta de esos grupos.
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El descubrimiento también aporta datos sobre la diversidad biológica que existió en las montañas de Altái durante las variaciones climáticas del Pleistoceno. Según Oppenheimer, el área pudo funcionar como refugio para varias especies por sus condiciones relativamente estables ante los ciclos glaciales. La cueva de Denisova, clave para la identificación genética de una población humana extinta, permitió ahora detectar otra rama desaparecida del árbol evolutivo.
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