La idea de que la personalidad adulta es una estructura inmutable resulta habitual en la sociedad contemporánea. En muchos ámbitos, tanto laborales como familiares, predomina el discurso de que las personas “ya están hechas”, especialmente al alcanzar cierta edad.
Esta percepción arraigada choca con las investigaciones actuales en psicología, que muestran que la conducta y la visión de uno mismo pueden transformarse a lo largo de toda la vida, incluso en etapas consideradas estables.
La frase “yo soy así, a mis cuarenta no voy a cambiar y esta es mi forma de ser”, que Silvia Severino (@silviaseverinopsico) escucha con frecuencia en consulta, refleja una creencia extendida sobre la imposibilidad del cambio. Sin embargo, como señala la psicóloga, estas palabras suelen esconder algo distinto a una identidad inamovible.
PUBLICIDAD
El “yo soy así” como refugio
Severino observa que, en la práctica clínica, el enunciado “yo soy así” opera más como un refugio que como una afirmación de autenticidad. En lugar de expresar una aceptación plena de la propia personalidad, muchas veces encubre la dificultad para modificar patrones que generan malestar e insatisfacción en la vida diaria.
“Cuando dices: ‘yo soy así’, la mayoría de veces, en realidad, lo que quieres decir no es hacerlo de otra manera”, afirma la psicóloga. Esto implica que la resistencia al cambio no siempre surge de una convicción profunda, sino de la sensación de no saber actuar de otro modo, o del temor a exponerse a situaciones desconocidas.
En la experiencia de Severino, detrás de ese tipo de afirmaciones suelen aparecer obstáculos concretos en la vida cotidiana. Problemas para comunicarse de manera asertiva, incapacidad para marcar límites sin distanciarse o una tendencia a controlar situaciones ante la inseguridad son ejemplos que la especialista identifica en consulta.
PUBLICIDAD
“No sé pedir sin atacar, no sé poner límites sin desaparecer y no sé sentir inseguridad sin intentar controlarlo todo”, describe. Estas dificultades no solo afectan a quien las experimenta, sino que también pueden impactar las relaciones personales y laborales, creando círculos de incomprensión o conflictos reiterados.
Según explica, muchas de estas conductas que las personas asumen como rasgos fijos de su personalidad tienen su origen en mecanismos aprendidos para afrontar situaciones pasadas. La psicóloga señala que este tipo de respuestas, en su momento útiles o protectoras, pueden mantenerse de manera automática durante años, incluso cuando ya no resultan funcionales.
Defensas que se confunden con identidad
“Muchas de tus reacciones no son tu personalidad, fueron formas de protegerte”, sostiene, subrayando que la identidad puede estar moldeada por estrategias defensivas que se consolidan en la memoria emocional.
PUBLICIDAD
Con el paso del tiempo, la repetición de estas defensas puede alterar la percepción que una persona tiene de sí misma. “Lo que sucede es que una defensa repetida durante años se acaba confundiendo con tu identidad”, dice Severino.
Así, lo que en un principio fue una forma de adaptarse o protegerse, termina integrándose en la autodefinición y limita la posibilidad de explorar nuevas formas de actuar, reduciendo la flexibilidad psicológica.
En este contexto, la especialista plantea que el cambio personal no implica la adopción de una identidad completamente diferente, sino la revisión de aquellos aspectos que se han evitado durante mucho tiempo.
PUBLICIDAD
“Cambiar no es convertirte en alguien diferente. Cambiar es dejar de llamar carácter a todo aquello que nunca te has atrevido a mirar”, concluye. La reflexión invita a cuestionar la rigidez con la que se perciben ciertos rasgos y abre la puerta a la posibilidad de transformación a cualquier edad, con acompañamiento profesional si se requiere.