A muchas personas les resulta difícil poner límites en sus relaciones personales. Ya sea por miedo al conflicto, por el deseo de agradar o por evitar que la otra persona se enfade, en numerosas ocasiones se toleran comportamientos que generan malestar. Con el tiempo, esa falta de límites puede traducirse en frustración, desgaste emocional e incluso en una sensación de falta de respeto hacia uno mismo.
Las relaciones, ya sean de pareja, familiares, de amistad o laborales, requieren un equilibrio entre las necesidades de todas las personas implicadas. Sin embargo, encontrar ese punto no siempre es sencillo. En ocasiones, el problema no está tanto en lo que hacen los demás como en la dificultad para decidir hasta dónde estamos dispuestos a aceptar determinadas conductas.
Cuando alguien se siente humillado, ignorado o constantemente menospreciado, suele surgir la duda sobre cómo reaccionar sin entrar en una confrontación permanente. Para el psicólogo Juan Rescalvo (@juanrescalvopsicologo), establecer límites saludables no consiste en controlar el comportamiento ajeno, sino en tener claro cuál será la propia respuesta cuando esos límites no sean respetados.
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“Si te sientes humillado y ninguneado cuando te faltan el respeto, esto es lo que tienes que tener en cuenta para ese tipo de situaciones”, plantea el especialista antes de desgranar cuatro claves para afrontar este tipo de conflictos.
La importancia de los límites y cómo aplicarlos
La primera de ellas pasa por dirigir la atención hacia uno mismo. “Respétate a ti mismo. Tú eres quien debe definir tu espacio de necesidades y límites, qué tipo de comentarios y relaciones aceptas”, afirma. En lugar de esperar que sean los demás quienes marquen el tono de la relación, Rescalvo insiste en la importancia de identificar qué conductas resultan inaceptables para cada persona y actuar en consecuencia.
El psicólogo también desmonta una idea habitual sobre los límites: la creencia de que sirven para modificar el comportamiento de los demás. Según explica, su verdadera función es establecer cómo responderá cada uno cuando se encuentre con una situación que le hace daño. “Los límites no se los pones a los demás, te los pones a ti mismo en cuanto a lo que haces cuando los demás no respetan tus límites”, señala.
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Para ilustrarlo, pone un ejemplo muy concreto: “Tú no puedes obligar a que los demás te traten bien, pero sí puedes irte cuando te tratan mal, lo que tú necesites”. La idea, por tanto, no es ejercer control sobre la otra persona, sino decidir qué hacer para proteger el propio bienestar cuando una conducta se repite o traspasa determinadas líneas.
Otro de los errores más frecuentes, según Rescalvo, es fijar consecuencias difíciles o imposibles de mantener. En un momento de enfado es habitual hacer promesas o amenazas que después no se cumplen, algo que termina restando credibilidad a los propios límites.
Por ello, recomienda actuar con realismo. “No pongas límites que no puedas cumplir”, advierte. Como ejemplo, menciona una reacción desproporcionada ante un retraso: “‘Si llegas tarde, no volveré a hablarte nunca más en la vida’”. Si esa decisión no va a mantenerse, considera preferible optar por una alternativa más asumible. “Si no vas a hacer eso, no apuestes tan alto. Busca una medida más realista. Ejemplo, ‘si llegas tarde, yo no voy a cambiar mi hora de irme, igualmente me iré a las siete’”, explica.
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La última recomendación del psicólogo consiste en distinguir entre diferentes tipos de límites. No todas las situaciones tienen la misma gravedad ni requieren idéntica respuesta. “Diferencia entre límites nucleares y secundarios”, indica.
“Los nucleares no se pueden superar: amenazas, desprecios constantes, manipulaciones dañinas”. Se trata de conductas que afectan directamente a la seguridad y al bienestar emocional y que no deberían normalizarse. En cambio, añade que “los secundarios pueden ser algo más flexibles: olvidos, comentarios desafortunados”. Diferenciar ambos escenarios permite valorar cada situación con mayor perspectiva y responder de manera proporcionada, sin renunciar al respeto hacia uno mismo.