El 30 de junio de 2012, un sorteo de La Primitiva dejó en A Coruña un premio de 4,7 millones de euros. El boleto se había sellado en un centro comercial de la ciudad. Dos días más tarde, el 2 de julio, un cliente acudió a una administración de la plaza de San Agustín para comprobar varias papeletas. Salió del local con apenas unos euros.
Durante años, el responsable de la administración, Manuel Rejía, sostuvo que encontró el boleto “encima del mostrador”, sin saber a quién pertenecía. Sin embargo, el registro del terminal contó otra historia.
En menos de dos minutos, la máquina registró 21 movimientos de comprobaciones y nuevas validaciones, muchas de ellas con combinaciones repetidas. “Llegamos a la conclusión de que había una persona enfrente de quien regenta la administración”, explicó un mando policial durante el juicio, que llegará a su fin el 20 de abril de 2026.
Ese dato situaba al cliente dentro del local en el momento clave: cuando apareció en pantalla el mensaje “Premio superior. Llevar resguardo a delegación”.
Cuando el lotero engaña al cliente
Los investigadores sitúan el origen del caso en ese instante. Según la acusación, el cliente entregó varios boletos para comprobar. El sistema detectó el premio millonario, pero el lotero no se lo comunicó.
En su lugar, abonó una pequeña cantidad por otros aciertos y retuvo el resguardo ganador. “Inequívocamente, el apostante estaba delante del lotero”, afirmó otro agente frente al tribunal.
La estrategia del “hallazgo”
A partir de ahí, la Fiscalía acusa a Manuel Rejía de elaborar un plan para apropiarse del premio.
Al día siguiente, el lotero acudió a la delegación de Loterías, dirigida entonces por su hermano, Miguel Rejía, y allí presentó el boleto premiado con 4,7 millones de euros. Lo hizo para activar el llamado “expediente de hallazgo”, un procedimiento por el cual, si no aparece el propietario en un plazo determinado, él podría reclamar el premio.
Meses después, formalizó el proceso ante Loterías y dejó que el tiempo jugara a su favor.
Durante ese proceso, se publicaron anuncios en el Boletín Oficial y, según testigos, se evitó revisar las cámaras de seguridad o realizar gestiones que pudieran identificar al verdadero dueño. La razón, según se ha explicado en el juicio, era para evitar una “avalancha” de reclamaciones.
El papel del hermano
La investigación señala también al hermano del lotero, ya que desde su cargo, habría facilitado los trámites administrativos y trasladado a instancias superiores la versión del hallazgo. Dicha colaboración, según la Fiscalía, fue clave para sostener la estrategia.
Un cliente habitual
El caso permaneció sin resolver durante años. Más de 300 personas reclamaron el premio sin éxito.
El giro llegó en 2018, cuando la policía reabrió la investigación y cambió el enfoque: en lugar de buscar al dueño directamente, buscó patrones.
Analizó las combinaciones repetidas en el terminal y rastreó dónde se habían jugado. Aparecieron apuestas similares en distintos puntos de España, muchas vinculadas a viajes del Imserso.
Así, apareció un perfil concreto: un jubilado de A Coruña que jugaba siempre los mismos números.
La pista de la nemurología
La clave final la aportó la familia. El hombre era aficionado a la nemurología y construía sus apuestas a partir de fechas personales. “Sumaba números y, si eran de doble dígito, volvía a sumarlos”, explicó su hija ante el tribunal.
Cuando la policía logró poner nombre al posible dueño del premio, ya había fallecido. Murió en 2014 sin saber que había sido millonario. También se acreditó que había estado el día que selló el boleto y el día que acudió a comprobarlo.
Juicio y posible pena de prisión
Ahora, 14 años después, el caso ha llegado a la Audiencia Provincial de A Coruña. La Fiscalía solicita hasta seis años de prisión para el lotero por estafa y una pena similar para su hermano por blanqueo o encubrimiento.
Ambos niegan los hechos. No obstante, habrá que esperar al 20 de abril, última fecha de la sesión, para que se pronuncie el tribunal.