
El 2 de abril de 2022, en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla, Alberto Núñez Feijóo se alzaba con la presidencia del Partido Popular con el respaldo incontestable del 98,35% de los votos de la militancia. “Vamos allá”, pronunciaba entonces al tomar la palabra, después de una ovación prolongada. Aquel congreso certificaba el intento de recomposición de una organización sacudida por una crisis sin precedentes en su historia reciente.
Feijóo llegaba como candidato único, avalado por su trayectoria al frente de la Xunta de Galicia, con cuatro mayorías absolutas consecutivas a sus espaldas, y por un perfil de gestor que el partido necesitaba exhibir tras semanas de implosión interna. La confrontación entre Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso había precipitado la caída de la anterior dirección y dejado al PP al borde de la fractura. En ese contexto, la figura del dirigente gallego fue interpretada por distintos sectores del partido como un elemento de consenso para encauzar la situación interna.
Reconstruir el partido, ordenar el liderazgo
La primera tarea fue doméstica. Antes de mirar hacia La Moncloa, el nuevo presidente tuvo que recomponer la casa. “Pacificar las aguas” no era una consigna retórica, sino una necesidad urgente en un partido atravesado por desconfianzas internas y tensiones territoriales. Feijóo abordó una reorganización de la estructura, integró sensibilidades y trató de proyectar una imagen de unidad que contrastara con el ruido de las semanas previas.
Ese proceso de reconstrucción se apoyó también en una redefinición del discurso. El PP de Feijóo quiso recuperar un tono de moderación institucional, apelando al votante de centro y presentando la gestión como uno de los ejes de su propuesta política. Era, en esencia, la traslación al ámbito nacional del modelo gallego que había sostenido su carrera.
Sin embargo, la política nacional imponía sus propias reglas. La necesidad de articular mayorías en distintos territorios obligó al Partido Popular a pactar con Vox en varias comunidades autónomas, introduciendo desde el inicio una tensión estructural entre el discurso de centralidad y la práctica de los acuerdos parlamentarios.
De la expectativa de gobierno al bloqueo parlamentario
Con el partido reordenado, Feijóo asumió el liderazgo de la oposición a Pedro Sánchez. Su estrategia combinó, en los primeros compases, una cierta contención institucional con una progresiva intensificación del tono, a medida que se consolidaba la confrontación política.
El momento decisivo de esta etapa llegó en las elecciones generales de julio de 2023. El Partido Popular logró la victoria en términos electorales, con un salto significativo en representación de 89 a 137 escaños, pero insuficiente para gobernar. La aritmética parlamentaria frustró la investidura de Feijóo y dejó al PP en una posición ambivalente: ganador en las urnas, pero incapaz de traducir ese resultado en poder ejecutivo.

Aquella secuencia dejó una huella duradera en el liderazgo del dirigente gallego. En su entorno se admite que hubo errores en la campaña, aunque se subraya también el impacto del retroceso de Vox en la imposibilidad de articular una mayoría alternativa. En todo caso, la expectativa de llegada a La Moncloa —que se daba por descontada en amplios sectores del partido— dio paso a una nueva fase de oposición.
Un ciclo electoral favorable
Pese al revés de la investidura, el Partido Popular ha consolidado su posición en el mapa político español durante estos cuatro años. La dirección de Génova defiende un balance electoral positivo: victoria en las municipales de 2023, crecimiento sostenido en el ámbito autonómico y triunfo en las elecciones europeas de 2024.
Ese avance se ha traducido en una ampliación del poder territorial, con la obtención de gobiernos en ayuntamientos y comunidades que anteriormente estaban en manos de otras formaciones, en muchos casos de izquierda. En paralelo, el PP ha logrado mantener sus principales bastiones, reforzando su presencia institucional en distintos niveles de la administración.
Entre la centralidad y el endurecimiento del discurso
Uno de los rasgos más destacados de la evolución de Feijóo al frente del PP ha sido el ajuste progresivo de su posicionamiento político. Si su llegada estuvo marcada por la reivindicación de la moderación, el paso del tiempo ha traído consigo un endurecimiento del tono y de algunas propuestas, en sintonía con un contexto político cada vez más polarizado.
Desde su entorno se insiste en que ese giro no supone una renuncia a la centralidad, sino una adaptación a las condiciones del tablero político: el auge de Vox, la presión del electorado de derechas y la confrontación con el Gobierno han empujado al líder popular a redefinir sus márgenes de actuación.
Esa tensión se ha manifestado también en su relación con otras fuerzas. Feijóo ha oscilado entre marcar distancias con Vox y mantener abiertas las vías de entendimiento cuando la gobernabilidad lo ha requerido, reflejando las contradicciones inherentes a la actual aritmética política.
Cuatro años de oposición y exposición pública
En el plano parlamentario, el líder del PP se ha situado como principal líder de la oposición, protagonizando debates de alta intensidad con el Ejecutivo y manteniendo una crítica constante a la gestión del Gobierno. Su discurso ha pivotado sobre cuestiones económicas, fiscales y de modelo territorial, al tiempo que ha impulsado movilizaciones contra algunas de las decisiones más controvertidas del Ejecutivo.
Su liderazgo no ha estado exento de episodios polémicos. Declaraciones controvertidas, lapsus y enfrentamientos políticos han alimentado su presencia mediática en una etapa marcada por la sobreexposición y la inmediatez del ciclo informativo.
Al mismo tiempo, Feijóo ha mantenido una estrategia de proximidad territorial, con campañas desplegadas sobre el terreno y una implicación directa en procesos electorales clave. Andalucía vuelve a perfilarse como un escenario simbólico, en continuidad con aquel primer examen que, en 2022, marcó el inicio de su etapa al frente del Partido Popular.
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