La mudanza con polémica del expríncipe Andrés: las excentricidades que siguen poniendo en jaque a la Casa Real

Entre cuadros de valor incalculable, manías sorprendentes y un séquito cada vez más reducido, el polémico hijo de Isabel II afronta su nueva vida sin renunciar del todo a su pasado

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El príncipe Andrés en su
El príncipe Andrés en su entrevista con Emily Maitlis (BBC).

El expríncipe Andrés vuelve a acaparar titulares. Y no precisamente por una reconciliación familiar o un gesto discreto. Su inminente mudanza a Marsh Farm, una propiedad más modesta dentro de la finca de Sandringham, se ha convertido en el último episodio de una historia marcada por el escándalo, la controversia y, ahora, un sinfín de exigencias que recuerdan a su vida anterior.

Las imágenes de varios camiones de mudanza de alta gama llegando a su nueva residencia han desatado todo tipo de comentarios en la prensa británica. No se trataba de una empresa cualquiera: especializada en el transporte de obras de arte, su presencia ha avivado las sospechas de que el duque de York no está dispuesto a renunciar a ciertos lujos. Durante años, su residencia en Royal Lodge albergó piezas de gran valor, algunas pertenecientes incluso a la colección real.

Aunque no está confirmado qué objetos han sido trasladados exactamente, sí parece claro que Andrés ha querido rodearse de un entorno lo más parecido posible al que tenía antes de su caída en desgracia. Un gesto que muchos interpretan como una señal de que todavía no asume del todo su nueva realidad, alejada del núcleo duro de la monarquía.

Pero si hay un detalle que ha captado la atención —y que podría haber salido de una serie de ficción— es el llamado “drama de los peluches”. Según diversas fuentes como The Mirror, el príncipe posee una colección de 72 osos de peluche que deben colocarse en su cama siguiendo un orden milimétrico, según tamaño y disposición. La obsesión es tal que, al parecer, el personal doméstico recibía formación específica para colocarlos correctamente.

El exduque de York, el príncipe Andrés, enfrenta a la justicia tras ser arrestado. La operación se produce después de la publicación de documentos que lo vinculan con la red de Jeffrey Epstein y sugieren que pudo compartir información sensible del gobierno británico.

De hecho, durante la mudanza, estos peluches habrían sido tratados como auténticas piezas de museo. Todos, salvo uno, un mono de peluche que Andrés habría decidido conservar a su lado, han sido trasladados a un almacén con seguridad las 24 horas. Un episodio que refleja hasta qué punto ciertos hábitos del pasado siguen intactos.

La nueva residencia, sin embargo, no parece estar a la altura de sus expectativas. Con cinco habitaciones, Marsh Farm es considerablemente más pequeña que Royal Lodge, una mansión de 30 estancias. Según fuentes cercanas, el príncipe considera la vivienda “demasiado pequeña” para alguien acostumbrado a décadas de vida palaciega.

Vista exterior de Marsh Farm.
Vista exterior de Marsh Farm. (REUTERS/Jack Taylor)

A esto se suma otro problema: la reducción de personal. Tras perder sus títulos y su estatus dentro de la familia real, Andrés ya no cuenta con el mismo equipo de servicio. Se dice que su hermano, el rey Carlos III, le ha ofrecido ayuda puntual —un cocinero, un jardinero o personal de limpieza—, pero esta solución no habría sido bien recibida.

Los problemas de Andrés con los empleados

Y es que, según numerosos testimonios recogidos a lo largo de los años, el carácter del expríncipe no facilita precisamente la convivencia laboral. Exempleados han descrito comportamientos exigentes, episodios de mal humor e incluso peticiones consideradas extravagantes. Desde exigir reverencias incluso después de perder sus títulos hasta obligar al personal a repetir saludos si no eran de su agrado.

El rey Carlos junto a
El rey Carlos junto a su hermano Andrés. (AP Photo/Joanna Chan, File)

Algunas anécdotas rozan lo surrealista: técnicos llamados en plena madrugada para explicar el funcionamiento de un mando a distancia, empleados despedidos por detalles físicos o vestimenta, o asistentes obligados a subir varios pisos simplemente para abrir las cortinas mientras él permanecía en la cama.

Todo ello dibuja el retrato de un hombre que, pese a haber sido apartado de la vida pública, sigue aferrado a una forma de entender el poder y el privilegio que ya no encaja con su situación actual.