
La procesionaria del pino es una especie de polilla nocturna nativa de Cataluña y de las zonas con clima mediterráneo. Sin embargo, el cambio climático ha propiciado que esta mariposa se haya expandido a otras áreas más frías dentro de la península ibérica. Así, ha llegado a comunidades como Madrid, Castilla y León o Castilla-La Mancha, donde se ha detectado un aumento notable de infestaciones por este insecto en sus masas forestales. Este insecto presenta un ciclo vital muy marcado, en el que se hace visible principalmente durante el invierno y la primavera, coincidiendo con su etapa de oruga urticante, en la que busca un refugio bajo tierra para eclosionar y reproducirse.
Los expertos Ajardina destacan en su web que además es la principal causante de la destrucción de los pinares españoles —que cuentan con la segunda mayor superficie de Europa—, solo por detrás de los incendios forestales. Pero la procesionaria también genera efectos negativos en humanos y animales, pues “posee unos pelos urticantes que se desprenden con facilidad de su cuerpo” y causan reacciones alérgicas, subrayan. Ante esto, es fundamental la poda de los árboles afectados en los pinares u otros métodos. Concretamente, la Comunidad de Madrid ha anunciado hace unas horas que las medidas aplicadas este año se basan en “trampas de feromonas, para capturar a los machos adultos e impedir que fecunden a las hembras” e “insecticidas”.
Aunque también se han colocado “cajas nido y de refugio para aves insectívoras, que se alimentan de estas orugas durante el otoño, así como para murciélagos, que se nutren de las mariposas en verano”. Por su parte, en áreas urbanas de Barcelona, la aparición de estas bolsas en parques y zonas verdes durante el invierno genera inquietud por los riesgos que representan para la salud pública, especialmente cuando las orugas descienden al suelo para enterrarse, según ha informado el Ayuntamiento de Barcelona. No obstante, desde el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) insisten en que “no es una plaga como tal”, ya que su presencia en los “es una especie autóctona que desde antaño forma parte de los ecosistemas forestales de nuestro país y está totalmente integrada en la red trófica”.

Una especie autóctona de los bosques
La densidad de bolsas y la abundancia de orugas procesionarias varían cada año según las condiciones ambientales. Y es que el calentamiento global, con inviernos más suaves y primaveras más cálidas, favorece a esta especie, lo que provoca emergencias prematuras de orugas y daños más severos en los pinares. Aunque la procesionaria no causa la muerte inmediata de los pinos, la defoliación recurrente debilita los árboles, tal y como subraya el CREAF. En cambio, solo consumen las acículas -hojas- y no afectan la yema -brotes jóvenes y resinosos de los pinos-, lo que permite cierta capacidad de recuperación a los pinos.
No obstante, el riesgo aumenta cuando la afectación es constante a lo largo de los años, ya que puede dejar a los árboles vulnerables a otros patógenos, heridas o sequías prolongadas. En estas condiciones, la combinación de estrés ambiental y debilidad causada por la procesionaria puede llevar a la muerte de los pinos, un fenómeno observado en Cataluña durante los últimos años. Aun así, desde CREAF determinan que la procesionaria del pino no es una plaga externa. Más bien se trata de una especie autóctona, integrada desde hace siglos en los ecosistemas forestales, y que sirve de alimento —en sus distintas fases vitales— para insectos, aves insectívoras como herrerillos y cucos, murciélagos y pequeños mamíferos, esenciales en el control natural de su población.
Las fases de la oruga procesionaria
Las orugas de la procesionaria del pino protagonizan un ciclo vital complejo que impacta de manera significativa a los bosques de pinos en España. Todo inicia cuando las pupas, las orugas que se han sumergido bajo tierra entre los meses de febrero y abril, emergen con los primeros calores del verano convertidas en polillas adultas. En este momento vuelan hacia las copas de los pinos para depositar huevos en membranas cilíndricas similares al papel.
De acuerdo con el CREAF, los huevos eclosionan sobre las hojas de especies como el pino laricio (Pinus nigra) y el pino silvestre (Pinus sylvestris). Las orugas consumen sus acículas, lo que les permite crecer a mayor velocidad. A continuación, mudan su piel y adoptan colores distintos: comienzan con un tono verde, pasan por etapas rosadas y rojizas, y finalmente adquieren un color negro con una franja pelosa naranja en el lomo y bandas blancas en los costados. En estos dos últimos estadios, su capacidad de alimentación aumenta y pueden consumir una cantidad de hojas tal que los árboles llegan a parecer secos.
Debido a ello, las bolsas sedosas blancas en las que se agrupan van creciendo hasta hacerse evidentes en las puntas de numerosas ramas durante el otoño. Estas son su refugio frente al frío, ya que las orugas no generan calor interno. En esta etapa, desarrollan pelos urticantes que funcionan como defensa frente a depredadores. Estos pelos pueden provocar irritaciones en la piel y las mucosas de personas y animales, y causar reacciones alérgicas graves.
Finalmente, con la llegada del buen tiempo, las orugas descienden en fila desde las copas para enterrarse y transformarse en crisálidas. Según el informe del CREAF, pueden permanecer bajo tierra hasta siete años antes de emerger como mariposas, cuya vida adulta apenas supera un día, tiempo dedicado exclusivamente a la reproducción.
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