Cuando llega una ola de frío y caen las temperaturas, es habitual escuchar eso de “tengo el frío metido en los huesos”. Lo cierto es que, en realidad, los huesos no sienten el frío como puede sentirse en la nuca o en la planta del pie; pero tampoco es del todo mentira, ya que las bajas temperaturas tienen efectos en el esqueleto y las articulaciones. Así lo explica Adam Taylor, profesor de Anatomía en la Universidad de Lancaster (Inglaterra), en un artículo publicado en Science Alert.
El cuerpo humano mantiene su funcionamiento óptimo a unos 37 °C (98,6 °F), aunque las extremidades pueden registrar temperaturas hasta seis grados por debajo de esa cifra. Estos márgenes cambian según la edad, el sexo y el estado de salud. Las personas mayores y las mujeres suelen mostrar una sensibilidad mayor al frío. Cuando además de frío el ambiente es húmedo, se produce un efecto particular. El aire húmedo desplaza con rapidez el calor corporal y la ropa mojada por la humedad facilita que el calor escape más deprisa. El agua transmite el calor casi setenta veces más rápido que el aire, lo que amplifica la sensación térmica.
No tienen receptores térmicos, pero pueden detectar cambios de temperatura
Los huesos, por su composición y ubicación bajo varias capas de tejidos, no disponen de receptores térmicos como la piel. Pero sí que pueden, según Taylor, detectar cambios de temperatura, sobre todo el enfriamiento, a través de los nervios presentes en el periostio, la capa más externa del hueso. Esta zona alberga una red de neuronas con capacidad para percibir alteraciones o daños en las capas internas. La exposición breve al frío no afecta la estructura de los huesos, pero una exposición continuada puede provocar una reducción de la longitud, el grosor y la densidad mineral ósea.
El sistema musculoesquelético presenta otros puntos sensibles. El líquido sinovial, lubricante de la mayoría de las articulaciones, se espesa con el frío, lo que dificulta el movimiento normal y puede generar incomodidad. Este fenómeno impacta especialmente en personas con artritis reumatoide o artrosis. El descenso de las temperaturas también provoca una contracción de los tejidos, lo que aumenta la rigidez de tendones y ligamentos. Estos cambios exigen más esfuerzo a los músculos para mover los huesos y reducen el rango de movimiento, un efecto que se intensifica con la humedad.
La reducción del flujo sanguíneo hacia las extremidades forma parte de la respuesta automática del organismo ante el frío. Esta medida protege la temperatura de los órganos vitales, pero la disminución de sangre en los tejidos favorece la contracción y la rigidez. La acumulación de presión sobre las células receptoras de los huesos y tejidos cercanos puede activar los receptores del dolor y, en consecuencia, asociarse a la percepción de frío.
El contexto ambiental también influye en la experiencia del frío. La escasez de luz solar durante el invierno puede provocar una reducción de la capacidad de producir vitamina D, un elemento clave para la salud ósea. La deficiencia de esta vitamina se asocia a una mayor sensibilidad al dolor, sobre todo de tipo musculoesquelético, y puede influir en la percepción del frío. Además, la vitamina D está vinculada a síntomas de ansiedad y depresión, que también modifican la tolerancia térmica.