Sin vínculo no hay aprendizaje

Cuando un docente asume la responsabilidad de enseñar, queda implícito que el alumno debe aprender. Por lo tanto, se entiende que el docente también está asumiendo la responsabilidad de generar el vínculo necesario para que los alumnos puedan cumplir con ese deber

Lo que más valoran los alumnos de sus docentes tiene que ver con el área socio-afectiva

Cuando un docente asume la responsabilidad de enseñar, queda implícito que el alumno debe aprender. Por lo tanto, se entiende que el docente también está asumiendo la responsabilidad de generar el vínculo necesario para que los alumnos puedan cumplir con ese deber. Esto implica desarrollar la empatía, escucharlos, autogestionar las emociones y, por supuesto, disfrutar de la tarea.

Ahora bien, ¿es fácil tocar el alma de aquel alumno disruptivo, apático o desafiante? No. Claramente, no. Pero son esos alumnos los que, a veces, más nos enseñan. Esa es la oportunidad perfecta para desarrollar una mayor paciencia, tolerancia, compasión y empatía hacia los otros.

Cuidado, porque un mal gesto del docente hacia ese alumno, o incluso el silencio o la indiferencia, pueden generar en él una serie de emociones que, sin duda, podrían a su vez afectar no solo su rendimiento sino también su percepción acerca de la materia, la escuela o la misma educación.

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Un alumno enojado, frustrado, avergonzado o abatido no puede ajustarse a su entorno académico, como sí puede hacerlo un alumno que está abierto y relajado. Para aprender, los niños necesitan de cierta serenidad. Esta serenidad surge del sentirse protegido y por sobre todas las cosas, del respeto. Un niño o joven herido no podrá aprender si antes no lo sanamos. Esta sanación tiene que ver con el afecto y el vínculo; con poseer la sensibilidad necesaria para acercarnos y acompañarlos. Para cobijarlos.

Por lo tanto, resulta de vital importancia que el docente pueda conectarse con sus alumnos, generar empatía y un vínculo de confianza y respeto que facilite el aprendizaje, a la vez de garantizar un aula emocionalmente sana en la cual la relación entre los alumnos sea de respeto y colaboración. El docente es custodio de la autoestima de sus alumnos y debe asegurarse de que ningún alumno interfiera en el aprendizaje de otro. Es importante comprender que necesitamos de un aula sana, emocionalmente armónica, para que los alumnos puedan aprender. Sin seguridad emocional, ningún alumno se sentirá lo suficientemente libre de participar activamente en las vivencias áulicas. Tendrá miedo de exponerse, cometer un error, o inclusive de levantar su mano para opinar.

Si los alumnos no están cómodos en sus grupos o si tienen miedo de que los humillen, los expongan o se burlen de ellos, no van a poder desplegar todo su potencial creativo.

Varios estudios muestran que lo que más valoran los alumnos de sus docentes tiene que ver con el área socio-afectiva, en especial su equilibrio emocional. No es sorprendente que esto sea así ya que ese estado del docente afecta directamente el equilibrio emocional de los alumnos.

Para explicar esta relación fundamental de causa y efecto entre el equilibrio del docente y el de su clase, permitime tomar una escena de otro ámbito: cuando viajamos en avión vemos a los auxiliares de vuelo dar la misma charla de seguridad de siempre, en la que nos explican cómo ponernos los salvavidas y cómo usar las máscaras de oxígeno en caso de emergencia. En el caso de padres o madres que viajan con sus hijos, o personas mayores que viajan con menores, es normal y entendible que prioricen la seguridad de los niños primero, antes que la de ellos. Por eso el instinto puede hacerlos desobedecer la orden del auxiliar y colocar la máscara de oxígeno primero a su hijo, antes que a ellos mismos. Sin embargo, esto es un grave error que puede terminar en una tragedia.

En el caso de una pérdida de presión de cabina en un avión, cualquier persona adulta debe ponerse la máscara de oxígeno antes de intentar ayudar a otros, incluso a sus propios hijos, porque de no hacerlo, posiblemente pierda el conocimiento y termine sin poder ponérsela a sí misma o a nadie más. Esto es análogo con lo que pasa en el aula: primero me ayudo yo, adulto, para luego poder ayudar a mis alumnos. Y cuando digo “me ayudo yo”, me refiero a buscar nosotros mismos ese estado de equilibrio emocional para luego poder generar esta aula sana.

Laura Lewin

El mantener la calma y responder, en vez de reaccionar, es lo que va a permitir que puedas conectarte mejor con tus alumnos. Eso significa aprender a autogestionar muestras emociones. Después de todo, educar no se trata de qué hace el alumno, sino de qué hacemos nosotros en función de eso.

Nuestros alumnos están aprendiendo. Esto significa que alguien debe enseñarles. El problema no es que tu alumno actúe como un niño o joven (en definitiva, ¡es un niño o un adolescente!), sino cuando el adulto se comporta como un niño. Si queremos que nuestros alumnos aprendan, debemos mostrarles cómo hacer. Enseñamos cuando específicamente les hablamos o explicamos, pero ellos también aprenden sin que nos demos cuenta cuando nos observan, cuando nos imitan, cuando modelan nuestros comportamientos.

El docente de antaño basaba el manejo del aula en el autoritarismo. Podía imponer su autoridad seguramente por su edad o su cargo. Hoy eso ya no funciona así. El docente debe ganarse el respeto de sus alumnos a través de la idoneidad, la credibilidad, y el vínculo que genera con ellos. Si no, podrá enseñar, pero eso no garantiza que los alumnos aprendan.

Cuando un docente se irrita, se impacienta o se frustra ante un alumno que “no entiende”, ¿lo hace poniéndose en el lugar de ese alumno? Los chicos procesan la información de una manera diferente a como lo hace un adulto. Cuando comprendemos que los chicos son chicos, y decidimos acompañarlos, guiarlos y apoyarlos en el camino del aprendizaje, logramos vincularnos con ellos desde un lugar positivo y amoroso, lo que los ayuda a relajarse y a seguir intentándolo. Por el contrario, cuando se sienten amenazados, extremadamente nerviosos, u observados de manera crítica, se desconectan.

Tener un alumno sentado en el aula no implica que vaya a aprender. El cerebro cognitivo de nuestros alumnos se enciende en un lugar seguro, en donde se sientan tranquilos y protegidos desde lo emocional. Y, para esto, el vínculo es clave.

Laura Lewin es autora, capacitadora y especialista en educación. Es oradora TEDx y ha escrito numerosos libros, entre los cuales podemos destacar Que enseñes no Significa que Aprendas (Ed. Bonum), y su más reciente libro, La Nueva Educación, de editorial Santillana (2020). Facebook: @LauraLewinOnline - Instagram: @lauralewinonline

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