Tres de los 350 miembros que tiene Mensa en Argentina
Tres de los 350 miembros que tiene Mensa en Argentina

No parece haber un patrón. Hay miembros con más de un doctorado, pero también algunos que no terminaron la secundaria. Hay miembros de 16 años y, en el otro extremo, de 78. También hay miembros de clase alta, media y baja, sin distinción. Hay mujeres y hombres. No parece haber un patrón, pero sí hay un punto que los une: su alto coeficiente intelectual (CI) los ubica dentro de un selecto 2% de la población mundial.

Mensa se fundó en 1946, en Oxford, para identificarlos y ponerlos en contacto. Formar una suerte de club de mentes brillantes o, más bien, superdotados. A nivel global son más de 120 mil miembros procedentes de un centenar de países. Algunos ilustres como el cineasta Quentin Tarantino, la actriz Geena Davis, el escritor Isaac Asimov o el creador del videojuego Minecraft, Markus Persson.

En Argentina, a principios de los 2000, ya había una cantidad considerable de miembros en la organización internacional. Ellos fueron los que elevaron el pedido de fundar la Mensa local. Hoy esa entidad tiene unos 350 socios repartidos en la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, Mendoza, Rosario, Córdoba y La Pampa.

La sede local, en el centro porteño
La sede local, en el centro porteño

José Martínez es consultor en inteligencia de negocios. Su tiempo libre lo reparte entre la música y la escritura. Entre sus actividades, también es el presidente de Mensa Argentina. Al igual que el resto de los miembros tiene un CI superior. Debió sortear la prueba de ingreso: lograr 148 puntos en la escala Catell en un test de lógica; una marca que solo alcanza 1 de cada 50 personas en el mundo.

"Acá me veo obligado a hacer una aclaración", advierte a Infobae Martínez. "El alto coeficiente intelectual no tiene una relación directa con la inteligencia como un todo. Las personas superdotadas suelen tener facilidad con procesos lógicos y analíticos, pero pueden ser deficitarios en otros campos. En la membresía tenemos mucha gente recibida de distintas áreas: contadores, actuarios, ingenieros, historiadores, militares. Pero también una gran parte de la membresía probó muchas carreras sin terminar ninguna o simplemente no se interesó por la educación formal post-secundario", plantea.

José Martínez, actual presidente de la organización (Crédito: Nacho Dramis)
José Martínez, actual presidente de la organización (Crédito: Nacho Dramis)

Al no tener fines de lucro, aseguran que la organización se financia con el aporte de los socios, que deben pagar una cuota anual muy baja, de unos 700 pesos. Las autoridades de la sede local -presidente, vice, secretario, pro-secretario, tesorero y pro-tesoreso- se renuevan en listas unificadas cada dos años. Luego también tienen vocales, síndico titular y suplente, que se votan en forma individual.

Mensa se propone vincular y no alimentar cierta fama de "secta elitista". "Les damos un espacio social en el cual pueden relacionarse entre pares y sobrellevar así los inconvenientes para socializar que generalmente ocurren entre los que tienen altas capacidades", describió su presidente. Es que, contrario a lo imaginado, las personas superdotadas enfrentan dificultades. Tienen intereses, humores, personalidades distintas al promedio. Y en esa brecha se genera el conflicto.

Además de ese espacio de encuentro, los mensistas disponen de charlas dictadas por profesionales sobre temas variados como economía, filosofía, informática, astronomía. Tienen una bolsa de trabajo, organizan torneos de Go y ajedrez, hacen una publicación periódica, arman grupos de interés donde tocan temas específicos como fotografía y literatura. Es lo que se llamaría un club.

Tres historias de mensistas argentinos

Sergio Obispo, 38 años

En 2014 superó el test y se sumó a Mensa, pero Sergio Obispo estaba al tanto de su capacidad mucho tiempo antes. De hecho, como suele suceder, fue su mamá quien identificó un intelecto inusual. En sus primeros meses de vida ya miraba televisión. Antes del preescolar, ya sabía leer. Cuando entró en la escuela, se aburría en las clases. Fue recién a los once años cuando le hicieron un test de inteligencia para saltearlo de grado. Y ahí se confirmaron las sospechas.

"Depende desde donde se la mire, ser superdotado ha sido bueno o malo en mi vida personal", cuenta Sergio a Infobae. "Me permitió crecer profesionalmente y desarrollar interés y curiosidad en varias áreas, pero me impidió la especialización en una sola de ellas y quizás esto sea lo más necesario hoy en día. Una mente inquieta muchas veces no se contenta con una sola rama del conocimiento".

Ya recibido de abogado en la UBA, con 38 años también estudia una segunda carrera, la de actuario. Trabaja en el aeropuerto de Ezeiza, está casado y tiene una vida que llamaría "normal". Dice que, con el tiempo, pudo superar sus dificultades para relacionarse, muy habituales durante la infancia, cuando los intereses de los niños superdotados se parecen en casi nada al de sus compañeros.

Hoy sus intereses también son dispares. Le apasiona el francés y le entusiasma la literatura histórica. Tanto que publicó una novela ucrónica, que llamó "Terra Orientalis". La hipótesis, cuenta, está en qué habría pasado si América no hubiera sido conquistada por Europa.

El alto CI se ve, siempre desde el desconocimiento, como una gran ventaja. Una posibilidad. En realidad, en el trato diario con otras personas está una de sus contras. "Muchos se interesan al notar que tenés un alto CI. Te consultan de todo como una enciclopedia, pero para otros el prejuicio puede más y suele haber conflictos. Por suerte, son conflictos que se solucionan simplemente restándoles importancia", comenta.

Roxana Díaz Conte, 47 años

En marzo de 2004, Roxana Díaz Conte se acercó a Mensa. Iba con poca expectativa de aprobar el test. Lo que en realidad la movilizaba era conocer cuál era su coeficiente intelectual que sospechaba alto. Claro que no sabía que la organización había dejado de informar el valor numérico de las pruebas a partir de ese año. "Nunca pude saberlo, pero a cambio me encontré con la sorpresa de haberlo aprobado", dice desde Córdoba Capital, donde vive.

Durante su adolescencia, Roxana debió lidiar con el mote de "traga", pese a no haberle dedicado nunca demasiado tiempo al estudio. Hoy el trato cambió. Son pocos los que, cuando se enteran de que pertenece a Mensa, le plantean desafíos intelectuales. Muchos otros, aún sin proponérselo, la consideran una "solucionadora serial de problemas". "Para ellos soy la que sabe todo", bromea.

El primer indicio de su talento atípico fue a los 4 años. En el jardín les pidieron que dibujaran una persona. Ella, a diferencia de sus compañeros que la hicieron con los clásicos palitos, la dibujó con todos los detalles, cejas y pestañas incluidas. "La psicóloga le dijo entonces a mi mamá que seguramente tenía una inteligencia superior a la media, y que cuidara de no adelantarme conocimientos porque me iba a aburrir en primer grado. Igualmente, en mi familia no podían negarse a responderme cuando yo preguntaba qué era cada letra, así que aprendí a leer a esa edad", recuerda.

Roxana se recibió de Bioquímica y Farmacéutica y se desempeña en el rubro de la química cosmética. El balance de cuánto le dio y cuánto le quitó el alto CI a ella le da positivo: "Creo que me aportó herramientas, así como también me trajo algunos malos tragos. El tener una actitud tan analítica me hace, muchas veces, tener una visión algo pesimista de las cosas, dudar mucho al tomar decisiones e incluso dejar pasar algunas oportunidades. Pero también me facilitó muchas cosas en diferentes ámbitos, sobre todo en lo académico y profesional".

En Mensa, dice, encontró el placer de "encajar", de interactuar con gente con sus mismos intereses, de compartir "rarezas"; compañeros que después, incluso, se convirtieron en sus amigos más cercanos.

Mariano Mocoroa, 47 años

La historia de Mariano Mocoroa empieza en Tucumán y cuatro décadas después se traslada a Mendoza. Su historia empieza en una casa muy pobre. Hasta los 10 años vivió en una misma pieza con sus padres, sus tres hermanos y un tío. En la primaria todavía no era consciente de que tenía una "cabeza diferente". Pero sus compañeros notaban algo raro en él: sus modos eran diferentes, tenía facilidad, con poco esfuerzo se destacaba. Tanto que lo apodaron el "sabio loco". Terminó siendo abanderado, pero nada más allá de un buen promedio, dice.

"En la secundaria es cuando mi cabeza empezó a funcionar de un manera diferente", cuenta. Se asombraba del mundo que lo rodeaba, lo observaba con "otros ojos" y dudaba. Dudaba constantemente de lo establecido. La alta exigencia de su cabeza, sospecha, repercutió en su estómago. Con 14 años le salió una úlcera que estalló a los 26 y lo dejó al borde de la muerte. Quince días en terapia intensiva y siete unidades de sangre lo impidieron.

Un día, cuando recién la úlcera había aparecido, se escapó de clase para participar en unas olimpiadas de matemática. Sin ninguna preparación, ganó con puntaje perfecto 6 de las 7 instancias. Su facilidad no se logró trasladar a los estudios superiores. Aunque siempre tuvo buenas notas, probó con tres carreras -Ingeniería en Sistemas, Abogacía y Filosofía- y no terminó ninguna. Cuando su novia quedó embarazada del primero de sus cinco hijos, debió cortar su aventura universitaria.

Consolidado en una multinacional, perdió su trabajo en la crisis de 2001. Allí se embarcó en un periplo cuentapropista plagado de vaivenes. Primero fue un cyber que pasó de tener 3 computadoras a 24 en un par de años. El local duró hasta que una de sus hijas se enfermó de pubertad precoz. El tratamiento requería 1.200 dólares mensuales. Entonces cambió. Se abocó al soporte IT a empresas y logró triplicar sus ingresos.

Se mudó a Mendoza y debió comenzar de cero. "No de cero, sino de bastante más abajo", aclara él. Después de los primeros meses contrajo deudas. Se hundió y se hundió hasta que encontró un nicho en la distribución mayorista de seguridad informática. Abrió el negocio junto a su antiguo socio del cyber y hoy, dice, es una pyme "saludable y con mucha proyección".

"¿Por qué te cuento todo esto?", se detiene. "Porque ser superdotado sí fue beneficioso para mi vida, rotundamente sí. Me permitió sobrevivir y que lo haga mi familia, reinvertarme en cada dilema que tuve y terminar siendo una mejor versión de mí mismo. La superdotación no es solo facilidad para el cálculo. Es también una mayor intensidad para sentir y para amar, para disfrutar de cada aspecto de la vida con una fruición poco común. Disfruto enormemente de cosas que para otros son absolutamente cotidianas y eso no me vino de fábrica. Fue un proceso largo que me llevó más de cuarenta años".

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