
El atlas de la contaminación lumínica se actualizó: los argentinos están entre los que contemplan el peor cielo nocturno. La explicación radica en la polución lumínica de los principales centros urbanos que crea un resplandor en el cielo que difumina el océano de estrellas.
Argentina es una de sus principales víctimas. Lo certifica el nuevo atlas del brillo artificial del cielo, un estudio desarrollado por un grupo de investigadores europeos y estadounidenses que renueva una última investigación que data de principios de siglo. El mapa identifica cuántas personas y qué regiones del planeta irradian tanta luz artificial que neutralizan sus cielos del brillo de las estrellas. La ecuación pinta al globo terráqueo acorde a la contaminación creada por las luces artificiales: a mayor brillo, más complejo resultaría divisar estrellas y constelaciones. Las razones de este fenómeno se atribuyen fundamentalmente al grado de urbanización, acompañado por añadidura de una contaminación típicamente urbana. Por eso, los parques nacionales son a menudo un refugio de la oscuridad
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Aunque su motivo resulte ajeno y menos dramático que el de las naciones que se posicionan en los primeros puestos del ranking. Fabio Falchi, líder del informe e investigador del Instituto Italiano de Ciencia y Tecnología de la Contaminación Lumínica (ISTIL), analizó el escenario local: "En general los altos porcentajes de población expuesta a cielos nocturnos muy brillantes se deben a que esas poblaciones se concentran en grandes ciudades. Esto podría explicar el caso argentino".

Singapur es el país con mayor brillo nocturno artificial en función de las personas afectadas: sus habitantes ven la noche como un crepúsculo impávido. Allí, la intensidad lumínica alcanza 7.130 microcandelas por metro cuadrado. Para contextualizar el fenómeno: la luz nocturna natural reviste apenas 1,7 microcandelas, la unidad básica para medir estos patrones.
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Arabia Saudita, Israel, Irak, Libia y Corea del Sur son otros de los países que lideran este triste listado. En estos países, como en Argentina, los habitantes experimentan condiciones que no retribuyen una noche natural por la alta luminiscencia que incluso adiestra una calidad de visión incapaz de adaptarse a la oscuridad nocturna.
Especialistas advierten esta noticia como una pérdida notable del patrimonio cultural histórico de observación astronómica. No poder ver las estrellas reprueba el desarrollo humano tecnológico y científico que ha arrojado luz sobre históricas preguntas de la humanidad. Lo que supone un daño colateral inesperado de los tiempos modernos repercute tanto en la salud humana como en la fauna salvaje y el medio ambiente.
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El nuevo atlas de la contaminación lumínica, publicado en la revista Science Advances, anunció que el 83% de la población mundial vive bajo cielos contaminados: vive sin contemplar la Luna, los planetas y estrellas más brillantes. Y casi un tercio de los habitantes del planeta no puede ver nunca la Vía Láctea, una fuente de inspiración antigua para filósofos, religionarios, literatos, artistas, científicos.
En paralelo, los expertos advierten que estas cifras podrían triplicarse por el impacto de la revolución LED, una variable ecológica y económica que repercutirá, sin embargo, de modo grosero en el mapa de la contaminación. Una contradicción del consejo sustentable que disminuye el consumo energético pero potencia el brillo nocturno artificial simulado por la iluminación de última tecnología.
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