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“El gesto final”: sabemos quién la mató, pero no por qué

Agustín De Luca escribe un inquietante policial psicológico alrededor de un crimen sin explicación aparente. Un hombre mata a una desconocida y lo confiesa, pero el verdadero misterio será descubrir qué hay detrás de ese acto y hasta dónde puede llegar la obsesión por encontrar una respuesta

Un hombre con anteojos y camiseta negra a la derecha y la portada del libro titulado El gesto final a la izquierda
“El gesto final”: un asesinato, un juez y una obsesión: ¿por qué?
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Un hombre empuja a una mujer a las vías del subte. Hay una cámara que lo registra. El hombre confiesa. Pero hay algo que no cierra: no se conocen, no existe un móvil evidente y el asesino no parece capaz ¿o dispuesto?, a explicar por qué lo hizo. En El gesto final (La Crujía, 2026), Agustín De Luca convierte esa pregunta en una obsesión y, de paso, en una exploración sobre la justicia, la literatura y aquello que hacemos cuando necesitamos encontrarle un sentido a lo inexplicable.

Hay crímenes que empiezan con un interrogante: ¿quién lo hizo? Y hay otros, más perturbadores, que comienzan cuando esa pregunta ya tiene respuesta. En este policial, sabremos quién cometió el crimen, pero no porqué.

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“Todos querían entender la razón que había llevado a un hombre de treinta años a arrojar a las vías del subte a una mujer de sesenta y cinco que no conocía. (…) Lo único que dijo Rojas a lo largo de todo el proceso, fue: me hago cargo de lo que hice.”

De Luca, abogado penalista y docente de Derecho en la UBA, conoce desde adentro ese territorio hecho de expedientes, declaraciones, pruebas, jueces, abogados. Y utiliza ese conocimiento para interpelarnos: ¿qué hacemos cuando la verdad de los hechos no alcanza para explicar la verdad de una persona?

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Portada de libro con el título El gesto final y una imagen del andén de una estación de metro con franja amarilla
"El gesto final" (La Crujía), escrito por Agustín De Luca

“El fin de todo proceso penal, la razón por la que se hacen investigaciones y juicios, es la búsqueda de la verdad. La verdad es inevitable, pero se la debe buscar sabiendo que lo que perseguimos es un recorte, un fragmento de contornos demarcados y con un universo de detalles suprimidos. La discusión está en cuánto dejamos afuera”.

Un caso de novela

El personaje principal es Andrés Olavarría, un juez que acaba de llegar a la magistratura gracias, en parte, a la influencia de su suegro, un tipo poderoso dentro del mundillo judicial. Su vida personal no está en el mejor momento: su matrimonio se cae a pedazos y, además, en medio del embrollo, reaparece un viejo amor del pasado. ¡Peligro! Como sea, este caso lo tiene a mal traer y la idea de ignorar el expediente es casi imposible. Así que se hace cargo del asunto y la investigación empieza a cobrar una relevancia que va más allá de lo esperado. Digamos que se pone un poco loco con el tema y se empieza a obsesionar. Y no porque dude de la culpabilidad del acusado, sino más bien porque no aguanta la falta de una explicación.

“Usted confesó que mató a Lucía Cruz. Aún si no lo hubiese confesado, hay filmaciones y testigos de sobra, así que su responsabilidad por el hecho parece sencilla de acreditar. Pero a mí eso no es lo que me interesa. Lo que yo quiero saber es el porqué. La razón de que usted empujara a Cruz a las vías del subte. -¿Y de dónde surge esa curiosidad? - Si se puede saber. De una serie de detalles inconexos, pero más que nada de la sonrisa. - ¿La sonrisa? - Sí, sí. La sonrisa de Cruz, un instante antes de que usted la arrojase a las vías del subte.”

Ilustración de un hombre que estira los brazos hacia una mujer en el andén de un metro frente a la pantalla de una cámara de seguridad.
Un hombre empuja a una mujer a las vías del subte. Hay una cámara que lo registra. El hombre confiesa. Pero hay algo que no cierra: no se conocen, no existe un móvil evidente y el asesino no parece capaz ¿o dispuesto?, a explicar por qué lo hizo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación judicial se transforma entonces en un tema casi personal. Y es así como el protagonista de esta historia deja de buscar únicamente la verdad del crimen para pasar a buscar dentro de sí mismo. Porque El gesto final no habla solo de un asesinato. Habla de la obsesión. De esa zona peligrosa en la que un interrogante deja de serlo para transformarse en algo que te quita el sueño. El magistrado quiere saber por qué. Quiere encontrar una causa, una herida, un recuerdo, una circunstancia que permita explicar la brutalidad del acto. Quiere que el mundo vuelva a tener una lógica. Pero cuanto más se acerca al asesino, más se aleja de su propia vida. ¿O será que la fijación por descubrir la verdad le sirve para distraer la atención y mirar para otro lado?

El autor estructura el texto en cuatro partes: El crimen, La investigación, El juicio y El castigo y lo hace en 280 páginas. Consigue que la maquinaria judicial no sea solo el contexto, sino uno de sus personajes principales. Hay expedientes, oficinas, discusiones, relaciones de poder y esa burocracia cotidiana que sostiene, y también entorpece, el funcionamiento de la Justicia. Pero, además, y casi paralelo a todo eso, el relato deja ver una inquietud que parece velada, pero no: ¿es posible conocer verdaderamente las razones de otro? La respuesta es no.

Lo que tal vez haya es una explicación capaz de tranquilizarnos. Pero nada más. Por eso el título adquiere otra dimensión a medida que avanzamos en la lectura. El gesto no es solamente el movimiento decisivo que pudo haber desencadenado el homicidio. Es también aquello que queda en el aire antes y después: una mirada, una sonrisa, una mínima acción cuyo significado desconocemos y abre un abismo.

Primer plano de un hombre con cabello castaño, ojos claros, barba y camiseta verde frente a un fondo gris
Agustín De Luca

En ese sentido, el lector no avanzará solo para descubrir qué pasó. Avanzará también para saber qué puede significar lo que pasó. Y mientras el protagonista procura descifrar al asesino, la novela hace algo más interesante: empieza a descifrar al juez. Y hay una paradoja en esa operación. Un hombre cuyo trabajo consiste en juzgar a los demás comienza a perder el control sobre su propia vida. El caso que debería cerrar un expediente termina abriendo una grieta. La investigación de un crimen ajeno se convierte en el comienzo de una transformación personal. Tal vez por eso El gesto final pueda leerse como una novela sobre la necesidad humana. La misma que cree que detrás de cada cosa existe una explicación. Porque algunas veces la pregunta más inquietante no es quién lo hizo. Ni siquiera por qué. Es qué estamos dispuestos a perder para encontrar la maldita respuesta.

¿Quién es Agustín De Luca?

Es abogado penalista y docente en la Facultad de Derecho de la UBA. Coordinó talleres de escritura para Entrepalabras y para la Asociación de Magistrados y Funcionarios del Poder Judicial de la Nación. Es autor de El judicial (2020) y Los incidentes (2023). El gesto final (La Crujía, 2026) es su tercera novela.

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