
“Yo era el más muchacho de todos”, dijo Rosa Bonheur. Así sentía en el Château Grimont, Quinsac, cerca de Burdeos, pleno campo francés, durante su infancia. Pero también en la adultez: usaba el corto, fumaba habanos y era una asumida lesbiana. No tenía problema alguno, su pasión era la pintura y la naturaleza, particularmente los animales, y ambas cosas confluían en sus cuadros.
Como en el que aquí presentamos, fechado de 1849, cuando ella tenía 27 años. Su verdadero título es Labranza en nivernés, pero se popularizó como El sombreado. A este óleo sobre lienzo 1,34 x 2,6 lo encargó el Estado en 1848 para el museo de Lyon, aunque se decidió que se conservara en París, en el museo del Luxemburgo. Después entró en el Louvre y, tras la muerte de la artista, llegó al Museo de Orsay, donde está hoy.
PUBLICIDAD
La escena pintada por Bonher describe la primera labranza, llamada el “sombreado”, que se realiza a comienzos del otoño y que abre la tierra, para que se ventile durante el invierno. El paisaje muestra una pradera en medio del valle cercada por un cerro boscoso, dos tiros de bueyes arrastrando pesados arados y girando la tierra de un campo que ya tiene los surcos levantados. Es un día soleado de cielo límpido.

La familia de Rosa Bonheur está compuesta por su madre, Sophie Marquis, su padre que era dibujante, Raymond Bonheur, con quien ella se formó luego de pasar a perfeccionarse en el taller de Léon Cogniet. Sus hermanos fueron Auguste Bonheur, que luego sería paisajista, Isidore Bonheur, escultor, y Juliette Bonheur, pintora de animales.
PUBLICIDAD
Todos adhirieron al grupo político de los Saint-Simonians, que promovían la educación igualitaria entre hombres y mujeres. Además, sus padres tuvieron buenas relaciones con los españoles exiliados en Burdeos como Francisco de Goya y Leandro Fernández de Moratín. Ya de niña, la pequeña Rosa, cuyo verdadero nombre era Marie-Rosalie, respiraba arte y política.
En 1828 se mudó a París con su familia, donde su padre fundó una escuela femenina de dibujo. Ella comenzó a ir al Louvre para copiar al óleo los animales de artistas como Nicholas Poussin, Rubens o Theodore Gericault. Tenía muy claro lo que quería: por eso también visitó los mataderos para estudiar las disecciones y hacer bocetos a lápiz de la anatomía de los animales.
PUBLICIDAD

Además, asistió como oyente a clases universitarias de anatomía y osteología veterinaria y conversó con los zoólogos y naturalistas como Etienne e Isidore Geoffroy Saint-Hilaire. Le interesaban demasiado los animales. Había algo más que empatía. Quería pintarlos como nunca nadie los había pintado antes. Quería demostrar el protagonista que estos seres tienen en el mundo.
Y pintó. Nunca dejó de hacerlo. Y cada vez mejor. Por eso, obtuvo medallas en la Exposición de Rouenbtuvo en 1843 y 1844 y en el Salón consiguió la de tercera clase en 845 y la de oro en 1848. Al año siguiente murió su padre, entonces tuvo que hacerse cargo de la escuela.
PUBLICIDAD
El sombreado fue pintado ese mismo año. Podría decirse que es un cuadro dentro de su gran obra, aunque es cierto que en él se concentra toda su potencia estética, sensible e ideológica: en el primer plano están los bueyes, los verdaderos héroes. “También es un reconocimiento de la provincia, aquí el Nivernés, de sus tradiciones agrícolas y de sus paisajes”, se lee en el texto que acompaña la obra en el Orsay.

Lo que sigue es el éxito internacional y la popularización de su figura. Basta con destacar que en 1857 obtuvo de la policía la autorización para aparecer en público vestida con pantalones.
PUBLICIDAD
“Efectivamente, Rosa era lesbiana, si es que eso tiene alguna importancia, y curiosamente en esa época tan conservadora, a nadie dentro del ámbito artístico le pareció demasiado mal, dado su buen hacer pictóricamente hablando”, escribió el crítico de arte Miguel Calvo Santos.
De sus romances se conocen dos, que fueron muy duraderos: Nathalie Micas y Anna Elizabeth Klumpke, ambas pintoras. Murió el 25 de mayo de 1899, en el château de By, la ladera vinícola del municipio de Thomery en Sena y Marne, donde se había instalado en 1859 y posu su taller. Ese íntimo y creativo lugar hoy se lo conoce como el Museo Rosa Bonheur.
PUBLICIDAD
SIGA LEYENDO
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Hermann Hesse, escritor alemán: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo”
A más de un siglo de la publicación de “Demian”, un recorrido por la vigencia de su metáfora más poderosa y de Cómo el trauma de la guerra, el psicoanálisis y la crisis de Occidente moldearon un manifiesto de libertad individual que sigue interpelando

Cómo se escribe: campañas de tráfico por el inicio de las vacaciones, claves de redacción
Escribir bien no es una tarea sencilla, requiere de práctica y de conocer las estructuras de la lengua

La otra cara de la pelota: cuando el fútbol es la excusa para explorar la fragilidad humana
El nuevo libro de Diego Vannucchi, “Fútbol, eclipse de la razón”, propone una mirada original donde los goles importan menos que la frustración, el odio, la venganza o la muerte

“Temerarios, idealistas y aventureros”: Adrián Pignatelli y un “lado B” del primer siglo de historia argentina
El periodista de Infobae regresa con un nuevo libro que propone ir más allá de figuras ya consagradas como San Martín, Belgrano, Sarmiento y Rosas, y recuperar episodios y trayectorias que también aportaron a la construcción del país en su primer centenario. Aquí, fragmentos de la obra

“Backrooms”: ¿qué son los espacios liminales y por qué internet está volviendo extraño lo cotidiano?
Espacios cotidianos vacíos, desde hoteles hasta parques, alimentan una estética en internet que ya es película y ensayo, y plantea un dilema contemporáneo sobre pertenencia, presencia y la transformación del lugar en imagen


