Sangra en mí comenzó a escribirse —es decir, se me reveló la certeza de que algún día debería escribir este libro—una tarde muy calurosa de febrero de 2013. Elena, mi madre, y yo estábamos en su casa, metidas las dos en una larga conversación que había empezado en la cocina, siguió en su dormitorio (yo tirada en la cama, ella en una silla frente a mí, masajeándome los pies casi distraída), no se detuvo mientras ella se ponía la blusa y cantaba valsecitos recordando los besos que nunca le había dado a mi padre porque "yo nunca fui muy sexual, Lilita". Ese día la filmé por primera vez. Ella nunca supo que cada una de sus palabras, cada uno de sus gestos había sido grabado ni que perpetuarla, hacerla archivo, iba a transformarse en mi obsesión.

Tengo su voz contándome sobre los patios infinitos de Villa Pueyrredón, las cintas de una guitarra que le había cantado una canción, el terror de su noche de bodas, su ignorancia profunda de sí misma en los comienzos de su matrimonio adolescente. Partos, militancia política, peleas con mi padre, desdichas, fracasos. Tengo su cuerpo: ahí iba la cámara y se detenía en la textura del pecho arrugadísimo, tanto que la cruz de plata se le hundía en la carne, sus piernas varicosas y envejecidas, la piel de muñeca de su cara, y al final, unos días antes de su muerte, esa foto de su mano con las uñas pintadas de rojo, sosteniendo el rosario que yo le había regalado. Esa tarde calurosa de febrero supe que mi madre había entrado irremediablemente en la vejez y que yo —algún día, no sabía cuando— iba a escribir un libro hecho de retazos y de fantasmas, del aire de su voz y de la mía, de la materia que fueron nuestros cuerpos, de los restos de la intimidad feroz, amorosa, que nos había anudado desde siempre. Supe que ese libro no podría ser escrito mientras mi madre viviera.

En los tres años que pasaron hasta su muerte, en 2016, me dediqué obsesivamente a transcribir nuestros diálogos. Cientos de páginas en las que quedó escrita la cadencia de nuestro léxico familiar. Yo iba a escribir, alguna vez, que "el lenguaje es una casa embrujada". En la voz escrita de mi madre podía reconocer las cicatrices del tiempo, las marcas históricas e íntimas de las lenguas que la habían habitado. Cuando mi madre muriera un mundo se hundiría con ella, testigo de lo que había dejado de existir.

Mi madre murió tres años después de esa tarde de febrero y con su muerte sobrevino el desorden atroz del universo y mi posibilidad, finalmente, de escribir el libro que completara la memoria de mi propia genealogía. Había escrito La buena educación en la trama de la voz de mi padre y de otros padres (políticos, literarios) y de su Ley. Había escrito Una perra hundiendo mi propia voz en la carne de los cuerpos deseantes de mi padre y de mi madre. Había escrito Niña soviética para traer hacia el presente los ecos privados y públicos del derrumbe de un universo.

"Una historia de madre e hija es una historia que nunca termina", dice Eva, el personaje de Liv Ullmann en Sonata de Otoño. Durante los años que mediaron entre esa tarde de febrero y la muerte de mi madre había sido mi obsesión coleccionar libros de hijas huérfanas, y las hay en todos los idiomas, en todas las culturas. Sangra en mí se inscribe en la memoria de otras hijas huérfanas que hicieron de la orfandad memoria y escritura. Yo también, como Simone de Beauvoir encontré dulzura en la agonía de mi madre; como Clarice Lispector, le aullé a Dios; como Tamara Kamenszain, hice resonar su eco, y como Sharon Olds, le velé la muerte hasta el final.

Mis preguntas eran: ¿Qué es una madre? ¿Una hija? ¿Cuál es la lengua secreta que las une? ¿Cuál es la lengua que la hija debe arrancarle a la voz de la madre para ser mujer? Madres e hijas son también mujeres. ¿Qué combates, qué insultos, qué odio, qué amor habla con ellas y en ellas? ¿Qué logramos arrancarles a nuestras madres para devenir nosotras también madres? ¿Cuál es la materia y el fantasma de su legado?

Sangra en mí comenzó a escribirse en los márgenes de otro libro, el Diario de un duelo, de Roland Barthes. Marcas tenues o furiosas en lápiz o en tinta, mi propia escritura rodeando la de Barthes, charlando con él como si fuéramos viejos amigos —que de algún modo lo fuimos, lo somos— fueron los pequeños actos del duelo que me impulsaron a volver sobre las transcripciones de su voz, sobre las fotos, sobre los ecos sonoros de una vida. La historia de esta amistad se cuenta en el libro, en un largo diálogo entre nosotros. No podía ser de otro modo, porque una vez más la voz de Barthes me permitía el salto vertiginoso del pensamiento.

Liria Evangelista
Liria Evangelista

Mientras escribía supe que los géneros literarios debían estallar para que su voz se escuchara en toda su densidad y que pudiera ir más allá, mucho más allá de quiénes fuimos Elena, mi madre, y yo, Liria. Quise que de algún modo esa madre particular pudiera ser todas las madres. A medida que escribía me importaba menos la forma que las voces. La modulación de la voz —la mía, la de mi madre, la de la infancia, la de la muerte, la del duelo— iba imponiendo un género.

El tiempo de la escritura posibilitó que mi madre se volviera sombra, se hiciera la densidad memoriosa contra la tuve que escribir para producirle una voz que a la vez fuera la esencia de tantas voces maternas. Escribir me permitió volver una y otra vez a la escena primera de esa tarde calurosa de febrero de 2013. La escritura fue portadora de la revelación de que hay una verdad difusa y única para cada una de nosotras en nuestro vínculo con la madre: el mío había sido suave y brutal, hecho de carne, de gritos y caricias, de odio y de ternura. Yo fui la hija que cantó tangos con su madre, que la amó y la odió, y la cuidó en su muerte. La hija que como otras antes que ella hizo de su orfandad dolor, pero también celebración de la ausencia que libera y que nos permite la palabra.

 

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