
La pregunta es válida: ¿Por qué en la ciudad de Bogotá se usa la expresión “monito” o “monita” para llamar la atención sobre una persona? Es de uso común que a uno le digan:
“Uy, hágale suave, mono”, o “Aquí tiene las vueltas monita”, pero poco nos percatamos de por qué nos dicen así. ¿Cómo llegamos a este uso, haciendo notar lo evidente, y es que no somos una raza predominantemente mona, de pelo castaño claro o dorado?
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“En la lingüística llamamos formas de tratamiento nominales a esas palabras que usamos para referirnos a la persona con quien nos estamos comunicando. Lo interesante de esas formas de tratamiento es que pueden variar dependiendo de casi cualquier cosa: la edad de los hablantes, su procedencia, el lugar y contexto de la comunicación, la intención de quienes se comunican o las relaciones de poder que existen entre ellos son algunos ejemplos. Uno de los objetivos de la lingüística panhispánica es describir y explicar los usos de la lengua y las reglas que aplicamos como hablantes para comunicarnos en el ámbito hispánico, es decir, en español”, comenzó por explicar Gabriel Pineda, Magister en Lingüística Panhispánica y Docente del departamento de Lingüística, Literatura y Filología de la Universidad de La Sabana.
Algunas formas de tratamiento se usan muy de vez en cuando y por razones de cortesía, como honorable parlamentario o su excelencia. A veces, las razones de formalidad de una reunión nos llevan a evadir los nombres propios y los pronombres, y preferimos usar términos como señor decano o señor rector, aunque en otros espacios, como en un partido de fútbol, usemos palabras diferentes y más coloquiales para apelar a esas mismas personas.
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Otros apelativos, en cambio, se usan de manera más frecuente. Lo interesante de ellos es que se transforman con el uso, como una bola de plastilina cuando se amasa.
Algunas se desgastan, como doctor, que dejó de denotar respeto para tomar un tono despectivo. Así, cuando un entrenador de fútbol le dice a su pupilo: ¿muy cansado el doctor?, está cuestionando los privilegios que este se toma para evitar un ejercicio.
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Esa variación contextual explica por qué todos, o casi todos, nos transformamos en monitos.
El origen del término
¿De dónde vino el término y por qué terminamos adoptándolo? El Diccionario de la Lengua Española no registra el uso de mono como apelativo, más allá de aclarar que puede usarse para denotar a un borracho en la decimoséptima definición. Lo curioso es que la primera definición corresponda hoy a mono como adjetivo, para expresar que algo o alguien es agradable o atractivo.
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No obstante, se trata de un uso más restringido a las tierras españolas que a las americanas. El Diccionario de Autoridades, el primero que editó la RAE en 1734, dice que mono viene del griego monos, que significa solo (de soledad) porque hubo un tiempo en el que la cacería de monos era un deporte y, dado que los encontraban solos por el desierto, les atribuyeron este nombre.
Pero el diccionario etimológico registra que la palabra mono puede venir del árabe andalusí maymún, que significaría afortunado o de buen augurio. Maymún y maymona pasarían a pronunciarse como mono y mona por simplificación.
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“Y de allí es intuible que llamemos mono a quien nos parece simpático y agradable, una calificación generalmente asociada, en nuestro caso americano, a los extranjeros, lo que daría pie para que más tarde le atribuyamos el apelativo a cualquier desconocido”, avanzó en su explicación del origen de este uso gramatical el profesor Pineda.
Sus usos en otros países
Como puede verse, el apelativo de monitas y monitos no carece de tradición. Ha estado presente en nuestra lengua. En su diccionario, la Academia Dominicana de la Lengua registra que mono se usa como apelativo para referirse coloquialmente a quien se le atribuye una culpa.
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Extrañamente, el Diccionario de Colombianismos del Instituto Caro y Cuervo solo registra el uso apelativo del sustantivo femenino (mona) para «referirse a una mujer cuando se le presta un servicio (como en) “mona, ¿le cuido el carro?”.
En contraparte, el Diccionario de Mexicanismos describe el uso en masculino y femenino como forma de tratamiento nominal para referirse a una persona y nos ofrece el siguiente ejemplo: “Afuera había una mona que no dejaba de mirarnos”.
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El caso colombiano
En Colombia, donde somos muy dados a la derivación apreciativa, es decir, a la adición de formas diminutivas a las palabras para dar cuenta de nuestra relación afectiva con las realidades que mencionan, como por ejemplo cafecito para el café, almuercito para el almuerzo o buñuelito para el buñuelo, con el fin de evocar la dicha que nos proveen, también optamos por las derivaciones apreciativas de los apelativos.
“Así fue como llegamos a las formas monita y monito. Pero la innovación lingüística más valorable de todas es monis, que sería un sustantivo común en cuanto al género y, por lo tanto, más incluyente sin ser incompatible en el uso gramatical, como puede advertirse en frases como Monis, ¿tienes pandeyuca? ; Monis, ¿me podría vender un café?
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“Así que, monis, les agradezco haber llegado hasta esta línea y espero volver nuevamente por estas páginas”, concluyó el profesor de la Sabana.
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