Chamberlain o Churchill

El debate sobre la legitimidad de la guerra y la defensa de la paz pone en evidencia el uso estratégico del discurso pacifista para encubrir intereses políticos y desviar la atención de problemáticas internas

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El presidente del Gobierno de
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (Eduardo Parra - Europa Press)

El peor daño que puede hacerse al noble concepto del pacifismo es usarlo de manera falaz, oportunista y vacua. Lógicamente, cualquier persona de bien rechaza la guerra, tanto como ama la paz, pero proclamar el amor por la paz no implica, automáticamente, garantizarla.

Al contrario, cuando se trata de la paz de los cementerios, la guerra puede ser el único camino para conseguir frenar la agresión y garantizar la paz.

Es el eterno dilema Chamberlain-Churchill, cuando el primero quería evitar la guerra con Hitler con su apaciguamiento, y solo obtuvo lo que Churchill convertiría en una frase para la posteridad: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.

Desgraciadamente, la historia está llena de ejemplos en este mismo sentido. La guerra de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní plantea esa misma tesitura, al tiempo que deja en evidencia a los Chamberlain de nuestro tiempo, tanto aquellos que viven en el Nirvana feliz, como quienes son plenamente conscientes de usar el “no a la guerra” como un señuelo para cubrir sus miserias internas.

Y, de entre todos, Pedro Sánchez es un ejemplo de manual. Enfrentarse a Trump, enfundarse en un pacifismo impostado y azuzar el “no a la guerra” (cacofonía del lema que llevó a Zapatero al poder en 2004), no es el resultado de su amor por Gandhi, sino una estrategia perfectamente definida para mantenerse en el poder.

La confrontación con Trump alimenta el patriotismo antiamericano de la izquierda española -aumentado por su odio acerbo a Israel-, distrae a la ciudadanía de sus miserias políticas y da munición para el miedo. En la diana, el objetivo de mantenerse en el poder y ganar las próximas elecciones que, si lo del choque con Trump va bien en términos de popularidad, podrían avanzarse muy pronto.

Es así como un presidente que no tiene mayoría parlamentaria, ni consigue aprobar ninguna ley importante porque carece de consenso, ni tiene presupuestos, ni puede conseguirlos, y que tiene a parte de su cúpula bajo togas judiciales por corrupción, se pone la capa anti Trump y se convierte en un héroe.

Ya no importan ni los amigos en la cárcel, ni los líos de corrupción, ni la falta de presupuestos, ni nada, porque don Pedro ha encontrado otro divertimento con el que saciar el hambre ciudadano.

Lo más increíble es que además todo es pura impostura, porque en realidad los aviones americanos están saliendo de Morón y Rota y España participará en la guerra, eso sí, medio embarazada: que no, pero que sí.

El eterno estilo de Sánchez de engañar a todo el mundo al mismo tiempo. Más allá del oportunismo de algunos, lo cierto es que la cuestión del derecho internacional y la defensa de la paz permite un debate de calado que tiene muchas aristas.

Es evidente que el derecho internacional, tal como se concibió después de la segunda guerra mundial, estalló por los aires hace mucho tiempo, convertido en una cáscara vacía que solo sirve para que regímenes terribles perpetren todo tipo de barbaridades y alimenten todo tipo de monstruos, asentados en su legalidad.

Y ello es tan evidente, que no se puede considerar que una acción militar como la que, por ejemplo se produjo en Venezuela para capturar a Maduro, o la guerra contra Irán, sea un quiebre de dicho derecho internacional, si no se ponen todas las variables en juego.

¿Qué derecho internacional practicaba el régimen chavista que robaba los recursos, encarcela a los opositores y reprimía brutalmente a su pueblo, mientras desestabilizaba toda la región? ¿En nombre del derecho internacional se le podía permitir con sus atropellos? Y más cuando sus acciones políticas y sus alianzas geopolíticas representaban un serio problema para la seguridad y la estabilidad de toda la región.

Si ello era claro en Venezuela, en Irán es translúcido. Se trata de un régimen atroz que ha perpetrado una destrucción sistemática del derecho internacional desde su llegada en 1979. ¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando Irán financia a grupos terroristas en todo Oriente Medio, responsables de centenares de atentados? ¿Dónde, cuándo utilizaba a sus ‘proxys’ para desestabilizar a todo Oriente Medio?

¿Dónde estaba, cuando las milicias de Hezbollah, armadas y entrenadas por la guardia revolucionaria, destruían literalmente el Líbano? ¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando Irán perpetraba atentados en tierra argentina?

¿Dónde estaba este precioso e inviolable derecho internacional, cuando Irán ponía en marcha su carrera nuclear, y desde la ONU amenazaba con destruir a Israel? Es decir, amenazaba con asesinar a 9 millones de personas, y la ONU escuchándolo beatíficamente, porque el derecho internacional parece que se lo permitía.

Y puestos a preguntar, ¿dónde estaba el derecho internacional, cuando el régimen disparaba con munición real contra los manifestantes y mataba a miles de ellos?

Lo cierto es que el régimen no tenía, ni tiene ninguna intención de negociar una alternativa pacífica, ni convivir pacíficamente en la región. Al contrario, convirtió todo su potencial político y militar en un arma para colonizar el Líbano, destruir a Israel, dominar todo Oriente Medio y expandir sus tentáculos en otras zonas, como es el caso del hemisferio occidental latinoamericano.

Es un régimen innegociable, de manera que solo había dos salidas: o permitir que continuara creciendo su poderío, o pararlo en seco. Dicho de una manera abrupta, para conseguir la paz en Oriente Medio, había que hacer la guerra.

Ello lo saben bien los israelíes, que directamente se juegan su existencia. Pero no solo, y ahí está el silencio del resto de países de la región, sin que ninguno apoye a su violento vecino. Ni tan solo Rusia y China, que han hecho un ruidoso mutis. La soledad de Irán es la soledad del monstruo. Su caída, la única garantía de paz creíble y duradera.

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