La Conferencia de Seguridad de Múnich, además de ser un foro anual diplomático, se alza como un espejo donde chocan y se cristalizan las visiones estratégicas que las potencias quieren imponer al orden internacional. Las intervenciones de alto nivel político en este encuentro, suelen marcar, con meses de anticipación, las líneas rectoras del debate global. Precisamente por eso, las diferencias entre el discurso del Vicepresidente de los Estados Unidos, James David Vance, en 2025 y el del Secretario de Estado, Marco Rubio, en la edición de este año merecen un análisis detenido, no solo desde el ángulo de las políticas exteriores de Washington, sino también, en clave interna de sucesión presidencial y en el replanteo de las relaciones euroatlánticas.
Hace un año, Vance sorprendió al auditorio con una postura crítica -casi confrontacional- hacia los líderes europeos. Su narrativa se centró en señalar que el mayor peligro para Europa no venía de amenazas externas -como Rusia o China- sino del interior; esto es, de un supuesto deterioro de la democracia y la libertad de expresión en países occidentales. Su discurso fue recibido con inquietud -e incluso con rechazo- por parte de varios gobiernos europeos, que interpretaron sus palabras no solo como una crítica a sus políticas internas, sino como un cuestionamiento profundo a las instituciones mismas que sostienen la cohesión occidental.
En contraste, Marco Rubio, este 14 de febrero de 2026, adoptó un tono radicalmente distinto -aunque no menos enfático- en cuanto a la defensa de la visión republicana de liderazgo global. Rubio apeló a la historia y a la “herencia cultural” entre los Estados Unidos y Europa para intentar restituir la confianza transatlántica. Su mensaje central fue que Estados Unidos y Europa “pertenecen juntos” y que el futuro de la civilización está ligado a una revitalización conjunta de la alianza atlántica, aunque bajo condiciones que reflejan las prioridades de la actual Administración Trump.
Esta diferencia de tono no resulta trivial ya que marca dos enfoques republicanos distintos ante el mismo interrogante estratégico. Vance pareció encarnar una versión más rupturista y nacionalista -que responsabiliza a las élites europeas por su propia deriva y embiste contra sus políticas internas-, casi como preludio de una posible distensión transatlántica. Rubio, aunque menos agresivo y más diplomático, mantuvo intactos los ejes de la tradición Trumpista al llamar a una “restauración” del orden internacional desde una posición de liderazgo estadounidense, advertir sobre migración masiva y cuestionar políticas que Washington considera debilitantes, pero al mismo tiempo reafirmar la necesidad de una alianza con Europa, aunque en términos que privilegien la soberanía y la responsabilidad compartida antes que la subordinación automática a Washington.
Ese contraste, y en clave de política doméstica, fue también un anticipo indirecto de la pugna por la candidatura republicana de 2028. Vance y Rubio -ambos posicionados entre los liderazgos con más apoyo dentro del Partido Republicano- representan dos visiones que pueden ser atractivas para distintos sectores del electorado conservador. El Vicepresidente encarna el ala más populista y confrontacional del trumpismo, insatisfecha con las viejas alianzas globales, crítica de las élites internacionales y proclive a priorizar la “soberanía” por sobre el multilateralismo. El Secretario de Estado, por su parte, se presenta como un líder con visión estratégica, que reconoce la interdependencia global pero sin renunciar a una política exterior asertiva. Esa coexistencia de discursos norteamericanos en Múnich -ruidosa y visible- anticipa pues, unas primarias republicanas en las que las tensiones internas del partido se reflejarán en posiciones sobre alianzas tradicionales y sobre el rol global de los Estados Unidos.

Ahora bien, desde un punto de vista euroatlántico, Rubio abrió espacios de reconfiguración saludables. Su discurso -claramente más conciliador- fue interpretado en buena parte de Europa como un intento de “sanear” las relaciones con aliados históricos, golpeadas por el tono de Vance de 2025 y por los varios episodios de tensión bilateral posteriores -incluidas las declaraciones de líderes europeos sobre la erosión de la confianza en el vínculo transatlántico-. La afirmación de que los Estados Unidos y Europa comparten un destino común buscó contrarrestar el sentimiento de distanciamiento, e indicar un -esperable- nuevo comienzo de cooperación en materias de defensa, seguridad y prosperidad económica.
Sin embargo, el núcleo de la propuesta de Rubio no deja de ser coherente con la visión política dominante hoy en Washington, en cuanto que Europa debe asumir gran parte del peso de su propia defensa, tomar políticas más estrictas en materia migratoria y adaptar sus prioridades estratégicas de acuerdo a lo que los Estados Unidos consideran esencial para enfrentar los desafíos globales -como la competencia con China o la presión de Rusia-. Paradójicamente, desde Bruselas hasta Berlín, algunos líderes europeos recibieron el discurso con aplausos -reconociendo la importancia de la alianza- pero con reservas ideológicas sobre los elementos más duros de la agenda estadounidense.
Ese punto de tensión, coincidente con el concepto de que una alianza “renovada” no puede ser una relación de subordinación, está también presente en los debates sobre instituciones multilaterales (ONU, OTAN) y sobre su papel futuro. Rubio claramente defendió reformas o ajustes, más que rupturas, lo que sugiere una agenda donde la cooperación se mantiene, pero supeditada a una visión estratégica estadounidense más asertiva.
Finalmente, el contraste entre ambos discursos también indica que, más allá de las posturas personales de los oradores, el Partido Republicano está ajustando su narrativa global, pasando de la confrontación abierta con aliados, hacia una postura que combina reafirmación de liderazgo con pragmatismo, consciente de que la perseverancia del orden occidental exige alianzas fuertes -aunque reformadas- frente a desafíos compartidos, tales como la rivalidad con actores autoritarios y las crisis de instituciones globales.
En definitiva, lo que se vio el sábado en Múnich no fue simplemente un discurso más, sino un termómetro de las tensiones políticas internas en los Estados Unidos, un barómetro de las relaciones euroatlánticas, y un anticipo de cómo las élites republicanas quieren posicionar al país ante la sucesión presidencial. En el mismo escenario, pero con un año de diferencia, Vance y Rubio no solo hablaron de alianzas estratégicas, migración o seguridad global, sino que delinearon dos formas distintas de concebir el papel de Washington en el mundo y, en última instancia, la narrativa política que puede definir la próxima contienda por la Casa Blanca en noviembre de 2028.
Patricio Degiorgis es analista internacional y director de la Cátedra Unión Europea de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)
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