De Montevideo a la Patagonia, pasando por Barcelona

La viscosa mugre del antisemitismo siempre empieza con la letra pequeña

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La viscosa mugre del antisemitismo
La viscosa mugre del antisemitismo siempre empieza con la letra pequeña. REUTERS/Daniel Becerril

Todo empieza con pequeños gestos, quizás una pintada casual en una casa de Barcelona, un grito en una manifestación en Montevideo, una noticia falsa en la Patagonia, un adjetivo hiriente en una conversación, una murga en un carnaval... Nada es demasiado grueso, demasiado grande, demasiado horrible, son pequeños trazos aislados, desperdigados en el muro, sin conexión aparente, y sin embargo, al tomar distancia, son un auténtico mural del odio. Es la viscosa mugre del antisemitismo que siempre empieza con la letra pequeña, un simple acento en la gramática cotidiana, una peca en la piel. Y así, naturalizado, deja de ser extraño, ya se sabe..., los judíos..., lo normal.

Quizás lo más grave de esta enorme marea de antisemitismo que está arreciando en todo el mundo es justamente eso, la normalidad con que penetra, sin despertar conciencias, ni disparar alarmas. Presente, pero invisible, peligroso, pero negado. Como si la escuela de odio más letal de la humanidad, cuya estela de persecución y muerte ensangrentó siglos de historia, no fuera un problema de todos, sino solo de ellos, los de la kipá y la estrella. Además, como el nuevo antisemitismo se nutre en las ubres de las izquierdas más ruidosas, no es reconocido como tal, gentes de pancarta y solidaridad, son los libertadores, los buenos, los que señalan a la extrema derecha, esa sí que odia a los judíos, pero ellos no, ellos siempre tienen un amigo judío. Y mientras continúan gritando su odio a Israel -¡qué casualidad, el único estado judío del mundo¡-, se desentienden del fenómeno que han aupado en las redes, en los medios, en las universidades, en las calles. Por decirlo sin ambigüedades: la izquierda es hoy la responsable del discurso de odio más masivo, viralizado y peligroso de nuestro tiempo. Y no lo reconocen, ni lo aceptan, ni lo combaten, incapaces de ver el leviatán que han despertado.

Pongamos la lupa en algún rincón del mural. Por ejemplo, una murga en el jocoso carnaval de Montevideo. Se presentan regios, Doña Bastarda, es su nombre, murga exitosa que ha ganado otros carnavales. Sus letras integradas en el pensamiento de izquierdas, comprometidos con las causas ad hoc, ferozmente críticos con Israel. “¡Chocolate por la noticia!”, exclama la editorial de El País de Uruguay, y continúa: “Seguramente a nadie se le habría ocurrido que el letrista de una murga, que es la quintaesencia del pensamiento de la izquierda urbana pretenciosa e ignorante, era crítica con Israel”. Pues eso, que querían criticar a Israel y por el camino, como si pasaran por ahí, les da por hablar del jabón. Dice el final del simpático cuplé, cuyo título, “Patria o tumba”, es toda una declaración: “Y a los que me llamen nazi/ sin tregua y sin compasión/ los encierro en una jaula/ y los convierto en jabón”. Y a divertirse, que es carnaval...

Después, cuando las comunidades judías de Uruguay recuerdan cómo pesa esa palabra, el dolor que provoca, la memoria trágica que retorna, no entienden el escándalo, ellos son de izquierdas, no son de los malos, solo hacían arte, la libertad de expresión, lo suyo es crítico, el antisemitismo es de los otros.... “Jabón”, escogieron esa palabra y no otra, la más brutal, la que despierta todo el dolor de la memoria, pero son de izquierdas..., solo es arte.

Y mientras en el paisito canten cuplés, en Argentina retornan viejos conocidos. Quema la Patagonia y un ciudadano de bien descubre a los culpables: son los israelíes que están prendiendo fuego, y el repugnante libelo antisemita del “Plan Andina” que se inventaron los hijos de Adolf Eichmann en los 60 (según el cual hay un plan judío para quedarse la Patagonia) encuentra recorrido en las redes, en los micrófonos, en la X de un general, en voces políticas, en el verbo encendido de alguna periodista. Es delirante, es patraña de infinita imbecilidad, es..., pero el libelo consigue su espacio, gana su tiempo, nutrido por la tierra fértil del antisemitismo de siempre. Mientras tanto, se amontonan las denuncias por antisemitismo, pintadas, insultos, agresiones, y en el congreso de la república, los diputados argentinos de la izquierda irredenta juran por Palestina, que, como todo el mundo sabe, se ubica en la Patagonia.

De un lado al otro del Atlántico, la mirada se desvía a Barcelona, la bella ciudad, mi ciudad, librepensadora, avanzada, refugio de muchos en tiempos aciagos y ahora convertida en una de las ciudades más estúpidamente antisemitas de Europa, verbigracia de la izquierda más ruidosamente propalestina de ídem. Aquí empezaron con los gritos en las manifestaciones y las pintadas en locales judíos, después señalaron todos los lugares vinculados a la comunidad, incluyendo la escuela judía, y lo último ha sido la vandalización de tumbas en el cementerio judío de las Corts. El hilo clásico, el recorrido previsible, el grito, la señalización, la vandalización... ¿Qué será lo próximo? Y resuena Australia en los rincones del miedo.

No, no hay excusa. Que no nos vengan diciendo que es solo crítica, que no tiene nada que ver con los judíos, que el conflicto, los palestinos, que... Pero entonces, “jabón”, “Patagonia”, “tumbas”... Ni arte, ni crítica, ni política. Es puro antisemitismo, es odio, es normalización del estigma, es real, es creciente y los culpables tienen nombre y apellidos. En el pasado fueron los católicos, la Inquisición, los progroms, los nazis, los fascistas, hoy los principales agentes del odio provienen de los discursos de izquierdas. Lo niegan, lo desprecian, lo esconden, pero son ellos los que alimentan al monstruo.

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