
Quienes han desarrollado negocios con el actual presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump o colaboraron en su programa de TV ‘El Aprendiz’ afirman que posee el don del encantamiento. Y cuando ejerce su seducción se convierte en un ser irresistible. De allí que todos esperábamos que a estas alturas estuvieran en vía de solución el conflicto que azota a Ucrania y el de Venezuela. Sin embargo, observamos con verdadero pesar que Ucrania es sometida a mayores ataques día a día mientras Rusia, sin pestañear, destruye miles de vidas diariamente y deja parte del aparato productivo en cenizas.
Surge así la interrogante sobre por qué han dejado de operar sortilegios las capacidades seductoras del presidente de los Estados Unidos.
Si comenzamos por el conflicto que amenaza con hacer desaparecer a Ucrania, vemos cómo las capacidades de persuasión de los Estados Unidos están realmente mermadas en este siglo XXI. Porque a Rusia poco le importan las relaciones con Occidente. Según la visión imperante en el Kremlin, el polo de poder emergente está en Asia y es allí a donde deben ir sus esfuerzos político/diplomáticos. Europa y Estados Unidos son naciones declinantes y se pueden arrinconar haciéndoles gastar en defensa para así desequilibrar las cuentas fiscales e impactar negativamente el famoso “Estado de Bienestar”. Logrado esto, Europa se volverá contra sí misma y su debilitamiento abrirá puertas insospechadas para Rusia acceder a la cima del poder mundial. Estados Unidos, por su parte, está suficientemente lejos como para no representar una amenaza inmediata y, una vez tomada posesión de Ucrania, Rusia podrá sentarse a negociar desde una posición de fuerza el tema antártico con Estados Unidos.
Mientras tanto, Rusia se acerca a las naciones definidas como rivales (China) o castigadas por tener relaciones económicas con ella (India). En el proceso se forma un bloque nuevo con inmenso potencial económico y político. Pues tanto India como China son potencias nucleares y, desde el punto de vista económico, son potencias complementarias. En síntesis, se está formando un núcleo geopolítico con igual o superior poder al que vimos en la posguerra cuando emergió el Grupo Estados Unidos-Europa-Japón. Con este tiraje geopolítico la capacidad de seducción pasa a segundo plano.
En el caso de Venezuela es evidente que la Administración Trump no desea crear un conflicto de dimensiones fantásticas que le obligue a poner botas sobre el terreno y tener que confrontar a un electorado enfurecido al cual le prometió sacar a Estados Unidos de conflictos, no iniciar nuevos. Esto explica los viajes de enviados especiales a rescatar ciudadanos e intentar negociar salidas.
Ante la criminal obstinación de los jefes del narco estado venezolano, Estados Unidos decidió cambiar el esquema. De allí que se haya optado por el despliegue de poderío militar en aguas del Caribe con la intención de asfixiar el régimen. Una asfixia económica podría lograr el levantamiento de las, hasta ahora, fieles fuerzas armadas. Y es ahí donde estamos hoy. Pensar que habrá un escenario Panamá o Irak simplemente es absurdo. Lo que no lo es es esperar que las fuerzas destructivas del régimen acaben por devorar a quienes se negaron en su momento a dejarse seducir por los enviados del presidente Trump. Ellos habrían ofrecido vías de salida a la tragedia venezolana que posiblemente les hubiera permitido gozar de un buen retiro. Es decir, de lo que les robaron a todos los ciudadanos al tomar por asalto el estado venezolano. Pero los capos venezolanos no pueden dejarse seducir por las ofertas del presidente Trump porque saben que los crímenes que han cometido les llevarán eventualmente a la cárcel. O a otro lugar más sombrío como lo prueba el hundimiento del buque peñero cargado de droga hace unas horas.
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