
Para la escritora mexicana Liliana Blum la sociedad sigue exigiendo “juventud, delgadez y belleza” a las mujeres, una vara con la que no se mide a los hombres y que critica con su nueva novela “Cara de liebre”.
“Es una crítica a esas exigencias culturales que están en todos lados, y en particular en la sociedad mexicana, a la manera en la que nos relacionamos y al doble rasero con el que medimos a los distintos sexos en nuestra cultura”, afirma la autora (Durango, 1974), en una entrevista con Efe.
“Cara de liebre” (Seix Barral, 2022) cuenta la historia de dos mujeres, Tamara e Irlanda, que tienen una “complicada relación con su cuerpo” y que aunque no se conocen están marcadas por el mismo deseo de ser amadas y de “no quedarse solas” como símbolo de realización personal. Ambas hacen todo lo posible por retener en sus vidas a Nick, un músico gordo, apestoso y vago, pero ojos azules y con un gran ego que le hace pensar que puede conseguir lo que quiera sin dar nada a cambio.
Para no volver a ser rechazada jamás y cansada de solo ser juzgada por su cuerpo, una de ellas cobra una inconsciente “venganza” hacia Nick que Blum ha decidido llamar como “justicia poética”. Una justicia que en la vida real, dice, las mujeres no logran encontrar ni en los tribunales ni en el Gobierno de su país.
LA REALIDAD DE LAS MUJERES EN MÉXICO

Y es que la historia de “Cara de liebre” nace de un momento creativo que está influenciado por la escalofriante realidad que viven las mujeres en México.
“Hay doce feminicidios al día, según cifras oficiales, y esto se ha convertido en una normalidad. Nadie levanta una ceja, no se investiga absolutamente nada y las mujeres desaparecen, no haciendo las cosas que hace la protagonista de mi novela, sino de su casa al trabajo y de la universidad a su casa. Todas las mujeres en México sabemos que puede ser que no volvamos”, señala.
Sin embargo, asegura, los hombres de su país no pasan por la misma situación. Ellos tienen la certeza de que si es que salen a la calle y quedan con una chica “no los van a violar ni los van a matar”. “Pero ¿qué pasaría si dejaran de tener esa certeza?”, se preguntó antes de empezar a escribir la historia.
Los hombres además, agrega Blum, cuentan con la garantía de la impunidad que le ofrecen sus familias, sumergidas en una cultura machista que “sigue siendo igual que hace 200 años”.
“Cuando estaba escribiendo el personaje de Nick, hubo un caso de un chico de familia de alta sociedad que mató a la novia y la familia lo ayudó a escapar del país para que eludiera a la justicia. Este tipo de cosas suceden acá”, enfatiza.
LA RELACIÓN DE LAS MUJERES Y EL CUERPO

La cosificación del cuerpo de la mujer y la manera en que las personas miran a otras juegan un rol importante en la historia. Tamara e Irlanda, que sienten que nunca fueron valoradas, reducen sus virtudes a su capacidad de seducir físicamente a un hombre con todos los defectos del mundo.
“Parece increíble pero seguimos repitiendo cosas de hace 100 años. Creo que tiene que ver también con este chip que nos implantan muy adentro a las mujeres en Latinoamérica de que no puedes estar sola, que necesitas un hombre. Entonces siempre habrá, incluso en la familia, que a una mujer incluso con independencia económica, que le digan: “Aún no me das nietos”. “Ah, pero estás solita”, sostiene la autora.
Esas “exigencias culturales” provocan que las mujeres sientan miedo de envejecer solas y que muchas “no solo toleren sino que procuren a hombres que son todo menos buenos para ellas”.
Blum también cree que aunque el movimiento feminista ha intentado destruir estos mandatos enraizados en la sociedad aún falta mucho camino por recorrer.
Y lamenta que, al menos en su país, los hombres sigan creciendo con la idea de que las mujeres pueden ser de su propiedad en cualquier momento.
“Se te antoja una mujer, esa que va pasando por ahí, toma, viólala y es más fácil que la mates para que no te descubran. Doce hombres matan a una mujer al día y de ahí van a su trabajo, a tomar una cerveza, regresan a su casa y prenden la televisión. Son hombres que viven entre nosotros, no viven debajo de un puente ni en una cueva. Eso es lo más terrorífico”, remarca.
Con información de EFE
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