Las ucronías tienen mala fama y pocos autores académicos se ocupan de ellas abiertamente: ¿qué habría pasado si, por ejemplo, los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? La especulación es más fértil para la literatura que para la reflexión historiográfica. Sin embargo, la pregunta asoma una y otra vez, en diversas encrucijadas históricas.
Es imposible no caer en ella viendo Bobby Kennedy for President, el documental de cuatro horas disponible en Netflix. ¿Qué habría pasado si Bobby no hubiera sido asesinado, conseguía la nominación demócrata y se convertía en presidente de EEUU en 1968 en vez del republicano Richard Nixon?
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El documental no entra en esas especulaciones sino que recorre la carrera política del hermano de JFK tratando de que la sombra de éste no opaque su figura. También hay un intento de que la muerte de Bobby sea interpretada como resultado de una conspiración como el famoso asesinato del presidente en Dallas en 1963.
Hay que decir que en los primeros tres capítulos logra mostrarlo como un ser humano entrañable y una figura política en crecimiento continuo que parecía no tener techo. Es imposible no quedar arrasado emocionalmente por su figura y su repentina y absurda desaparición. El cuarto capítulo, dedicado al legado y a las incertezas de su crimen, se resiente por la ausencia de Bobby y por prestarle mucha atención a especulaciones que no parecen estar suficientemente fundamentadas.
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El derrotero político de Robert Kennedy se desarrolla en un comienzo al calor de pertenecer a una de las familias más poderosas y adineradas de los EEUU. Por iniciativa de su padre, el temible Joe Kennedy, forma parte de la comisión anticomunista del Senado llevada a delante por Joe MacCarthy, de quien deriva el término "macartismo". Renuncia unos meses después, aparentemente disgustado con los métodos utilizados.
En 1960 lidera la campaña de su hermano mayor, John Fitzgerald, quien se convierte en el presidente del país. JFK, contra su voluntad, lo designa como Fiscal General, donde se destacó en la lucha contra la mafia y a favor de la integración, apoyando desde el gobierno el movimiento por los derechos civiles. (De todas maneras, el uso intensivo de escuchas telefónicas, particularmente a Martin Luther King, le generó una desconfianza entre los líderes del movimiento de derechos civiles que tardó en ser disipada).
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El asesinato de su hermano en Dallas en noviembre de 1963 lo dejó fuera de la fiscalía, ya que no tenía buena relación con el vicepresidente Lyndon Johnson, ahora a cargo de la presidencia. Luego del lógico período de duelo y consternación, retoma la actividad política, primero como candidato a senador por el estado de New York y luego lanzado a la interna del partido Demócrata para conseguir la candidatura presidencial. El mismo día en que gana la decisiva contienda en el estado de California y en la cocina del hotel donde celebraba la victoria es asesinado a balazos por un joven nacido en Jordania, aparentemente obsesionado con su figura.
El recorrido humano que acompaña ese derrotero político es el plato fuerte de la película. Bobby pasa de ser un político reticente, sin ambiciones personales y siempre a la sombra de su hermano a convertirse en un líder humano y empático. El contacto con la gente lo va transformando y su acción se orienta cada vez más a prestarle atención a la pobreza en su país y a terminar con la discriminación de la población negra.
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Bobby se toma un avión y camina con los campesinos chicanos de California en huelga o se mete en las casas más pobres del delta del Misisipi. A medida que crece su figura política se lo ve más y más cómodo, gracioso y simpático, mostrando con desenfado su enorme sonrisa y su jopo rebelde. Bobby quiere ser presidente de los EEUU para terminar con la intervención norteamericana en Vietnam y para unir a sus ciudadanos, pobres y ricos, blancos y negros.
El material del que dispone Bobby Kennedy for President es sencillamente extraordinario. Se unen tres fuentes de alta calidad. Por un lado se trata de una figura pública desde la década del cincuenta y la tradición de conservación de archivos en los EEUU provee un material inestimable. Por otro lado, es claro que la familia abrió generosamente sus archivos. Por último pero no por eso menos importante, hay que recordar que la eclosión pública de los Kennedy sucedió al mismo tiempo que se desarrollaba el cinema verité, una corriente dentro del documental que hacía un uso virtuoso del desarrollo de cámaras más livianas, lo que permitía un registro íntimo y espontáneo.
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La crisis entre el gobierno de JFK y el gobernador racista de Alabama, George Wallace, quién se resistía a la educación integrada, fue registrada por los pioneros de esa forma fílmica, entre ellos Robert Drew, autor de Crisis: Behind a Presidential Commitment, mediometraje del cual este documental recupera algunas imágenes memorables.
Si bien el material logra un acercamiento muy íntimo, la directora negra Dawn Porter impuso para Bobby Kennedy for President una restricción muy clara: la figura que ella buscó retratar es la pública. No hay detalles sobre su vida privada, de su relación con su extensa familia (tuvo nada menos que once hijos con su mujer Ethel el último de los cuales nació después de su muerte) ni de probables amantes. La gente que trabajó con él durante su breve pero meteórica carrera política testimonia con un amor y admiración que no parecen haberse mitigado con el tiempo. La película no busca un costado oscuro o testimonios contradictorios.
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Lo que se reconstruye en el documental es una personalidad realmente impactante: en términos humanos, la pérdida es desoladora. Es imposible no conmoverse hasta las lágrimas con las imágenes de la gente al costado de las vías, saludando solemnemente al tren que lleva el cuerpo de Bobby de Nueva York a Washington, para su entierro definitivo en Arlington junto a su hermano.
Las inquietudes políticas no le van a la zaga. La pregunta se impone: ¿Qué hubiera pasado si la salida a la profunda crisis que vivían los EEUU en 1968 se hubiera salido por izquierda, con un humanista liberal como Bobby Kennedy, y no con un presidente como Nixon? Por supuesto que la muerte temprana, tan injusta y arbitraria hace pensar que, como siempre, lo que podría haber sucedido era mejor que lo que sucedió.
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Al mismo tiempo, es cierto que sólo un presidente de derecha tenía cierta legitimidad como para retomar relaciones con China o aceptar el fracaso de la incursión en Vietnam, dos temas que hubieran sido extraordinariamente costosos para una administración llevada adelante por Robert Kennedy. Probablemente, tampoco Bobby hubiera sumido a su país en el desconcierto de paranoia y mentiras que marcaron la administración Nixon. Como dijimos, las ucronías tienen mala fama y la película nos deja con el conmovedor recuerdo de la mirada triste, la sonrisa amplia y el jopo despeinado de Robert F. Kennedy.
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