
El futuro del cerebro no solo se escribe con genes: el lugar donde se vive, la calidad del aire y la garantía de que se respeten los derechos también marcan la diferencia en cómo una persona envejece.
Un equipo de investigadores del Instituto Latinoamericano de Salud del Cerebro, con sede en Chile, el Centro de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires, Argentina, y el Instituto Global de Salud Cerebral de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, detectó que el envejecimiento del cerebro no depende solo de la genética ni de la enfermedad.
Encontró que puede acelerarse o frenarse según factores ambientales, sociales y políticos acumulados durante la vida.
La investigación fue publicada en Nature Medicine, analizó datos de 18.701 personas de 34 países y revela que el entorno tiene un peso central en la salud cerebral.

“Los resultados de nuestro estudio señalan que la suma de exposiciones ambientales y sociales a lo largo del tiempo ejerce una influencia mucho mayor que cualquier factor individual”, dijo a Infobae el científico argentino Agustín Ibañez, quien fue uno de los autores de la investigación junto con Agustina Legaz y Hernán Hernández.
El estudio subraya que las políticas públicas y las condiciones sociales pueden ser tan determinantes como la biología en la prevención de enfermedades neurodegenerativas.
En sus redes sociales, Eric Topol, médico cardiólogo, científico estadounidense, fundador y director del Scripps Research Translational Institute, y autor del libro Superagers, salió hoy viernes a destacar los hallazgos del estudio.
Ambiente y cerebro

El equipo científico se propuso analizar cómo los ambientes físicos, sociales y políticos donde transcurre la vida inciden en el ritmo del envejecimiento cerebral. El eje del análisis fue el exposoma, que es la suma de exposiciones ambientales, sociales y políticas acumuladas desde el nacimiento.
Muchos estudios previos solo consideraban un factor o un país, como la contaminación o la pobreza.
En este caso, se integraron datos de miles de personas de diversas regiones, sanas y con enfermedades neurodegenerativas, para analizar la interacción de múltiples variables.

El objetivo principal fue determinar si la carga acumulada de factores ambientales, sociales y políticos a escala país permite predecir el envejecimiento cerebral mejor que los diagnósticos médicos tradicionales.
También se buscó comprobar si el impacto del exposoma se mantenía aun considerando la edad, el sexo, la educación y el nivel económico.
Qué se midió y qué se halló

La investigación incluyó a personas de África, Europa, América Latina, Norteamérica, Asia y Oceanía. Se utilizaron imágenes cerebrales para calcular la edad biológica del cerebro y comparar si envejece a un ritmo diferente de la edad cronológica.
El análisis abarcó 73 indicadores de exposoma, como contaminación del aire, acceso a espacios verdes, calidad del agua, clima, desigualdad socioeconómica, pobreza, participación cívica y fortaleza de las instituciones democráticas.
Los datos provinieron de organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y otras agencias de Naciones Unidas.

Los modelos estadísticos avanzados mostraron que la combinación de todos los indicadores del exposoma explica hasta 15 veces más la variación en el envejecimiento cerebral que cualquier factor individual.
Los factores físicos, como la contaminación y la falta de áreas verdes, se asociaron especialmente con el envejecimiento estructural del cerebro. Estuvieron relacionados con zonas involucradas en la memoria y las emociones.
Las variables sociales, como la pobreza o la baja participación ciudadana, impactaron en redes cerebrales relacionadas con el autocontrol y la cognición social.

Tras analizar los datos, los investigadores advirtieron que la carga del exposoma aumentó entre 3,3 y 9,1 veces el riesgo de envejecimiento cerebral acelerado. Superó los efectos de diagnósticos clínicos.
Esa relación se verificó tanto en personas sanas como en quienes presentan Alzheimer o demencia frontotemporal.
Entre los factores más relevantes figuran la pobreza multidimensional, el acceso limitado a espacios verdes, la contaminación elevada, los extremos climáticos, la baja participación cívica y la debilidad de las instituciones democráticas.
El impacto de esos factores se mantuvo incluso tras ajustar por educación y nivel socioeconómico.

Por supuesto, el trabajo tuvo algunas limitaciones. Uno de los principales desafíos fue que los datos del exposoma se recopilaron a nivel de país, lo que puede ocultar diferencias locales clave.
Las condiciones ambientales y sociales no siempre son iguales en todas las regiones de un mismo país, así que parte de la diversidad interna puede perderse en ese tipo de análisis.
Además la mayoría de los análisis fueron transversales, es decir, se realizaron en un solo momento y no permiten observar cómo evolucionan las exposiciones y el envejecimiento cerebral a lo largo del tiempo.
Solo una pequeña parte del estudio incluyó seguimiento longitudinal, por lo que aún queda mucho por explorar sobre cómo los cambios en el entorno impactan en la salud cerebral durante la vida.
Recomendaciones y desafíos

El investigador Ibañez añadió: “Debemos dejar atrás la idea de un solo riesgo. Las adversidades interactúan y se potencian. Necesitamos métodos que reflejen esas configuraciones complejas y no mirar factores aislados”.
Aclaró: “La muestra fue de 18.000 sujetos en 34 países. No se puede hablar de causalidad directa porque los exposomas se midieron a nivel país, no individual. Es decir, queda aún mucho por investigar”.

Sin embargo, en base a la evidencia disponible, el científico afirmó que “las políticas de salud y envejecimiento deben ser intersectoriales. Deberían incluir las áreas de desarrollo, ambiente y educación. No basta con atacar solo un factor”.
Ibañez subrayó que “hoy no alcanza con recomendar ejercicio o dieta si las personas están expuestas a desigualdad o deterioro institucional. Prevenir la demencia requiere políticas ambientales, sociales y democráticas. Hay que integrar el exposoma en los modelos de salud cerebral”.
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