
La NASA anunció su plan para instalar un reactor nuclear de 100 kilovatios en la Luna antes de 2030, una iniciativa que podría transformar la estrategia energética de las misiones espaciales sostenidas.
El proyecto, que forma parte del programa Fission Surface Power, representa una oportunidad inédita para la exploración espacial, aunque enfrenta desafíos técnicos y logísticos de gran magnitud, según advierte Katy Huff, profesora de ingeniería nuclear en la Universidad de Illinois Urbana-Champaign y exfuncionaria del Departamento de Energía de Estados Unidos.
Energía nuclear: ventajas y retos para misiones espaciales
El objetivo del programa Fission Surface Power es desarrollar un sistema capaz de suministrar energía continua tanto a futuras bases lunares como, en un futuro, a misiones tripuladas en Marte. La Universidad de Illinois Urbana-Champaign destaca que la elección de la fisión nuclear se debe a su alta densidad energética y a la posibilidad de operar sin interrupción, lo que permite mantener operaciones las 24 horas del día independientemente de la luz solar; por eso resulta especialmente adecuada para misiones de larga duración y ambientes extremos como el lunar.

Huff sostiene que la energía nuclear representa una oportunidad única para impulsar el descubrimiento científico en la Luna, pero advierte que cumplir la meta de 2030 exigirá superar obstáculos importantes: desde la necesidad de una ingeniería precisa y una planificación de seguridad rigurosa, hasta garantizar una inversión institucional constante. Específicamente, menciona que los principales retos abarcan tanto el ensamblaje y transporte del reactor como la gestión de peso y volumen para cumplir con las restricciones de la NASA.
El reactor debe construirse y cargarse completamente en la Tierra, trasladarse en un único cohete y prepararse para su operación lunar con ajustes mínimos. El sistema no puede exceder las 6 toneladas métricas y el nuevo objetivo de cien kilovatios —suficientes para abastecer a unas 80 viviendas estadounidenses promedio— vuelve aún más exigentes estos límites, de modo que la ingeniería de sistemas será clave para resolverlos y minimizar el costo y la viabilidad del transporte.
Huff manifiesta dudas sobre la capacidad de cumplir el calendario propuesto, ya que la falta de aumentos en el presupuesto de la NASA podría provocar retrasos. La Universidad de Illinois Urbana-Champaign alerta también que acelerar el programa implicaría recortes en áreas prioritarias como la observación terrestre y el monitoreo climático, elementos esenciales de la misión pública de la agencia espacial.
Funcionamiento, condiciones lunares y seguridad
El reactor utilizará combustible de uranio para generar una reacción en cadena, cuyo calor se transformará en electricidad a través de un sistema de ciclo cerrado Brayton, tal como exige la nueva directiva de la NASA. La energía obtenida alimentará infraestructuras lunares como hábitats, laboratorios científicos, sistemas de soporte vital, comunicaciones y vehículos exploradores.

Como la generación eléctrica será continua, se contempla la instalación de baterías que almacenen el excedente para abastecer picos de demanda. Todo el diseño debe garantizar eficiencia y fiabilidad, respondiendo a las necesidades cambiantes de la misión.
Respecto a las condiciones técnicas, Huff aclara que la fisión nuclear no depende de la gravedad ni de la presión atmosférica, aunque el reactor deberá adaptarse a las particularidades del entorno lunar. Los fluidos de transferencia de calor cambiarán su comportamiento bajo la gravedad lunar, y es necesario gestionar diferencias térmicas de hasta 200 °C entre el día y la noche. Además, el reactor requerirá aislamiento total para proteger combustible y refrigerante.
La seguridad es otro pilar fundamental del proyecto. Según la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, los riesgos principales se reparten entre el lanzamiento y la operación en superficie lunar. Durante el lanzamiento existe la posibilidad de dispersión de material radiactivo en caso de accidente; para evitarlo, el reactor viajará con uranio fresco —de baja radiactividad— y contará con un plan radiológico específico. El Centro Espacial Kennedy tiene un Centro de Control Radiológico dedicado, donde el personal realiza simulacros periódicos para responder a emergencias.
Ya en la Luna, la seguridad se concentra en el blindaje, la contención y el control autónomo del reactor. El sistema deberá poder apagarse automáticamente frente a cualquier anomalía —incluyendo los sismos lunares— para igualar los estándares de seguridad exigidos a los reactores instalados en la Tierra.

Gestión de residuos radiactivos y autonomía operativa
La gestión de residuos radiactivos sigue sin una solución definitiva. El combustible gastado contendrá productos de fisión mucho más peligrosos que el uranio original, y transportarlos de regreso a la Tierra sería arriesgado, especialmente ante una eventual reentrada descontrolada.
Huff menciona como precedente el caso del satélite soviético Kosmos 954, que en 1978 dispersó material radiactivo sobre Canadá tras un fallo. Por este motivo, una opción más prudente sería almacenar los residuos en la superficie lunar dentro de estructuras blindadas.
En cuanto al mantenimiento, estos reactores están diseñados para operar de manera completamente autónoma, sin necesidad de recarga de combustible ni intervenciones humanas durante toda su vida útil. El diseño actual de la NASA prevé una década de funcionamiento ininterrumpido, con sistemas que minimicen los riesgos y aseguren la continuidad operativa durante toda la misión.
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