
El aumento global de los lanzamientos espaciales tiene un precio ambiental que pocos se imaginaban.
Científicos de Nueva Zelanda, Suiza, Estados Unidos, España y Rusia demostraron que el crecimiento acelerado de la industria de lanzamientos de cohetes se relaciona con el adelgazamiento de la capa de ozono, esa franja de la atmósfera que protege a la vida en la Tierra de la radiación ultravioleta.
Según el estudio con simulaciones con modelos climáticos que publicaron en la revista npj Climate and Atmospheric Science, que pertenece al grupo Nature, si sigue la tendencia de lanzamientos, la recuperación del ozono podría retrasarse años o incluso décadas.

Los científicos describieron el fenómeno de manera contundente: “El aumento de los lanzamientos de cohetes puede llevar a reducciones en el grosor de la capa de ozono a escala global y regional”. No se trata de un daño menor ni de una hipótesis remota, sino de un impacto tangible que la ciencia ahora documenta con precisión.
El estudio fue liderado por Sandro Vattioni y Timofei Sukhodolov, de la Escuela Politécnica Federal de Zurich (ETH Zurich), en Suiza.
El estudio deja claro que el mayor daño se concentra sobre la Antártida. Allí, la pérdida de ozono puede llegar al 4% en determinadas temporadas, justo donde se localiza el famoso agujero de ozono.
Las emisiones de cohetes, en especial las provenientes de combustibles sólidos y motores que liberan cloro y carbono negro, resultan las más críticas.

La investigación también señala la paradoja de la globalidad del problema. Los cohetes se lanzan principalmente en el hemisferio norte, pero los contaminantes circulan alrededor del mundo.
Un lanzamiento en una parte del planeta puede terminar causando daño a la capa de ozono en una región opuesta. “Un solo sitio de lanzamientos puede tener impactos globales”, remarcaron los autores.
El contexto de la escalada espacial

La industria espacial vive un auge sin precedentes. Empresas privadas y agencias estatales compiten en poner satélites en órbita. La multiplicación de constelaciones de satélites, que buscan conectar a todo el mundo y observar la Tierra desde el espacio, disparó la cantidad de lanzamientos.
En 2019 hubo 97 lanzamientos orbitales, pero en 2024 esa cifra alcanzó 258. El estudio señala que para 2030 la cifra podría multiplicarse por ocho y superar los dos mil lanzamientos anuales si no se ponen límites ni reglas internacionales.
Durante décadas se creía que los cohetes tenían poco impacto sobre la atmósfera. Las regulaciones internacionales lograron frenar los gases industriales que dañaban el ozono, como los clorofluorocarbonos (CFCs), pero las emisiones de los cohetes quedaron fuera de esos controles.

El Protocolo de Montreal, que prohibió los CFCs en 1989, se considera un éxito global, pero la nueva carrera espacial obliga a revisar estos consensos.
El crecimiento sin freno de la industria espacial hace que muchos satélites terminen su vida útil y vuelvan a la atmósfera, donde se queman y liberan nuevos contaminantes.
La actividad ya no es marginal ni excepcional. Lanzar cohetes se volvió habitual y forma parte de la economía digital.
El contexto científico también cambió. Los investigadores ahora cuentan con modelos precisos que simulan el comportamiento de los contaminantes en la atmósfera superior.
Estos modelos ayudan a visualizar el efecto acumulativo de miles de lanzamientos sobre la capa de ozono, un fenómeno invisible a simple vista pero de gran magnitud.
Lo que descubrieron

Los científicos descubrieron que los motores de combustible sólido y los propelentes que generan hollín o cloro causan los mayores daños. Las alternativas criogénicas, que funcionan con hidrógeno y oxígeno líquidos, emiten muy pocos contaminantes y su impacto es mínimo.
Sin embargo, solo el 6% de los lanzamientos actuales usa esta tecnología por su alta complejidad. “La elección del combustible de los cohetes importa. Los sistemas basados en oxígeno e hidrógeno líquidos tienen un efecto despreciable sobre el ozono”, destacaron los investigadores.
Los científicos reconocieron que la simulación que hicieron no contempla todos los posibles daños. Aclararon que no incluyeron el efecto de la reentrada de satélites.

Cuando los satélites viejos caen y se queman en la atmósfera, liberan óxidos de nitrógeno y partículas metálicas que también pueden destruir ozono. La magnitud de este riesgo aún no se conoce del todo y representa una limitación del estudio.
Entre las recomendaciones sobresalió la necesidad de vigilar y monitorear mejor los lanzamientos y elegir tecnologías menos dañinas para el ozono.
“Cambiar el tipo de combustible y limitar los lanzamientos más contaminantes tendría efectos directos y positivos en la protección del ozono”, afirmó el equipo. La cooperación internacional y nuevas regulaciones aparecen como pasos obligados para enfrentar este desafío.
Un dato sorprendente del estudio es que las partículas lanzadas en el hemisferio norte pueden llegar a la Antártida. Así se demuestra que la atmósfera no tiene fronteras y que cada decisión tomada en la industria espacial impacta en todo el planeta.
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