
En un avance para la comprensión de la memoria y sus complejidades, un equipo de investigadores ha descubierto que el cerebro parece emplear fases separadas del sueño para procesar recuerdos nuevos y antiguos, previniendo así la peligrosa superposición que podría llevar al fenómeno conocido como “olvido catastrófico”.
Este hallazgo, basado en estudios realizados en ratones, fue publicado en la prestigiosa revista Nature y ha despertado entusiasmo en la comunidad científica. Según György Buzsáki, neurocientífico de sistemas en la Universidad de Nueva York, si esta segregación de recuerdos se confirma en humanos, “apostaría todo su dinero” a que el mismo principio es válido, dado que la memoria es un sistema evolutivamente antiguo.
El estudio partió de una observación fascinante: durante ciertas etapas del sueño profundo, los ojos de los ratones permanecen parcialmente abiertos. Al aprovechar esta peculiaridad, los científicos pudieron monitorizar los movimientos oculares y observaron un patrón notable: el tamaño de las pupilas cambiaba cíclicamente, encogiéndose y volviendo a su tamaño original en intervalos regulares de aproximadamente un minuto. A través de grabaciones neuronales, los investigadores descubrieron que la mayoría de la actividad conocida como “reproducción neuronal”, clave para consolidar recuerdos recientes, ocurría cuando las pupilas estaban en su fase más pequeña.
Para explorar si este vínculo entre el tamaño de la pupila y el procesamiento de la memoria era más que una coincidencia, los científicos recurrieron a una técnica innovadora llamada optogenética. Este método permite manipular la actividad neuronal con luz, un recurso valioso en estudios de memoria. Primero, entrenaron a los ratones para que localizaran un premio oculto en una plataforma.

Los resultados fueron contundentes: cuando inhibieron la actividad neuronal en la fase de pupilas pequeñas, los ratones despertaron incapaces de recordar dónde estaba el premio. Por el contrario, la manipulación de la actividad en otras fases del sueño no afectó los recuerdos. Este experimento reveló un momento preciso y esencial del sueño para la consolidación de recuerdos.
Mientras que el estudio en Nature se centra en cómo se consolidan y almacenan los recuerdos, otra investigación presentada en Scientific American aborda el olvido desde otra perspectiva. El neurocientífico Tomás Ryan, del Trinity College de Dublín, sostiene que el olvido no siempre es un defecto del cerebro, sino un mecanismo activo y, en muchos casos, adaptativo. Ryan explica que el cerebro puede optar por suprimir ciertos recuerdos para facilitar el aprendizaje de nueva información y tomar decisiones más efectivas.
En estudios previos, Ryan y su equipo analizaron cómo los ratones olvidan asociaciones específicas. Por ejemplo, al exponer a los ratones a dos entornos similares en rápida sucesión, los investigadores lograron interferir con su capacidad para recordar cuál objeto pertenecía a qué entorno. Este fenómeno, conocido como interferencia retroactiva, es un ejemplo de cómo un evento reciente puede competir con un recuerdo más antiguo por el control de las mismas redes neuronales. Pero lo que resulta especialmente fascinante es que, aunque los ratones parecieran haber olvidado las asociaciones, los recuerdos originales permanecían intactos en sus cerebros.

Mediante el uso de técnicas genéticas avanzadas, Ryan y su equipo pudieron etiquetar las células responsables de los recuerdos, conocidas como engramas, y luego reactivarlas con luz. Al hacerlo, observaron que los recuerdos “olvidados” reaparecían, lo que demuestra que el cerebro no elimina necesariamente los recuerdos, sino que podría estar suprimiéndolos para permitir que otros se expresen con mayor facilidad.
En modelos de Alzheimer y otras formas de pérdida de memoria, investigaciones anteriores han demostrado que los recuerdos aparentemente perdidos también pueden ser reactivados mediante la estimulación de los engramas. Según Ryan, esto sugiere que algunas formas de pérdida de memoria asociadas con enfermedades podrían no deberse a la destrucción de los recuerdos, sino a un fallo en su acceso o expresión. Este enfoque plantea una posibilidad alentadora: si se logra identificar cómo recuperar recuerdos almacenados en engramas no expresados, podría desarrollarse una nueva estrategia terapéutica para tratar condiciones como el Alzheimer.
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