
El caso de un longevo alerce en Chile ha fascinado y esperanzado a los expertos que estudian el cambio de la flora a lo largo de los años.
Este árbol, de 28 metros de altura y cuatro de diámetro, es conocido como el “Gran Abuelo” y yace en un bosque en el sur del país, protegido de incendios y la tala que han diezmado a su especie, la Fitzroya cupressoides.
Según han podido determinar los científicos, tiene más de 5.000 años de edad, por lo que está en proceso de ser certificado como el más viejo del planeta, incluso mayor al pino Matusalén de Estados Unidos -de 4.850 años-.
“Es un sobreviviente. No hay ningún otro que haya tenido la oportunidad de vivir tanto”, comentó el investigador de la Universidad Austral, Antonio Lara, quien conforma el equipo que estudia al árbol y la valiosa información que su tronco encapsula.

“No sólo se trata de su edad, hay muchas otras razones que le dan valor y sentido a este árbol y la necesidad de protegerlo”, agregó sobre el ejemplar que se ha vuelto un ícono turístico que obligó a las autoridades a restringir el acceso a él.
A lo largo de la historia, este ejemplar ha logrado convivir con especies de todo tipo -como pájaros chucao y peuquito, ranitas de Darwin, lagartijas y otros árboles como coigües y tepas-, esquivar llamas de incendios y la sobreexplotación de la especie endémica del sur del continente americano, donde su madera fue -durante siglos- el material principal empleado en la construcción de casas y embarcaciones.
Sin embargo, su grueso y sinuoso tronco sigue intacto, aunque tapizado por musgos y líquenes.
El “Gran Abuelo” fue descubierto en 1972 accidentalmente por el guardabosque Aníbal Henríquez, mientras patrullaba la zona. “No quería que la gente y los turistas supieran donde estaba porque sabía que era muy valioso”, comentó su hija, Nancy Henríquez, quien tomó la posta de su vigilancia cuando su padre falleció.
La fascinación por el ejemplar se transmitió al interior de la familia y su nieto, Jonathan Barichivich, decidió sumarse al equipo que estudia la especie. En 2020, en el marco de una investigación, extrajo una muestra del tronco utilizando el taladro manual más largo que existe -aunque no fue suficiente para llegar al centro-.

Sin embargo, esta pieza permitió comenzar los estudios y, gracias a la complementación de un modelo predictivo sobre el trozo faltante, estimar una edad inicial. “El 80% de las posibles trayectorias indican que el árbol tendría 5.000 años”, comentó Barichivich, quien pronto publicará su investigación.
Este documento ha generado gran expectativa en el entorno científico ya que, hasta ahora, la dendrocronología -la ciencia que estudia la edad de los árboles a través de los anillos del tronco- se ha topado con múltiples limitaciones en sus investigaciones por el mal estado de los troncos.
Por otro lado, son muy pocos los árboles milenarios en el planeta y, entre ellos, la mayoría tiene menos de 1.000 años y escasos rondan entre los 2.000 y 3.000. Es por eso que Barichivich asegura que “los árboles antiguos tienen genes y una historia muy especial, porque son símbolos de resistencia y de adaptación. Son los mejores atletas de la naturaleza”.
Carmen Gloria Rodríguez, asistente de investigación del Laboratorio de Dendrocronología y Cambio Global de la Universidad Austral, prefiere pensarlos como “libros abiertos” y a sus colegas como “lectores que leemos cada uno de sus anillos”.
Así, en las páginas de este libro se reflejan los años secos -en los anillos más angostos-, los lluviosos -en los más anchos-, los incendios y hasta los terremotos, como el más potente de la historia, que sacudió a esta región de Chile en 1960. En otras palabras, una especie de gran cápsula del tiempo.
“Si estos árboles desaparecen, desaparece con ellos una clave importante de cómo la vida se adapta a los cambios del planeta”, advirtió Barichivich y resaltó la necesidad de cuidar de él: “Es un árbol muy antiguo y, solo por existir, debería ser ya suficiente para cuidarlo”.
(Con información de AFP)
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