
La climatología es una ciencia peculiar: no hay que confundirla con la meteorología. Por una parte, se considera una rama de las ciencias atmosféricas y, por tanto, perteneciente a las ciencias físicas. Por otro lado, se trata de un subcampo de la geografía perteneciente a las llamadas ciencias de la Tierra.
Sin embargo, las ciencias del clima también incluyen aspectos de la oceanografía y la biogeoquímica, al igual que de otras ciencias como la geofísica, la glaciología, ecología, ciencias computacionales, meteorología, la economía y… también la historia.
A esto último se dedica la paleoclimatología: estudia la evolución pasada del clima haciendo arqueología de fósiles o analizando otros signos que permitan comprender cómo fueron los climas a lo largo de la historia de nuestro planeta.
Otro tanto sucede con el futuro. Se utilizan modelos computacionales que permiten estudiar la evolución del clima e, incluso, realizar proyecciones de cómo será el mundo que nos espera.
En general, su historia demuestra que esta disciplina nunca ha estado bien definida. Además, no sería tal y como la conocemos hoy de no ser por los aspectos sociales, culturales y tecnológicos que contingentemente la han llevado a coronarse como una de las ciencias de mayor impacto actualmente.
Según algunos autores, la investigación climática puede calificarse como ciencia posnormal.
Primeras hipótesis acerca del cambio climático
En la época clásica, se entendía por clima una cosa bien distinta a lo que hoy conciben los climatólogos. Su significado estaba acotado a cuestiones de geografía, un invento de los trabajos de cartografía del siglo III a. C. en la Grecia antigua.

Por entonces, no tenía prácticamente nada que ver con la meteorología o la atmósfera, pues hablar del clima de un lugar era equivalente a dar sus coordenadas geográficas más que a explicar si hacía frío o calor, si había humedad o la frecuencia con que llovía en la zona. De hecho, el término clima proviene del griego (κλίμα) y significa zona o lugar.
Las primeras consideraciones sobre un posible cambio climático antropogénico vinieron con los colonos del siglo XVII. En sus observaciones meteorológicas se daban cuenta de cambios en zonas particulares, que atribuían al cultivo de la tierra. Estaban transformando los ecosistemas y, de algún modo, sospechaban que eso tenía un impacto en la meteorología. No obstante, no era una discusión científica, sino más bien una preocupación por la prosperidad de sus cultivos.
La emergencia y desarrollo de la climatología moderna, en sintonía con las nuevas ciencias surgidas con la Revolución Científica, dio inicio a la matematización y la experimentación propias de la nueva forma de conocimiento. Esto llegó al estudio del clima a través de las nuevas teorías de la distribución del calor y la humedad, que reemplazaron a la antigua astrometeorología.
Fue con la entrada de la segunda mitad del siglo XVIII cuando surgieron los debates científicos sobre si realmente existía un cambio climático y, de existir, cuáles podrían ser las causas de este. El clima había empezado a ser estudiado en dimensiones más extensas y a escalas temporales más amplias, definido como la media de los estados meteorológicos en un lugar a lo largo del tiempo.
El problema del cambio climático emergió especialmente cuando se descubrieron las eras glaciares pasadas. Sin embargo, solo se volvió un objeto de estudio científico cuando los servicios meteorológicos nacionales pudieron proveerse de grandes cantidades de datos para hacer estadística con ellos, lo cual no ocurrió hasta mediados del siglo XIX.
Todas esas investigaciones, conducidas por científicos como Fourier, Tyundall o Arrhenius, se regían bajo lo que el historiador y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn denominó “ciencia normal”.
El principal objetivo de la investigación era comprender cómo funcionaba el mundo natural, a pesar de que los imperialismos europeo y estadounidense hicieran que la climatología se centrara en territorios explorables y zonas concretas de interés. Ello permitió identificar fenómenos como el efecto invernadero, pero no fue hasta entrado el siglo XX cuando el clima se empezó a concebir como una entidad global.
De la ciencia normal a la ciencia posnormal
La investigación científica se vio transformada con los primeros modelos computacionales y la aparición de otras tecnologías como los satélites artificiales, el radar, los espectómetros, las radiosondas y, en general, la tecnología computacional que emergió a partir de la Segunda Guerra Mundial.
Las nuevas capacidades instrumentales permitieron investigar las capas más altas de la atmósfera y mejorar el entendimiento de la física de los procesos atmosféricos. Junto a la información proporcionada por satélites artificiales y la red distribuida de centros meteorológicos, los climatólogos empezaron a tener una visión de conjunto y el clima pasó a convertirse en un tema científico de escala planetaria.
La actividad climatológica también influyó y se vio influida por los cambiantes contextos políticos y culturales durante la Guerra Fría y, especialmente, a partir de 1970. La desafección hacia la ciencia militarizada, el auge del ecologismo y las nuevas capacidades computacionales en el pronóstico del clima fueron factores clave en la concienciación sobre cambio climático antropogénico, que empezó a extenderse más allá de los círculos científicos.
En la década de los 80 comienza a lograrse un consenso acerca del papel del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en las variaciones climáticas. Aparecieron instituciones sin precedentes, como el IPCC, encargado de informar con conocimiento científico para desarrollar las políticas medioambientales.
Algunos autores han denominado a este tipo de ciencia como ciencia posnormal: una modalidad de ciencia en la que hay valores en disputa, altos riesgos y decisiones urgentes. Una etapa de la ciencia donde se cuestiona su metodología, su producción y su uso.

En el anterior diagrama se representan la ciencia aplicada, la consultoría profesional y la ciencia posnormal, que surgen según aumenta el grado de incertidumbre y los riesgos en relación con un problema determinado.
La compleja relación entre ciencia y política, la comunicación de la incertidumbre o la evaluación de la calidad son nuevos elementos que hacen tan particular a la ciencia posnormal del cambio climático, que no ha de confundirse con la meteorología. Una estudia el tiempo a corto plazo. La otra, el plazo que queda para que se nos acabe el tiempo.
Por José Luis Granados Mateo, Investigador en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Publicado originalmente por The Conversation
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