Los macacos comparten con los humanos el recelo hacia las fuentes de infección

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Redacción Ciencia, 21 oct (EFE).- Al igual que muchas personas limpiaban los alimentos con desinfectante al comienzo de la pandemia del covid cuando se desconocía cómo se propagaba, los macacos se vuelven también más recelosos con la comida tras estar expuestos a un virus, según constata un experimento en Estados Unidos.

La investigación, cuyas conclusiones recoge la revista de la Royal Society de Londres, surgió a raíz de un brote del retrovirus simio de tipo II ocurrido en un santuario de primates al sur de Texas (EE.UU.), que alberga varios grupos de macacos japoneses descendientes de monos llevados desde el país asiático en 1972.

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En 2020, el personal confirmó la presencia de ese virus en algunos de los grupos de macacos del santuario, que enfermaron de forma grave e incluso murieron en algunos casos.

El virus se trasmitía principalmente a través de mordeduras y arañazos, por lo que el santuario respondió separando a los animales, poniéndoles en cuarentena cuando era necesario y haciéndoles pruebas.

Fueron separados en cuatro grupos: tres habían sufrido el brote y uno no. A continuación, los investigadores realizaron pruebas a 55 macacos para observar cómo respondían ante la elección entre comida de su gusto sobre una superficie de madera limpia u otra colocada sobre una superficie cubierta con heces reales de otros macacos selladas bajo una capa de plástico transparente.

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Dentro de los grupos expuestos al brote algunos individuos se habían infectado, mientras que otros habían convivido con monos enfermos sin llegar a contagiarse.

Esto permitió a los investigadores plantearse si el hecho de haber vivido un brote, incluso sin enfermar, podía alterar el comportamiento de los animales.

En algunas pruebas, la superficie limpia se sustituyó por una esponja de colores vivos para determinar si los animales simplemente evitaban los objetos desconocidos o directamente eludían el contacto con las heces de otros animales, aunque estuvieran cubiertas y no pudieran ni olerlas ni contagiarse.

Investigaciones anteriores habían demostrado que los macacos no se ven necesariamente disuadidos por la contaminación cuando la recompensa es tentadora: los macacos japoneses salvajes seguían comiendo cacahuetes de una superficie cubierta de heces, mientras que la evitaban si se trataba de alimentos de menor valor, como los granos de trigo.

En el caso de este experimento no hubo recompensa tentadora que les hiciese asumir riesgo: los macacos de los tres grupos que habían vivido el brote vírico, contagiándose o no, rehuían comer en la superficie en la que estaban las heces cubiertas.

Por el contrario, los macacos del grupo que no llegó a estar en contacto con el virus comían de la superficie con heces en el 79 % de los casos.

"Esto sugiere que el cambio de comportamiento está asociado al hecho de haber vivido el brote, más que al haber padecido realmente la enfermedad", señala uno de los autores, Stephan Kaufhold, investigador de la Universidad de California en San Diego en un comunicado del centro.

Uno de los aspectos más intrigantes del hallazgo es que el virus no se propagó a través de alimentos contaminados, sino de la sangre y la saliva mediante mordeduras y arañazos.

El caso es que los macacos que enfermaron y otros que vieron cómo sus congéneres lo hacían se mostraron más reacios a comer alimentos colocados sobre una superficie que, a simple vista, sugería estar contaminada.

"Este hecho demuestra que los cambios en la evitación de patógenos, que dependen de la experiencia, no son exclusivos de los seres humanos", añade Kaufhold.

Los macacos compartirían con los humanos lo que los científicos denominan el "sistema inmunitario conductual": un conjunto de comportamientos que ayudan a evitar infecciones antes de que el sistema inmunitario del organismo tenga que entrar en acción.

Este sistema se activa ante la sospecha, aunque realmente no sea la fuente de contagio.

Los investigadores también descubrieron que la evitación de patógenos estaba relacionada con las experiencias de la primera infancia.

En un estudio adicional publicado dentro del mismo artículo, los investigadores evalúan a 54 macacos de 7 especies con diferentes antecedentes de crianza, entre los que se incluían animales nacidos en santuarios, otros nacidos en zoológicos, antiguos animales de investigación de laboratorio y antiguas mascotas.

Observaron que los macacos que habían sido mascotas, que crecieron conviviendo con humanos en lugar de estar al cuidado de otros macacos, eran significativamente más propensos a comer comida contaminada que aquellos nacidos en santuarios y criados por sus madres.

"Una posibilidad es que estos monos no tuvieran la oportunidad de aprender de sus madres y de otros macacos, en las primeras etapas de su vida, los comportamientos típicos de evitación de patógenos", cree Kaufhold.

Para los investigadores, los resultados subrayan la importancia de brindar a los primates jóvenes la oportunidad de crecer en entornos sociales adecuados para su especie.