
La investigación reveló que el 91% de las participantes señalaron haber atravesado situaciones de violencia antes de cumplir los 11 años, y el 13% de ellas ya estaba casada o en una unión a los 18 años, según consignó el informe elaborado por Plan International y difundido por diversos medios internacionales. Estas cifras forman parte de los hallazgos que el estudio “Real Choices, Real Lives” documentó tras monitorizar durante casi dos décadas la vida de 142 niñas de Benín, Brasil, Camboya, República Dominicana, El Salvador, Filipinas, Togo, Uganda y Vietnam. El informe detalla que, a pesar de los avances respecto al acceso educativo para estas adolescentes en comparación con sus madres, persisten obstáculos significativos, como la violencia, los embarazos no planificados, el matrimonio temprano, la precariedad y la carga doméstica, que dificultan su progreso personal y académico.
Según publicó Plan International, el 65% de las adolescentes acompañadas por el programa estaban completando o habían finalizado la educación secundaria en el año 2024. El 9% asistía a la universidad. Estos datos contrastan con la realidad de sus madres, la mayoría de las cuales solo llegó a completar la educación primaria o no accedió nunca a la escuela. Entre los testimonios recogidos en el estudio, destaca el de Djoumai, una niña togolesa de 11 años, quien expresó su determinación comentando: “Mi vida será diferente a la de mi madre porque tendré mi propia tienda, que yo misma administraré. Me casaré como mi madre, pero no tendré tantos hijos como ella”. Fernanda, brasileña de 10 años, afirmó: “Creo que mi vida será diferente (a la de mi mamá) porque no voy a empezar a salir con chicos pronto”. Leyla, de República Dominicana y con 11 años, advirtió: “No quiero terminar como mi madre, que solo estudió hasta el octavo grado. A diferencia de ella, yo quiero una carrera, una buena vida”, según recogió la organización en su informe.
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El análisis elaborado por Plan International señaló que, aunque existe un progreso educational notable en la presente generación en comparación con la anterior, este avance no se refleja de manera uniforme. Muchas adolescentes siguen enfrentando dificultades para concluir la educación secundaria debido a la precariedad crónica de recursos en sus comunidades, que obliga a las estudiantes a acudir a escuelas con recursos limitados y a recorrer trayectos inseguros para llegar a clase. Además, el 14% de las niñas de la cohorte padecen desnutrición y retraso en el crecimiento, y gran parte de sus familias carecía de recursos económicos para costear tratamientos médicos adecuados durante los primeros años de vida, reportó Plan International.
Uno de los factores que la organización identifica como impulsores de la desigualdad es la carga no remunerada del trabajo doméstico y de cuidado que recae sobre estas niñas. Las menores dedicaron un promedio diario de cinco horas y quince minutos a este tipo de tareas, cifra que restringe su tiempo destinado al estudio, la formación ocupacional y el esparcimiento. Reyna, de 16 años y residente en Filipinas, relató: “No puedo salir a pasear y hablar con mis amigos. Ahora estoy ocupada con mis tareas escolares y cuidando a mis sobrinos y sobrinas”. Melanie, filipina de 17 años, manifestó que la falta de apoyo para el cuidado de su hijo le impide continuar sus estudios secundarios: “Quiero estudiar, pero no tengo a nadie que cuide de mi hijo. Tengo muchas ganas de terminar el instituto”. En la misma línea, Folami, adolescente de Togo con 17 años, declaró que abandonó la escuela al quedar embarazada y sentir vergüenza por su situación. Según subraya el informe citado por Plan International, varias adolescentes no lograron retomar sus estudios tras convertirse en madres, debido al estigma social y a la ausencia de redes de apoyo para el cuidado infantil.
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El informe publicado por Plan International también documentó el impacto negativo en el ámbito educativo resultante de problemas de salud como malaria, tuberculosis, dengue, malnutrición y anemia. Muchas familias, de acuerdo a los testimonios recogidos, no pudieron proporcionar atención médica de calidad oportuna para tratar estas enfermedades en los primeros años de vida de las niñas, situación que afectó negativamente su desarrollo y permanencia escolar. El caso de Eleanor, estudiante de Benín de 17 años, ilustra estas dificultades. Ella narró que la directora de su colegio la expulsó “porque no podía seguir el ritmo”.
Plan International detalló además que, si bien la proporción de adolescentes casadas o en unión ha descendido —alcanzando un 13% frente a cerca de la mitad de las madres en la generación anterior—, la persistencia de matrimonios y uniones tempranas sigue teniendo un impacto significativo en el futuro educativo y profesional de estas niñas. Los problemas derivados de embarazos no planificados y la falta de sistemas de apoyo consolidan los factores de exclusión y perpetúan los ciclos de desigualdad.
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La directora general de Plan International en España, Virginia Saiz Gómez, participó en la 70 Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de las Naciones Unidas, realizada en Nueva York. Allí, según citó Plan International, declaró: “Los avances logrados en las últimas décadas demuestran que el cambio es posible, pero también que todavía no llega a todas las niñas por igual. Escuchar sus voces y situarlas en el centro de las decisiones que afectan a sus vidas es clave para proteger los derechos alcanzados y avanzar hacia la igualdad”.
El documento también enfatizó que, en contextos de carencia generalizada y falta de servicios básicos, las adolescentes se ven obligadas a priorizar responsabilidades domésticas sobre su propio desarrollo académico y personal, reforzando las diversas formas de desigualdad estructural. El seguimiento realizado durante 18 años por Plan International y publicado por el informe recabó una variedad de testimonios con el fin de ilustrar la complejidad del entorno social y la persistencia de obstáculos a pesar de los avances en acceso educativo. La organización concluyó que las barreras sistémicas, la escasez de recursos y el estigma social continúan dificultando el pleno ejercicio de los derechos de las adolescentes en entornos vulnerables, según lo recabado a través de sus entrevistas directas.
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