
Fuentes del comité de investigación informaron a la cadena Al Masar que el cuerpo de Saif al Islam, hijo mayor del fallecido líder libio Muamar Gadafi, presentaba 19 heridas de bala provenientes de un arma tipo kalashnikov, y que los guardias de seguridad abandonaron la residencia aproximadamente una hora y media antes de que se produjera el ataque. La noticia del asesinato, confirmada por su abogado Abdulá Ozman Abdurrahim el martes, generó concentración de miles de simpatizantes en la ciudad de Bani Walid, al sur de la capital Trípoli, para rendirle homenaje en una ceremonia funeraria pública. La violencia y las circunstancias de su muerte, junto con el abandono de los guardias y el hecho de que las cámaras de vigilancia de su vivienda en Zintan seguían funcionando, profundizan la incertidumbre y la indignación entre sectores leales al antiguo régimen, según consignó la información de Al Masar.
El funeral de Saif al Islam tuvo lugar en la plaza del aeropuerto de Bani Walid, una urbe considerada como uno de los últimos bastiones leales a Muamar Gadafi, donde miles de personas se congregaron para participar en la oración fúnebre y mostrar apoyo portando la bandera verde del régimen anterior. De acuerdo con lo difundido por varios medios, incluyendo la cadena Al Masar, ciudadanos acudieron desde diferentes regiones de Libia para expresar pesar por la muerte de quien fue una figura central en la escena política libia post-Gadafi. La masiva afluencia de simpatizantes, junto con la elección de Bani Walid como sede de la despedida pública, subraya el arraigo social todavía presente entre antiguos partidarios del gobierno derrocado en 2011.
El asesinato de Saif al Islam se concretó en su vivienda ubicada en Zintan cuando cuatro individuos armados, cuya identidad no ha sido revelada, irrumpieron en el lugar y abrieron fuego. Según detalló su abogado, esta acción violenta ocurrió en un contexto de seguridad mínima, después de que los guardias hubieran salido dejando únicamente la vigilancia por cámaras internas. La confirmación del fallecimiento encendió de inmediato señales de alarma en el panorama político libio, marcado por años de caos e inestabilidad tras la salida forzada de Muamar Gadafi y la proliferación de gobiernos rivales y grupos armados.
En el pasado, Saif al Islam fue señalado como potencial heredero político de su padre, ocupando una posición relevante como símbolo de continuidad del viejo régimen. Al ser capturado en 2011 producto de la insurrección popular durante la ‘Primavera Árabe’ que provocó la caída del gobierno de Gadafi, enfrentó diversos cargos, incluido el de crímenes de guerra, por los cuales un tribunal libio le impuso la pena de muerte. Durante seis años estuvo bajo la custodia de una milicia vinculada a las autoridades del este del país, respaldo por el Ejército Nacional Libio encabezado por el comandante Jalifa Haftar, hasta que obtuvo la libertad en 2017 mediante una controvertida amnistía aprobada por el Parlamento radicado en Tobruk. Esta decisión recibió críticas del gobierno reconocido internacionalmente, que cuestionó la legitimidad de la medida y su impacto en los intentos de reconciliación nacional, según precisó el medio Al Masar.
A pesar del pedido de detención internacional emitido por el Tribunal Penal Internacional debido a los presuntos delitos cometidos durante la represión de las protestas de 2011, Saif al Islam mantuvo su actividad política, tratando de reintegrarse a la vida pública mediante su candidatura a las elecciones presidenciales de 2021, las cuales finalmente no se celebraron. Desde entonces, la falta de definiciones electorales ha prolongado la incertidumbre sobre el futuro político del país. Su asesinato añade una nueva complejidad al panorama, al provocar reacciones entre diversos sectores y reavivar viejas tensiones en un contexto ya fragmentado.
La masiva despedida en Bani Walid reflejó el peso histórico de la figura de Saif al Islam en una parte significativa de la población, especialmente en regiones que conservaron vínculos con el régimen anterior. Mientras las investigaciones sobre el ataque avanzan, distintos actores políticos y sociales observan con preocupación la posibilidad de que resurjan episodios de violencia, alimentando el clima de división que ha obstaculizado esfuerzos de reconciliación nacional en Libia en los últimos años. Las autoridades y organismos internacionales han mantenido el seguimiento sobre las consecuencias del asesinato, que para muchos sectores actúa como recordatorio de la persistencia de conflictos sin resolver desde la caída de Muamar Gadafi.
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