Santiago Aparicio
MAdrid, 4 may (EFE).- Casper Ruud ahuyentó los fantasmas en el evento menos esperado. Ese al que llegó en silencio, sin el ruido de tiempo atrás cuando la condición de favorito estaba incluida, de serie, en su naturaleza de número dos del mundo.
Entonces tenía 23 años y había causado cierta sensación en el circuito, especialmente sobre tierra batida, donde sobresalía su destreza, apuntalada en sus años en la Academia de Rafael Nadal. Era el mes de septiembre cuando se había instalado sin grandes aspavientos en el podio del ránking mundial.
Arrastraba éxitos en Gstaad, Ginebra y Buenos Aires, que unía a los del año anterior, los de 2021, cuando empezó a asomar su preponderancia en el tour.. Kitzbuhe, Bastad.. más trofeos sobre arcilla. Pero sobre todo empezó a ser un habitual en los torneos mayores, los que marcan las distancias. Los que trasladan a la gloria.
Ese 2022 fueron mayores su sinsabores que los triunfos. Se quedó en puertas de ganar su primer Masters 1.000, en Miami. Perdió la final ante Carlos Alcaraz, que irrumpió con firmeza en el circuito y que nubló todo el resplandor del noruego en ese recorrido.
Perdió Roland Garros, contra Rafael Nadal, y el abierto de Estados Unidos, contra Alcaraz otra vez. Además, protagonista en las Finales ATP, el Masters, fue apartado del triunfo por Novak Djokovic. Cuatro tropiezos gigantes. En cuatro eventos de alto nivel, de esos que solo logran los elegidos.
De manera precoz había acariciado la gloria Casper Ruud, un elegido que creció alrededor de raquetas, las suyas, y, sobre todo, las de su padre Christian, un exjugador que no brilló, que se manejó entre los cien primeros pero sin grandes hazañas. Ahora es su entrenador.
Dejó de ser el hijo de Christian cuando emergió con fuerza, con 17 años, en Sevilla, en un 'challenger'. Fue a más, con dedicación, talento y trabajo que le supuso un paso al frente, un estirón a nivel físico. Pulió defectos, mejoró golpes y creció a nivel emocional, competitivo.
Comparte Ruud la pasión por el tenis que ha convertido en profesión con el gusto por el hockey hielo, el fútbol y el esquí y pronto dio pasos de gigante y se ganó la consideración en el circuito.
Doce de los trece títulos que ahora acumula han sido en arcilla aunque alguno de sus grandes batacazos, a modo de lección, fueron en dura donde pretende progresar: Abierto Estados Unidos, Finales ATP, Masters 1000 de Miami.
Madrid ha sido un desahogo para Casper Ruud que llegó a la Caja Mágica de forma discreta, como es él, sin la repercusión de aquél número dos que no hacía más que generar expectativas, con un cuadro complicado por delante y un tránsito partido a partido. Fuera del top ten donde estuvo acomodado, desde hacía dos semanas. Y fuera de los favoritos a pesar de que el evento era en tierra.
Porque la falta de éxitos le habían relegado hacia un lado. En Madrid, donde triunfó el Ruso Andrey Rublev años atrás, por cuestiones de altura y de condiciones no formaba parte del cartel del evento que acaparaba Carlos Alcaraz y Paula Badosa, después, fuera de la pista en ambos casos por lesión.
El ascenso de Ruud fue meteórico pero la falta de contundencia en las grandes finales le condenaron a la condición de perdedor. Eran más sonoras las decepciones que éxitos en eventos de categoría 500 y 250, nada que ver con aquellos que dan lustre a un recorrido.
Ruud vuelve a confiar en sí mismo. No ganaba nada desde Ginebra y Barcelona en el 2024 y este año solo se dejó ver en la final de Dallas, superado por el canadiense Denis Shapovalov.
El noruego, reconocido por sus compañeros con el premio a la deportividad Stefan Edberg en el 2022 fue capaz de reactivarse, de reinventarse. No encontró su nivel desdde que arrancó la temporada de arcilla. No pasó de la segunda ronda en el Masters 1000 de Montecarlo, su evento favorito, que llegó a disputar la final en el 2024, superado por Stefanos Tsitsipas. En esta ocasión, el jugador de Oslo, ya de 26 años cayó con estrépito, tras ganar a Roberto Bautista, con el australiano Alexei Popyrin.
En Barcelona, donde ganó, no le fue mejor. Ganó al colombiano Galán, al serbio Mejdovic y cayó con Holger Rune lejos de los grandes momentos.
Nada le fue como pensaba hasta que llegó a Madrid, donde superó sus expectativas. Paso a paso atravesó duelos contra jugadores situados en lo alto del circuito. Taylor Fritz, cuarto del mundo, Daniil Medvedev, décimo, y en la final , Jack Draper, sexto. Será séptimo el lunes, entre los mejores del mundo. Con su primer gran título. Un Masters 1000 y la condición de perdedor enterrada. En lo alto del ránking. Su hábitat natural. EFE
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