Madrid, 3 abr (EFE).- En abril de 1975, el estadounidense Bobby Fischer y el ruso Anatoli Karpov estaban llamados a disputar un histórico Campeonato del Mundo de Ajedrez, que, finalmente, no se llegó a celebrar debido a las desavenencias sobre el número de victorias necesarias para dilucidar la final.
El norteamericano, entonces defensor del título, había pedido a la Federación Internacional del Ajedrez (FIDE) que el torneo se jugase a diez victorias con un número de partidas ilimitadas y sin tener en cuenta las tablas, pero que en caso de que hubiera un empate a nueve, él retuviera el título.
La falta de acuerdo -esa fue la explicación de entonces- hizo que Fischer no se presentara y propició que Karpov fuera proclamado campeón del mundo.
El jueves, 3 de abril, se cumplen 50 años.
El jugador de Chicago, apodado “el Mozart del ajedrez” debido a su gran talento y su extensa acumulación de títulos en muy poco tiempo, estaba ya en la historia del deportes debido a su triunfo en una competición memorable, la de 1972, en el que había terminado con la hegemonía de la Unión Soviética en este deportes a lo largo de la Guerra Fría.
En 1972, en Reikiavik, se había impuesto a otro grande de este juego, el ruso Boris Spassky, fallecido el pasado 28 de febrero, y había acabado con el dominio soviético que se prolongaba desde el final de la Segunda Guerra Mundial con nombres como Mijail Bottwinik, Vasili Smislov, Mijail Tal o Tigran Petrosian .
Esa gran victoria coronó a Fischer como uno de los héroes estadounidenses de la Guerra Fría y como una de las imágenes de los primeros años setenta. Sin embargo, este título tan solo le duró tres años, hasta el campeonato del que ahora se cumplen 50 años.
La final debía enfrentarle con un joven ruso de 23 años, Karpov, en el que la Unión Soviética había depositado todas sus esperanzas para recuperar su dominio en los tableros.
El norteamericano pidió a la Federación Internacional del Ajedrez (FIDE) que la final se jugase a diez victorias con un número de partidas ilimitadas y sin tener en cuenta las tablas, pero que en caso de que hubiera un empate a nueve, sería él quien retendría la corona.
El ruso necesitaría diez partidas ganadas y al americano con nueve le valdrían.
La FIDE, que estaba acostumbrada a las exigencias del estadounidense, consideró la propuesta y la sometió a votación. Fue rechazada por 35 votos contra 32.
Tanto Karpov como la FIDE hicieron lo posible para contentar al norteamericano y que así sucediera el esperado enfrentamiento en Manilla, aun así, Fischer no se presentó y se otorgó automáticamente la victoria al jugador de Zlatoust (Rusia).
Una de las razones principales que impulsaron a Fischer a ausentarse fue el rechazo de sus condiciones, no obstante todavía hoy se desconoce si hubo más motivos. Los soviéticos lo tuvieron claro y argumentaron que su rival tenía miedo a la derrota y a perder ese título de campeón ganado tres años antes en Islandia.
A pesar de todo y pasados cincuenta años, todavía los analistas y expertos se preguntan sobre el porqué de la decisión del jugador de Chicago y sobre quién habría sido el mejor.
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