Javier Albisu
Bruselas, 29 mar (EFE).- Nadie había oído hablar aún del Covid-19 y la inteligencia artificial le interesaba solo a unos cuantos tecnólogos excéntricos en aquel 2018 en el que Volodímir Zelenski, Greta Thunberg y Carlos Alcaraz eran todavía perfectos desconocidos para casi todos los seres humanos.
El mundo parecía menos revuelto y la negociación del Brexit era el mayor rompecabezas de la Unión Europea cuando, en septiembre de aquel año, el presidente de la Comisión Europea sugirió acabar con el cambio de hora.
"Debe terminar. Los Estados miembros deberían decidir por sí mismos si sus ciudadanos viven con el horario de verano o el de invierno", dijo Jean-Claude Juncker durante el debate anual del Estado de la Unión del Parlamento Europeo.
Desde entonces, la Tierra ha girado alrededor del Sol seis veces y media y el mundo ha dado un vuelco geopolítico y tecnológico. Pero la discusión sobre el uso horario en la UE apenas se ha movido y en la noche del sábado al domingo, de nuevo, casi 450 millones de europeos ajustarán sus relojes.
Finlandia promovió en 2017 la idea de fijar un único horario para todo el año en la Unión Europea, eliminando la Directiva europea que desde 2001 regula y armoniza el cambio bianual entre los Veintisiete.
La Comisión Europea abrió una consulta pública en 2018, que recibió 4,6 millones de respuestas, y el resultado fue apabullante: el 84 % quería acabar con el cambio.
El Ejecutivo abrazó la idea y el Parlamento Europeo se pronunció en 2019 a favor de abolir el ajuste a partir de 2021. Pero ahí se quedó el asunto. La Directiva está bloqueada en el Consejo, que es la institución que representa a los Estados miembros de la UE.
El cambio exige mayoría cualificada, es decir, el apoyo de al menos 15 de los 27 países y que estos representen al menos al 65 % de la población de la UE. Sólo una vez fijada la posición del Consejo se podría emprender la negociación definitiva con la Eurocámara.
Hay países que dijeron estar dispuestos a estudiarlo, como España y Francia, otros no se pronunciaron y algunos como Grecia, Chipre o Portugal son reticentes.
La falta de consenso entre las capitales y las distintas emergencias sobrevenidas desde 2018 han enterrado el dossier y no parece que nadie tenga gran interés por recuperarlo, comentan a EFE fuentes diplomáticas.
Es una práctica que data de la Primera Guerra Mundial y que pretende aprovechar mejor las horas de luz solar para reducir el consumo eléctrico. Pero se cuestiona que suponga un ahorro significativo, mientras que se han identificado efectos negativos para la salud.
En España, se introdujo en 1918 y se aplica permanentemente desde 1974, tras la crisis del petróleo. Una encuesta del CIS de 2023 arroja que el 67 % de los españoles está a favor de abolir el cambio y que la mayoría quiere el horario de verano (66 %).
Un tercio de los países del mundo respeta el cambio horario, la mayoría de ellos en Europa, y en los últimos años lo han suprimido Azerbaiyán, Irán, Jordania, Namibia, Rusia, Turquía o Uruguay, mientras que Egipto lo eliminó en 2011 y lo recuperó en 2014.
En Latinoamérica tienen cambio horario Chile, Cuba, Paraguay y algunas zonas fronterizas de México para alinearse con Estados Unidos, mientras que Bolivia o Panamá nunca lo han implementado y Argentina y Brasil lo suprimieron.
En Ecuador, el presidente Sixto Durán Ballén decretó en el verano de 1992 que todas las actividades comenzaran una hora antes para ahorrar energía durante una gran sequía que comprometió la generación hidroeléctrica. Se ganó el sobrenombre de "la hora Sixto".
Algo parecido ocurrió entre 1992 y 1993 en Colombia durante la presidencia de César Gaviria, que alumbró la efímera "hora Gaviria".
La decisión en la UE está paralizada, pero el debate no está muerto. El pasado octubre, 67 eurodiputados pidieron por carta a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que promueva la abolición del sistema.
"Los estudios han demostrado que el cambio horario puede afectar negativamente los patrones de sueño, aumentar el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares, y provocar un aumento de los accidentes de tráfico", decía aquella misiva, que cuestionaba también los "beneficios energéticos" del sistema.
El impulsor de la carta -que suscribieron populares, socialdemócratas, reformistas, nacionalistas, liberales y ecologistas- fue el europarlamentario irlandés Seán Kelly.
El veterano cristiano-demócrata, que tiene cuatro años más de legislatura por delante, se ha marcado el objetivo de "que el asunto vuelva a estar en la agenda política" de la Unión Europea.
Pero por ahora tendrá que seguir ajustando el reloj en la madrugada del 29 al 30 de marzo, cuando a las 02.00 de la madrugada pasarán a ser las 03.00. EFE
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