Javier Aja
Dublín, 28 ene (EFE).- Irlanda del Norte busca aún adaptarse, cinco años después del Brexit, a un nuevo modelo que mantiene a la provincia británica a medio camino entre Londres, Dublín y Bruselas, con las tensiones que esto ha creado entre las comunidades históricamente enfrentadas, la nacionalista proirlandesa y la unionista probritánica.
El Reino Unido abandonó oficialmente la Unión Europea (UE) en febrero de 2020 tras la firma del Acuerdo de Salida, que incluía el controvertido Protocolo de Irlanda/Irlanda del Norte para hacer frente a un divorcio en las condiciones especiales de una isla partida en dos jurisdicciones altamente interconectadas.
"Hace cinco años, decíamos que (el Brexit) era una gran incertidumbre y que sería más complejo de lo que pensábamos. Ahora decimos que es más complejo, más complicado, más incierto de lo que podríamos haber previsto", asegura a EFE Katy Hayward, politóloga de la Queen's University Belfast.
El principal objetivo del protocolo, negociado por el entonces primer ministro británico, Boris Johnson, era evitar una frontera física entre norte y sur para proteger el Acuerdo de Viernes Santo (1998), el texto que puso fin a décadas de conflicto en la isla, así como la integridad del mercado único comunitario.
Irlanda del Norte, recuerda Hayward, permanecía así alineada con algunas reglas del bloque, lo que permitía que las mercancías fluyeran libremente con la República de Irlanda (miembro de la UE), al tiempo que se crearon controles aduaneros y regulatorios entre Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia y Gales) y la provincia en el Mar de Irlanda.
El Partido Democrático Unionista (DUP), primera fuerza política entonces, abandonó el Gobierno norirlandés de poder compartido en febrero de 2022 por su rechazo al protocolo al entender que, apenas un año después de su entrada en vigor, ya ponía en riesgo la relación económica y constitucional de la región con el Reino Unido.
Este ha sido, apunta Hayward, uno de los aspectos del Brexit que "más impacto inesperado" ha tenido en todo el proceso y que "no se ha resuelto", como demuestra el hecho de que todo el bloque unionista mantiene aún "una dura oposición" al protocolo y a las soluciones aportadas por Londres y Bruselas en el posterior Acuerdo Marco de Windsor de 2023.
En virtud de este nuevo pacto, se flexibilizaron los controles fronterizos y se reforzó la soberanía de la región para implicar a sus políticos y comunidades en la toma de decisiones que afectan a la región, lo que permitió la restauración del Ejecutivo autónomo el pasado año, ahora con el DUP como segunda fuerza tras el Sinn Féin, antiguo brazo político del IRA y partidario de la reunificación de Irlanda.
El colapso del Gobierno y la tensión política trajeron esporádicos episodios de violencia callejera alentados por el unionismo radical, vinculado a los paramilitares protestantes, si bien la académica sostiene que no hay riesgo de una vuelta al pasado ante la solidez del proceso de paz.
Hayward arguye que Londres instrumentalizó en cierta manera los altercados para obtener concesiones de Bruselas en el acuerdo de Windsor, que incluye el llamado "freno de Stormont" y que permite a la Asamblea autónoma bloquear la aplicación de nuevas leyes de la UE si una mayoría significativa lo considera necesario.
El problema, precisa, es que el bloque unionista está ahora en minoría y aunque sus intentos por activar el freno han fracasado, de momento, el Gobierno británico podría usarlo para renegociar con el bloque, en paralelo con la nueva diplomacia del primer ministro, el laborista Keir Starmer, quien ha indicado que desea mejorar sus relaciones con la UE.
"Los últimos cinco años han sido extremadamente difíciles para Irlanda, el Reino Unido e Irlanda del Norte, pero parece que ahora se ha alcanzado un nuevo equilibrio", destaca Niels Kirst, profesor de legislación comunitaria en Dublin City University (DCU) y subdirector del DCU Brexit Institute.
En su opinión, existe "buena voluntad entre los actuales actores" para afinar los arreglos comerciales pos-Brexit para la región, "con controles fronterizos más fluidos" y propuestas que amortigüen la creciente divergencia entre las legislaciones británicas y las comunitarias -aplicables en Irlanda del Norte-.
Por supuesto, observa Kirst, no hay ganadores absolutos en este "desafortunado" divorcio, aunque la República de Irlanda, arguye, está en una "posición muy buena" por su fortaleza económica, mientras que Irlanda del Norte "se encuentra aún un poco en el limbo".
Dublín, recuerda, es la capital del único país de la UE, junto a Malta, cuyo idioma oficial es el inglés, lo que le ha convertido en un destino atractivo para la inversión extranjera y la puerta de entrada en su mercado interior.
Londres, por contra, veía el Brexit como una oportunidad para convertir el país en una "nación comercial global" con control absoluto sobre sus fronteras.
"Vemos, de hecho, que el Reino Unido ha cerrado algunos acuerdos comerciales, pero no ha logrado cerrar, por ejemplo, uno con Estados Unidos, tal y como siempre prometieron", agrega Kirst. EFE
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