Yinus Buhari
Lagos, 23 feb. Nigeria, país más poblado de África con más de 213 millones de habitantes, celebra elecciones generales este sábado para elegir a su presidente, en medio de enormes desafíos por la creciente inseguridad o las persistentes desigualdades sociales.
De las urnas surgirá el sustituto del presidente saliente, Muhammadu Buhari, en el poder desde 2015 y quien no busca la reelección porque agota el segundo mandato consecutivo permitido por la Constitución.
Si bien dieciocho candidatos compiten por liderar Nigeria durante los próximos cuatro años, las encuestas señalan que sólo tres tienen opciones de ganar: Bola Tinubu, del gubernamental Congreso de Todos los Progresistas (APC); Atiku Abubakar, del Partido Democrático de los Pueblos (PDP); y Peter Obi, del Partido Laborista.
Tinubu, exgobernador de Lagos (1999-2007), capital comercial de Nigeria, es un político influyente que desempeñó un papel clave en la creación del APC en 2013, así como en el surgimiento de la candidatura de Buhari para las elecciones de 2015, en las que su partido arrebató la presidencia al PDP por primera vez desde la restauración de la democracia en el país en 1999.
A sus 70 años, sus críticos cuestionan su estado de salud mental, citando algunas meteduras de pata durante sus mítines o sus frecuentes viajes al extranjero para recibir tratamiento médico.
Frente a esos detractores, Tinubu publicó el pasado octubre un vídeo en el que salía haciendo ejercicio en una bicicleta estática.
Su principal rival es Abukakar, un empresario de 76 años que ejerció de vicepresidente (1999-2007) durante la presidencia de Olusegun Obasanjo y ha presentado su candidatura presidencial en otras cinco elecciones, sin éxito hasta la fecha.
Como vicepresidente impulsó algunas reformas económicas que promovieron el crecimiento macroeconómico de Nigeria, incluida la apertura nacional a muchas inversiones extranjeras, lo que sirvió al país para superar a Sudáfrica como mayor economía de África.
Tanto Tinubu como Abukakar han sido acusados de presuntos casos de corrupción, pero ambos han negado esos extremos.
El tercer candidato más popular, Obi, de 61 años y hombre de negocios que gobernó el estado de Anambra (sureste) entre 2006 y 2014, ha demostrado moverse bien en las redes sociales y usar en su favor el descontento de los jóvenes de Nigeria.
Obi se describe como una alternativa al bipartidismo que ha dominado la política nacional nigeriana desde 1999.
"El cambio que buscamos traer lo abarcará todo. NOSOTROS traeremos de vuelta el patriotismo y el orgullo nacional", escribió el candidato laborista en su cuenta de la red social Twitter el pasado sábado.
Sus discursos atraen a muchos votantes jóvenes -en un país donde la edad media es de 18 años, esto puede ser vital para ganar unos comicios-, pero, al contrario que sus dos contrincantes principales, no cuenta con el apoyo del aparato de un influyente partido político y aún no está claro su nivel de popularidad en las zonas rurales.
LOS DOS GRANDES DESAFÍOS DEL PRÓXIMO PRESIDENTE
El próximo presidente de la democracia más populosa de África heredará un país sacudido por la devaluación de la naira, una inflación galopante y el elevado desempleo, pese a que Nigeria destaca como la principal productora de petróleo del continente.
Organizaciones como Oxfam advierten de que la desigualdad económica de Nigeria, la economía más grande África, alcanza "niveles extremos".
En la actualidad, cuatro de cada diez nigerianos (unos 83 millones de personas) viven por debajo de los umbrales de la pobreza, según el Banco Mundial.
A ese problema se suma el de la inseguridad en muchas zonas del país, como recuerda a EFE Isaac Olawale, profesor de Paz y Conflictos de la Universidad de Ibadán (suroeste), una de las más prestigiosas de Nigeria.
"Nigeria tiene enormes desafíos de seguridad", subraya el experto.
Además de la presencia de grupos terroristas como Boko Haram o el Estado Islámico en la Provincia de África Occidental (ISWAP), que tienen sus bases en el noreste del país; en el centro y noroeste son constantes los ataques de bandas criminales, que cometen asaltos, robos y secuestros masivos para lograr lucrativos rescates.
"Miles de personas han muerto y miles de personas han tenido que abandonar sus hogares. El país ha gastado miles de millones de dólares para luchar contra los terroristas, pero por el momento se han conseguido escasos resultados", lamenta Olawale.
También algunas sedes de la Comisión Electoral Nacional Independiente (INEC) han sido atacadas durante la campaña electoral.
Uno de los ataques más graves ocurrió el pasado noviembre en el estado de Ebonyi (sureste), donde los atacantes destruyeron, entre otros objetos, 340 urnas, según explicó la misma INEC.
Para Olawale, esta "atmósfera de violencia" supone un "gran peligro" para la democracia de Nigeria, restaurada en 1999 después de las dictaduras militares que imperaron desde 1966, con el paréntesis democrático de 1979-1983.
"Nigeria -añadió- es un país clave que no puede permitirse el lujo de fracasar. El país debe demostrar una vez más que es un paladín de la democracia en el continente, garantizando una transición pacífica". EFE
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