
Madrid, 6 ene (EFE).- Un cuaderno/libro en la puerta de cada piso del edificio, debidamente protegido para evitar todo tipo de contagio, y que una vez abierto invitaba a los vecinos de una comunidad de Madrid a expresar en el mismo qué sentían, como afrontaban una cuarentena ante la pandemia, la ausencia de reencuentro con sus familiares o simplemente la soledad.
Una niña de catorce años, Julia E.R. natural de Oviedo, deseaba durante los más ingratos momentos de la pandemia de coronavirus aportar un granito de optimismo juvenil para que sus vecinos, sobre todo los más mayores y los de edad infantil, se sintieran unidos en tan complicadas circunstancias y se sintieran parte de una comunidad solidaria que no dejaría a nadie de lado en días de insoportable silencio.
Una vez abierto el cuaderno, una discreta invitación sugería a los vecinos que expresaran a través de un pequeño texto, de dibujos, de una pegatina o de cualquier otra forma sus sentimientos, que quedarían reflejados entre las páginas del mismo.
“Hola a todos: como la mayoría nos aburrimos durante la cuarentena he decidido crear este cuaderno que aparecerá cada día a las 8.15 de la tarde en vuestra puerta y que recogeré al día siguiente a la misma hora”, señalaba Julia en la primera página.
“Estará envuelto en una bolsa de plástico que utilizaré solo para esto”, aclaraba, para añadir a continuación que se aportase al mismo “cualquier cosa, un dibujo, una poesía o incluso puede servir como diario”.
Las primeras páginas del cuaderno fueron rellenadas por otros niños del edificio que deseaban a Julia que estuviese bien a través del dibujo de una mano con corazones, le mostraban que la echaban de menos (Íñigo) y que tenían ganas de volver a jugar con ella al “Uno” aunque cada vez que "perdían" acabasen en la piscina (Mencía), o Inés que deseaba reencontrase con ella para darse un chapuzón como en el verano.
En el resto de las páginas los vecinos más adultos agradecían el gesto solidario de Julia y se daban ánimos mutuamente en la confianza de que todos despertarían pronto de este mal sueño y que la vida recuperaría su normalidad.
“Qué bonito saber que a pesar del silencio que embarga la casa, hay quien piensa en los demás, eso nos consuela y llena de esperanza, que pronto podamos saludarnos sabiendo que ‘estamos’”, expresaba Manoli.
Otro vecino señalaba a Julia en otra de las páginas que en su piso se encontraba colgada una campana marinera de un buque que había surcado todo tipo de mares y que esa misma tarde a las 8.15 (la hora de Julia) sonaría tres veces en homenaje a toda la comunidad y en agradecimiento a su emotiva iniciativa.
Un bebé, Jorge, a través de sus Papás anunciaba que había cumplido entre ocho y nueve meses durante el confinamiento y que se había pasado la cuarta parte de su vida “metido” en casa, y Carlos, el del segundo, relataba todo aquello que echaba en falta como las conversaciones deportivas con Manolo, el portero del edificio. Éste a su vez transmitía que el “encierro te da más libertad de pensamiento” después de valorar que cuando viene algo tan sencillo y poderoso como una epidemia “te sientas a pensar”.
María Fernanda mostraba sus deseos de repartir las magdalenas que se dedicaba a cocinar en aquellas pausadas tardes y, ante la imposibilidad de llevarlas a todas las casas, ofrecía la receta de las mismas a sus vecinos.
Y así se fueron rellenando las páginas entre niños, ancianos, adultos que se contagiaron del optimismo juvenil de Julia para que nadie se sintiese “atrapado” en la soledad de una circunstancia jamás imaginada y ni mucho menos deseada.
En una de las páginas del Cuaderno de Julia un doctor vecino del edificio, y en representación de los sanitarios que estuvieron en la vanguardia del enfrentamiento a la pandemia y a los que en todos los rincones de España se homenajeaba cada tarde, dedicó también a Julia unas hermosas palabras en su peculiar cuaderno:
“Yo he vivido este confinamiento de manera muy distinta, saliendo a trabajar al hospital todos los días y sufriendo por la soledad con la que muchos enfermos han vivido esta enfermedad”, señalaba el doctor Agustín.
“Pero también he sentido mucho compañerismo, mucho cariño y mucho esfuerzo para sacar adelante a los que sufrían, tenemos que sacar algo positivo de esta crisis tan terrible. ¡Todos hemos aportado nuestro granito de arena!. Gracias a todos”, concluía.
Y ahí permanece hasta el día de hoy el Cuaderno de Julia dispuesto a ser desempolvado en cualquier momento para volver a la puerta de cada vecino de su edificio, pero esta vez para que todos puedan compartir, ojalá que muy pronto, el final feliz de tan ingrata pandemia que no ha traído nada de oro, ni incienso, ni mirra, y que fue detectada por primera vez también allí... en el lejano Oriente.
Gabino Cid
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