En Egipto, un país de 100 millones de habitantes, donde casi un tercio de la población vive oficialmente por debajo del umbral de la pobreza, los niños de la calle ocupan el nivel más bajo de la escala social y están expuestos no solo al coronavirus, sino también a abusos verbales, físicos y sexuales.
La enfermedad covid-19 progresa en el país a un ritmo de 900 contagios diarios. Desde el inicio de la pandemia, Egipto registró 84.000 personas afectadas por el nuevo coronavirus, de los cuales 4.000 murieron.
Día y noche, estos niños recogen la basura, trabajan en aparcamientos o mendigan unas monedas a cambio de pañuelos de papel.
Algunos viven bajo un techo familiar en los barrios desfavorecidos de la capital, otros no tienen hogar y están en ruptura con sus familiares, aunque muchos de ellos están escolarizados, afirma la investigadora Mariam Hichem.
En 2014 las autoridades calcularon que eran alrededor de 16.000 en el país, pero es una "subestimación" de la cifra real, dice Jonathan Crickx, responsable de comunicación de la oficina local del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
A menudo, los niños de la calle proceden de varias generaciones, la mayoría de los cuales no están inscritos en el registro civil, lo que hace que las estadísticas sean fragmentarias.
- Programa nacional "Niños sin hogar" -
El programa nacional "Atfal Bala ma'wa" ("Niños sin hogar"), que se puso en marcha en 2016 con 17 unidades móviles, tiene por objeto "integrarlos" y "hacer que abandonen los comportamientos de la calle", explica Mohamed Chaker, responsable en el ministerio de Solidaridad Social.
A finales de marzo, las escuelas egipcias cerraron para luchar contra el virus. Además, la pandemia ha afectado la asistencia humanitaria que se presta a esos niños. Y la recesión económica ha provocado una "disminución de la financiación" de las asociaciones, según la UNICEF.
Obligados a limitar sus actividades nocturnas, en particular durante el toque de queda en vigor entre marzo y junio, las oenegés y el ministerio hacen hincapié en los servicios médicos que pueden brindar.
A finales de junio, las autoridades decidieron reabrir parcialmente las mezquitas, los cafés y restaurantes, los lugares culturales y anular el toque de queda. Si bien estas medidas han podido beneficiar a los niños, el cierre de las mezquitas fuera del horario de oración ha trastornado su vida cotidiana, estima Chaker.
Gracias a las salas de agua accesibles a todos, estos lugares constituyen puntos neurálgicos para los niños, ya que les proporcionan un mínimo de higiene diaria.
En este período de incertidumbre, los menores son vulnerables a la enfermedad y, a menudo, también son objeto de hostigamiento por parte de las autoridades, afirma Hichemm, que juzga limitada la iniciativa "Atfal Bala ma'wa".
El estado, que se dedica sobre todo a "erradicar el fenómeno", no ayuda realmente a los niños, dice.
La legislación contra la mendicidad los coloca de entrada en la ilegalidad y la adopción de nuevas medidas sanitarias podría agravar el riesgo de detención, advierte la investigadora.
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