
Madrid, 19 jun (EFE).- A Yusra Mardini le bastaban 70 segundos para hacer historia. Lo sabía cuando el 6 de agosto del año 2016 se acercó al borde de la piscina del Estadio Acuático de Río de Janeiro e intentó concentrarse, con la mirada fija en el poyete de salida de la calle cuatro, para nadar la primera serie de los 100 m mariposa.
Solo unas horas antes, en la inolvidable ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, entre las delegaciones participantes había desfilado por primera vez un Equipo Olímpico de Refugiados. Diez jóvenes deportistas obligados a abandonar sus respectivas patrias y a los que el COI acogió, becó en otros países y formó hasta convertirlos en olímpicos. El orgullo de los Juegos.
Este sábado, Día Mundial del Refugiado, volverá a celebrarse su lucha por la supervivencia.
Yusra Mardini había nacido en Damasco 18 años antes. En 2012 ya participó en los campeonatos del mundo de piscina corta, pero su carrera deportiva, su casa, su centro de entrenamiento... su vida quedaron destruidos por la guerra en Siria. En 2015 huyó junto con su hermana Sara al Líbano, y luego a Turquía, donde se subió a un embarcación con otros 18 emigrantes, rumbo a las costas de Grecia.
La barca, pensada para transportar a seis personas, comenzó a hacer agua. El motor se paró en mitad del Egeo. Entre los ocupantes, solo Yusra, su hermana y otros dos ocupantes sabían nadar. Se lanzaron al mar y desde allí estuvieron achicando agua durante tres horas hasta que el motor volvió a funcionar. Lograron llegar a la isla de Lesbos con vida.
La huida de las hermanas Mardini no terminó ahí, sino que continuó a través del continente europeo hasta que ambas se instalaron en Berlín en septiembre de 2015. Yusra reanudó pronto sus entrenamientos en la piscina.
Cuando el Comité Olímpico Internacional (COI), estrecho colaborador de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), tuvo la idea de crear un equipo de refugiados olímpicos, la nadadora siria fue desde el principio una candidata destacada a ser parte del grupo.
Dos sirios, un etíope, cinco sursudaneses y dos congoleños, seis hombres y cuatro mujeres, formaron la selección, que compitió bajo bandera olímpica y con las siglas R.O.T.. Esas tres letras, entre los aros olímpicos y su apellido, adornaban el gorro de Yusra el día en que se acercó al poyete de la calle cuatro para convertirse en olímpica. Con los brazos en jarras y la cabeza baja, es probable que se le pasaran por la cabeza las etapas del largo trayecto que la había llevado de Damasco a Berlín y de Berlín a Río de Janeiro. Comparados con esa empresa, los dos largos a mariposa que tenía por delante debieron de parecerle un juego de niños.
Yusra Mardini ganó su serie con un tiempo de 1:09.21. No le bastó para avanzar a semifinales. Tampoco lo hizo unos días después en la prueba reina, los 100 metros estilo libre. Pero estuvo al mismo nivel que otras muchas competidoras y, entre todas, solo ella era, además, una deportista refugiada.
En 2017 fue nombrada embajadora de ACNUR, la organización que este 20 de junio conmemora el Día Mundial del Refugiado. Ella sigue viviendo en Alemania, ha publicado un libro con su biografía y se habla de una posible película sobre su vida. Mientras, y por desgracia, el COI tendrá que volver a formar un equipo de refugiados para los Juegos de Tokio 2020, ahora en 2021. Los campamentos de todo el mundo están llenos de jóvenes deportistas que buscan una oportunidad. Yusra confía en estar de nuevo en ese equipo para demostrar que el sueño de ser olímpico flota en el agua transparente de una piscina.
Natalia Arriaga
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