Visinel Balan, el huérfano de la era Ceausescu convertido en defensor de los niños

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"Solían golpearnos hasta que no podíamos movernos". Tres décadas después de la caída del comunismo en Rumania, Visinel Balan recuerda uno de sus legados más infames: el sistema de orfanatos en el que creció.

Él entró en 1987, con solo dos meses de edad. Era la Rumanía gobernada por Nicolae Ceausescu, expulsado del poder el 22 de diciembre de 1989.

Unos orfanatos en los que se pegaba con una regla de madera a las niñas que orinaban en la cama y se alimentaba en cadena a los niños pequeños directamente en el orinal.

"Las humillaciones que sufrí han pasado a la historia", dice este treintañero de cara aniñada.

Como consecuencia de la política natalista del dictador que prohibió los abortos voluntarios, miles de bebés fueron abandonados. "Cuando los servicios sociales vinieron a buscarme, me amamantaba una cabra", dice Balan.

Cuando cayó el régimen, el mundo descubrió espantado la existencia de niños esqueléticos y maltratados.

Balan fue uno de estos "Decretei" o "hijos del decreto", en referencia a la ordenanza adoptada en 1966 para prohibir el aborto. Ahora es abogado con un doctorado en derecho y está al frente de la oenegé "La voz de los niños abandonados", con sede en Bucarest.

"¡Queda tanto por hacer! Solo el 3% de los niños en orfanatos se convierten un día en adultos independientes", lamenta.

Rumania, un país de 19,7 millones de personas, ha reformado por completo el cuidado de los huérfanos. Cerró los "hospicios de la vergüenza", algunos de los cuales tenían más de 400 menores.

- "Sigue habiendo abandonos"-

El país cuenta con unos 50.000 menores atendidos por instituciones de ayuda social a la infancia. La mitad de ellos son criados en centros a escala humana. El resto está al cuidado de familias de acogida.

"La casa de Pinocho" acoge a unos 20, de entre 7 y 18 años, en un edificio renovado de Bucarest.

Lorentsa Ion, a quien su madre no podía criar, dice que se siente muy bien allí. "En nuestra habitación dormimos cuatro", explica la adolescente que sueña con convertirse en bailarina.

La acogida se normaliza pero "las mentalidades han evolucionado poco", señala Pieter Bult, representante de UNICEF en Bucarest. "La gente sigue abandonando a los niños porque era la norma en tiempos de Ceausescu" y su número no ha disminuido en diez años, explica.

Este pasado doloroso ha alumbrado otro fenómeno: según la ONU, 5.000 niños viven en la calle, de los cuales 2.000 en Bucarest.

Antes de las reformas, muchos jóvenes huyeron de los centros y cayeron en la exclusión social a la que acabaron arrastrando a sus hijos.

Leonard Mihai, de 13 años, pasa la noche en una casa abandonada. "La infancia fue difícil", cuenta.

Los servicios sociales lo encontraron demasiado tarde. La primera vez que fue al colegio tenía 10 años y ahora cursa un programa de alfabetización.

- Vivir en la calle -

Hay muy pocas estructuras adaptadas a su caso. "Con frecuencia los niños como él tienen padres, no son huérfanos", explica Ionut Jugureanu, directivo de una oenegé que intenta ofrecerles un futuro enseñándoles el oficio del circo.

"Algunos menores, a falta de un certificado de nacimiento, no tienen una existencia administrativa", señala.

Visinel Balan también conoció la vida en calle: "cuando tenía nueve o diez años, me escapaba del orfanato en cuanto podía".

"La policía me enviaba a robar nueces y manzanas al mercado. Cuando se las traía, me permitían dormir al calor en la estación", relata.

Ahora, hace campaña para que Rumanía reforme el sistema de adopción, que se endureció en los años anteriores a la adhesión a la Unión Europea (2007) después de una serie de escándalos. Se rechazan las solicitudes de adopción en el extranjero y los padres rumanos se enfrentan a la burocracia.

"Las autoridades deben conseguir el consentimiento de familiares hasta el cuarto grado para declarar un bebé adoptable", explica María, de 40 años. Ella y su esposo no han podido acoger a su hijo Alex hasta hace tres años, cuando el niño había cumplido los cuatro.

Balan nunca cortó el vínculo con su madre biológica, a quien compró una casa. Cuatro de sus 12 hermanos y hermanas han muerto. Su último compañero de cuarto en el orfanato se suicidó.

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