162
162

Los cementerios de Père-Lachaise y Avellaneda están unidos por una cadena de extrañas coincidencias. Mientras la suntuosa necrópolis de París recibe a diario a cientos de fanáticos de Jim Morrison, en el camposanto ubicado en Villa Domínico se repite la misma liturgia. Sin el fervor turístico, pibes de barrio peregrinan hasta la última escala de Luca Prodan. Tan lejanos y tan próximos a la vez, Morrison y Prodan aún tienen un sequito de seguidores que necesitan dejarles mensajes o hablarles en voz alta. Sus tumbas están sembradas con las mismas ofrendas: cartas anónimas, mensajes ilegibles, cigarrillos y porros consumidos, tapitas de bebidas alcohólicas, velas y las infaltables flores marchitas. También han sido escenario de pequeños fogones y disturbios del más variado calibre.


La respuesta a tanta veneración hay que buscarla en los destinos trágicos, el magnetismo que aún ejercen sus vidas tormentosas y, por sobre todo, en un legado artístico aún vigente. Hoy, estos bastiones rockeros de la buena memoria se resisten estoicamente al silencio de la muerte.


Villa Domínico es un típico barrio obrero del conurbano bonaerense. Por obra del deterioro económico, adquirió atributos de zona brava. Pero ese diagnóstico funciona más en los prejuicios de los forasteros que en los propios habitantes del lugar. Allí, en el partido de Avellaneda, descansan los restos de Luca Prodan y todo parece encajar.


Según los empleados municipales que cumplen funciones en el cementerio, Luca recibe visitas casi todos los días y más cuando se acerca el aniversario de la muerte. "Los pibes vienen con guitarras y se ponen a tocar canciones de Sumo. Antes, cuando estaba en tierra, había un poco de descontrol porque llegaban con la Bols en la mochila y se terminaban pasando de copas. Pero desde que lo trajeron acá, en el jardín, la cosa está más tranquila", explica Maximiliano Romero.



"Luca Prodan", de Óscar Jalil (Planeta).