Escombros. Polvo por todos lados. Paredes húmedas y derruidas, y un silencio incómodo, inconveniente. El sótano, largo y escabroso, se pierde en la oscuridad. Su techo –el piso de la planta baja-, ahora está maltrecho: un par de agujeros dejan asomar algo de luz que se filtra por el patio, plagado de cacharros y plantas amorfas, de esas que crecen entre el cemento. Hay que caminar con cuidado porque la estructura, entre las vigas, cruje.
"En total estuve secuestrado 14 días en el sótano de una casa en el barrio de San Cristóbal, exactamente en la avenida Garay 2882 (hace poco cuando inauguramos el Metrobus del sur pasé por la puerta y no pude dejar de mirarla). La mayor parte del tiempo la pasé en una caja de madera de un metro y medio por un metro y medio. Me hablaban y me bajaban la comida desde un agujero en el techo".
Es lo único que, a simple vista, quedó indeleble en ese caserón que Mauricio Macri volvió a recordar por estos días: ese rudimentario hueco de veinte centímetros de diámetro por el que los captores le pasaban los víveres, según confesaría luego el propio empresario a la Justicia. Fue el único agujero que encontraron los nuevos dueños cuando compraron la propiedad, hace unos dos años: justo arriba del rincón más oscuro y alejado de la puerta de calle del sótano, aquel en el que el jefe de Gobierno pasó 14 días en cautiverio, sobre un catre mugroso y con los tobillos encadenados, o dentro de un cajón. El mismo lugar, oscuro y sombrío, ahora silencioso y polvoriento. Con destino incierto.
Infobae recorrió en exclusiva el interior de la casona de la avenida Garay 2882, casi esquina Chiclana, dos días después de que el precandidato presidencial del PRO publicitara el relanzamiento de su sitio web con una inusual alusión a su secuestro, ideal para el último tramo de la campaña antes de las PASO. "Desde la oscuridad", es el título del texto con el que el jefe de Gobierno rememoró aquel episodio, que empezó a las 1.15 de la madrugada del sábado 24 de agosto de 1991 y que culminó 14 días después, tras el pago de seis millones de dólares a la llamada "Banda de los Comisarios", liderada por ex policías federales que eligieron esa propiedad del barrio de San Cristóbal para mantener cautivas a sus víctimas. Es la primera vez que se publican imágenes actuales del interior del sitio que hace 24 años marcó de por vida a uno de los dos principales candidatos a suceder a Cristina Kirchner. "Algo en mi interior cambió para siempre", escribió en su web el jefe de Gobierno porteño, en las horas cruciales de la campaña. No es frecuente que hable de aquel traumático suceso.
Macri todavía se inquieta cuando le palmean de atrás, de improviso. Cuando lo sorprendieron aquella madrugada en la puerta de la mansión familiar de Barrio Parque, lo tomaron del cuello, por la espalda, y le propinaron un puñetazo en la cara. Lo metieron en una camioneta Volkswagen blanca, en un ataúd en el que apenas cabía, en el que luego pasaría días de incertidumbre.
Si los cimientos y las paredes de ese sótano todavía están humedecidas es, en parte, porque hasta no hace mucho el agua cubría más de un metro del salón tras algún chaparrón intenso. De hecho, el empresario Sergio Meller, secuestrado por la misma banda y mantenido en cautiverio en el mismo lugar que Macri, tuvo que subir a una mesa para zafar de una inundación que cubrió casi todo ese lúgubre sótano luego de una tormenta que azotó la ciudad de Buenos Aires en enero de 1985, según publicó en su momento el diario La Nación.
Durante años, la casa estuvo intrusada. Un grupo de okupas se apoderó de la estructura de dos plantas, rodeada de talleres mecánicos y vecinos de clase media. Algunas de las paredes todavía están garabateadas con grafitis. La planta principal está atiborrada de maderas, materiales de construcción y montañas de polvo. Lo increíble es que los actuales dueños recién se enteraron del prontuario de la propiedad después de comprarla. "Acá estuvo secuestrado Macri", les avisaron algunos vecinos curiosos.
La puerta de la casa, ahora de chapa rojiza, avisa que una empresa de seguridad cuida el lugar. Algunas cadenas también protegen la persiana principal, corroída, aquella por la que los investigadores, comandados por el entonces ministro José Luis Manzano, irrumpieron en los primeros días de septiembre del 91, luego de varios rastrillajes que no daban en la tecla. Al menos hasta el martes pasado, gran parte de esa fachada de la vieja casona de cemento estaba tapada por un enorme cartel publicitario que aún promocionaba la candidatura porteña de Martín Lousteau.
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