Un día, mientras hablábamos sobre por qué el desarrollo argentino divergió del de países alguna vez comparables como Estados Unidos o Australia, Pablo Gerchunoff, querido amigo y maestro, me dijo que una de las razones probables del desencanto es que la Argentina fue rica demasiado pronto, a principios del siglo pasado, y luego dejó de serlo. Y hoy, aristócrata sin dinero, le cuesta acostumbrarse a no vivir de rentas, al lento trabajo de hacerse de abajo. De ahí nuestra relación conflictiva con el esfuerzo y el ahorro, o nuestra propensión a buscar atajos y comprar buzones, como el peso fuerte de la convertibilidad o la bonanza de la soja o Vaca Muerta.
Este síndrome de riqueza prematura (o de la abundancia perdida), simplista en su caracterización, es una buena puerta de entrada para abordar algunos aspectos que aún inciden en cómo nos vemos y qué esperamos de nosotros y del país.
Pensemos, por ejemplo, en la propensión al consumo de las clases medias, la contracara de nuestra escasa capacidad de ahorro como país —salvo, claro está, durante los dramáticos e indeseados ajustes de las crisis. El país consumista es parte de un círculo vicioso de difícil solución: ve como natural que se castigue al ahorrista con tasas de interés por debajo de la inflación, o con pesificaciones y defaults varios. Y es este sesgo prodeudor, este previsible y repetido castigo el ahorrista, lo que alimenta la propensión a consumir: mejor comprar hoy que invertir para consumir mañana, no sea cosa que mañana el ahorro haya sido licuado por la inflación o apropiado por los bancos, o arrebatado por la próxima crisis.
Este consumismo explica, a su vez, el voto cuota, cautivo y defensivo y, por definición, reacio al cambio. En la misma línea, el escaso ahorro de las familias incrementa su fragilidad de ingresos —el miedo literal de quedarse en la calle— potenciando la dependencia de las transferencias y subsidios del gobierno: las familias sin ahorros son grandes electores de la continuidad. El escaso ahorro nacional también incide sobre nuestra historia económica: nos ha llevado al endeudamiento externo, a la dependencia del capital extranjero y a la violencia de los ciclos financieros.
Pensemos también en nuestra relación conflictiva con las instituciones, que en la Argentina muchas veces están para flexibilizarse o torcerse. De nuevo, conviene no simplificar: hay un ancho intervalo entre la rígida literalidad que uno atribuye a alemanes y estadounidenses (el actuar by the book) y el "todo vale" canchero del argentino con el que nos negamos (y nos vengamos) de los límites que nos imponen las instituciones. Pero en nuestra relativización de las instituciones o nuestro ninguneo de la autoridad uno puede intuir la ansiedad por llegar antes, por recuperar lo que sentimos que nos pertenece. La resistencia adolescente a los duros límites de la realidad.
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