Emma Sulkowicz piensa. Se detiene. Recuerda. Piensa. Y vuelve a detenerse para repasar segundo a segundo su pesadilla. Rememora los momentos previos. Los olores. Las palabras. Las amenazas. El edificio. El cuarto. Su angosta y desordenada cama. El colchón. Ese colchón. Ese maldito colchón donde Paul la sometió.
"Fui violada por un compañero de clase el primer día de mi segundo año como estudiante". Ese es el comienzo de la carta que escribió Emma para denunciar su caso. Uno de los tantos que conmueven a la opinión pública norteamericana. Es el drama que se vive en varios campus universitarios y que es ocultado sistemáticamente por sus autoridades. Pero el de Emma no es un caso más. Y trascendió las tradicionales y herméticas fronteras de la Columbia University.
"No lo reporté al principio porque no podía lidiar con ese trauma emocional", continúa la estudiante. Otras dos compañeras le confiaron que habían sido abusadas por el mismo sujeto y que nada había pasado. Nada. La impotencia era tal en la vida de Emma que no sabía qué hacer para que su denuncia fuera al menos tenida en cuenta. Al menos escuchada. Finalmente lo consiguió, aunque sin resultados. Un tribunal universitario tomó su caso siete meses después de sucedido.
"Durante la audiencia, un panelista me preguntó cómo era físicamente posible ser violada por vía anal". También le consultaron sobre lubricantes. Emma explicó con detalle puntual cómo fue que vivió esos momentos en la habitación del campus. Hasta pensó en garabatearles un dibujo, confió. Y repasó, una vez más: campus; pasillos; habitación; olores; gritos sordos; cama; colchón. Colchón. Sintió que con esa pregunta volvían a abusar de ella. Volvían a someterla. Volvían a colocarla en el margen de la especie humana. Con un agravante: esta vez "la violación" sucedía en un "claustro" y delante de todos.
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"Decidieron que Paul era inocente. Cada día tengo miedo de dejar mi habitación". Su violador dijo que el sexo anal fue consensuado. Emma repite lo que debe soportar a diario. Vive con el monstruo a su lado. Comparte clases, lecciones y hasta siniestros momentos a solas. Como cuando el depravado consiguió un permiso para estar con ella en el cuarto de revelado de fotografía. A semioscuras. Ese día, con el violador a su lado, la joven estudiante comenzó a hiperventilar y llorar.
"Creo que muchos hombres ven la violación como sexo que sale mal". Emma piensa que así justifican su accionar. En poco tiempo, muchos de quienes se decían amigos de ella ya no están. No se sientan a su lado durante los almuerzos. No se acercan. La estigmatizan una y otra vez.
"Columbia University alberga a violadores en serie en el campus", se queja Emma en su carta enviada a la revista Time, mientras piensa qué hacer para que su voz suene más fuerte y su violación no quede impune. Repasa una y otra vez: olores; edificio; habitación; amenazas; gritos; cama; colchón. Colchón.
El colchón volvía una y otra vez a su cabeza. A sus recuerdos. No podía sacárselo más de su imaginación.
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Ese maldito colchón que soportó las embestidas animales de Paul sería ahora su "bandera" para que la escucharan. Pero ahora serían gritos imposibles de detener. Imaginó el objeto como una bandera pesada, deforme y difícil de cargar. Como su violación. Es así que Emma decidió levantar ese aparatoso objeto de descanso cada día para que todos lo vieran.
La primera vez que apareció en su aula con su nuevo "compañero", pocos entendieron qué intentaba demostrar esta estudiante de Arte de Columbia. Sin embargo, bastaron minutos para que fuera la bandera de otros casos que se hallaban silenciados en el mismo campus. Como el de las otras dos compañeras que le confesaron que su mismo atacante las había abusado también a ellas con total impunidad. Cada vez más podían descansar sus secretos y abusos en ese colchón. Era más grande. Gigante. Como el significado que acarreaba.
Emma contó detalladamente al diario The New York Times cómo fue su violación. Cómo Paul pasó de tener sexo consentido con ella a brutalmente atacarla y no escuchar sus reiterados "no".
La joven de 21 años sube de nuevo su colchón en sus hombros. Pero esta vez no está sola. Otras tres mujeres la ayudan y alivian su peso, que es el de todas. Su bandera se convirtió en un proyecto. Uno tan fuerte que se llegó a los oídos de una de las mujeres más poderosas de la Tierra: Hillary Clinton. "Esa imagen debe aparecer en todos nosotros", señaló la ex secretaria de Estado.
Más estudiantes se suman a sostener el colchón de Emma. Cada vez ampara nuevas víctimas universitarias e indignados que quieren terminar con este tipo de abusos. El movimiento crece. Es imparable. Hasta los hombres se unen a la cruzada.
El colchón de Emma se vuelve cada vez más grande y protector. Y a medida que el peso se aliviana en sus espaldas, se agranda en las autoridades de Columbia University. "Esta es una de mis estudiantes, y me preocupo por todos mis estudiantes. Y cuando uno de ellos siente que ha sido víctima de destrato, me veo afectado por eso. Es muy doloroso". Las palabras pertenecen a Lee Boliinger, presidente de la casa de estudios.
Bollinger dice estar preocupado. Destinó más dinero y más recursos a evitar este tipo de asaltos sexuales en su campus. Y una nueva "política de sexo" consentido. Ambos participantes deberán estar de acuerdo explícitamente en consumar el acto íntimo. Sin embargo, un caso como el de Emma continuaría desprotegido.
Hoy Emma es un símbolo de la lucha de las mujeres violadas en el mundo. Un símbolo acorde a estas épocas: viralizado en las redes sociales, en las que su fotografía sosteniendo el peso de su colchón representa mucho más que una empresa personal. Refleja la lucha de una generación que no quiere que su voz no sea escuchada y su espíritu socavado por uno, dos o mil Pauls alrededor del planeta.
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