Iván Paravanoff, rescatista argentino, trabajaba en el equipo de buzos de la compañía holandesa DCN Diving en el golfo de Guinea cuando su embarcación recibió el llamado de alerta por un naufragio a 32 kilómetros de la costa de Nigeria, en el océano Atlántico.
En dicho accidente, Harrison Okene, un marinero nigeriano de 29 años, se mantuvo con vida en una burbuja de aire sin agua potable ni comida y a oscuras, mientras escuchaba a los peces devorar a sus colegas. Lo extraordinario de su historia es que la embarcación quedó destruida y se hundió a más de 30 metros de profundidad. Sin embargo, tuvo la fortuna de quedar encerrado en un sector del barco que funcionó como una burbuja de aire debajo del agua.
"Íbamos pensando lo peor. Llevábamos un día de navegación y se habló de encontrar víctimas fatales. Buscábamos cadáveres", contó Paravanoff.
Es que según él mismo explicó, el barco dio una vuelta de campana, se hundió y quedó una burbuja de aire en una lavandería, un pequeño camarote. Dio la casualidad que este hombre estaba ahí y se quedó en ese espacio, con aire hasta la cintura. "No tenía comida y muy poca bebida. Creemos que tenía algo de agua o latas de gaseosa", agregó.
El argentino explicó que los rescatistas tenían los planos del lugar. Mientras buscaban, "y casi sin darse cuenta", apareció la mano de esta persona. "Es que él vio luces, se acercó a ver qué era y estiró la mano. El buzo pensó que era una víctima fatal hasta que sintió el apretón", narró emocionado.
"Cuando me encontré con ese rescatista, el que lo encontró, después de que salió de la cámara hiperbárica, me confesó que iba mentalizado para lo peor... quedó tan impactado como todos, fue increíble".
El buzo argentino explicó que lograron sacarlo con vida gracias a una campana cerrada, una burbuja de acero que logra mantener la misma presión. Es que el náufrago no podía subir inmediatamente a superficie, por eso se usa este método. Esa campana sube a superficie y funciona como una cámara hiperbárica presurizada, donde se lo controla hasta que puede salir al exterior.
"Sin este proceso hubiese fallecido a las pocas horas, porque después de estar tres días a 40 metros de profundidad, no hubiera sobrevivido", dijo Paravanoff.
Es imposible saber cuánto tiempo más hubiera resistido Okene en el fondo del océano: "En el momento que lo encuentran, se ve muy nervioso y agitado, eso es un signo de que el dióxido de carbono está muy elevado en el ambiente".
Una vez seguro, el nigeriano confesó que pensaba que era el final: "Estaba allí, en la oscuridad, sólo pudiendo pensar que era el final. Podía percibir los cadáveres de mis otros colegas. Podía olerlos. Los peces habían entrado y se estaban comiendo sus cuerpos. Podía oír el sonido".
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