El apólogo de la Argentina ideal

Por Gustavo PerilliLas críticas al Cedin y al blanqueo de capitales omiten las pérdidas causadas por la práctica antisocial de la evasión y su efecto perjudicial sobre la distribución del ingreso social

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A fines de septiembre se conoció el resultado de la exteriorización voluntaria de moneda extranjera ("blanqueo"). Su paupérrimo aporte al proceso de provisión de divisas para la reanimación del mercado inmobiliario a través de la suscripción de certificados (Cedin), no generó lamentos entre sus impulsores. Sus detractores, en cambio, celebraron su acierto suponiendo que "la farsa" finalmente se acababa. Horas después, sin embargo, se decidió extender la medida hasta fin de año. Mientras los sucesos transcurrían, la profusa oferta de información (bajo la forma de imágenes, escritos y mensajes) manipulaba el ánimo general y, por supuesto, orientaba el voto de los comicios de octubre. Los debates televisivos y las notas periodísticas reproducidas en diarios de heterogéneos orígenes y propósitos, inundaron la capacidad de raciocinio social pero, como ya es costumbre, sólo aportaron languidez a un debate siempre vendido con títulos rutilantes.

Si sólo el 10% de lo esperado se regularizó ante el fisco debe ser porque en la "Argentina ideal" no hay informalidad

No había reparado demasiado en la noticia, sin embargo, Nacho, entre bromas y debates en la puerta del Colegio, me dijo: "Sabés que en la Argentina nadie tiene dólares sin declarar". Si bien no entendí por qué se siguió riendo, cuando recordé los magros resultados del blanqueo, no hice más que creerle. Claro, me dije a mí mismo, si sólo el 10% de lo esperado se regularizó ante el fisco debe ser porque no hay informalidad. Con más optimismo aún, se me ocurrió pensar que si la totalidad de los dólares se encuentra debidamente justificada y "blanqueada", seguramente la sociedad le dispensó el mismo tratamiento a las propiedades y actividades mantenidas y realizadas en el país y el exterior. Me despedí de Nacho y los demás padres con una inmensa alegría porque, pensé, es en este mundo ideal donde vivirán nuestros hijos, en el que nunca deberán postergar planes (culturales, educativos, sentimentales, comerciales y recreativos, entre otros), ni exponerse a la violencia social. Mientras caminaba hacia el microcentro, reflexionaba acerca de la madurez social que hemos alcanzado tras los resultados del blanqueo, desde donde siempre se pondrán en funciones Gobiernos serios, capaces y comprometidos con la realidad nacional pasada, presente y futura y los regulará a través de mecanismos institucionales sólidos. Además, al estar integrados armónicamente al mundo, siempre serán fructíferos los intercambios comerciales y financieros debido a la incansable responsabilidad de la política económica mundial, siempre atenta a la existencia de mercados funcionando en línea con los férreos preceptos de la competencia perfecta y las recomendaciones de los teoremas del bienestar propuestos por el economista y sociólogo italiano Vilfredo Pareto. Durante el camino, celebraba porque en la Argentina nunca más habría sofocones fiscales, crisis financieras y de balance de pagos, inflación, desempleo ni brutales devaluaciones. Extasiado repetía que no se producirían episodios semejantes a "el rodrigazo", la hiperinflación, el corralito y el cepo cambiario.

Llegando a la avenida Corrientes se me ocurrió que,

de ahora en más, no habría evasores, ni estudios de prácticas elusivas

. Me reconfortó también confirmar la inexistencia de incumplimientos y castigos que, en la antigüedad y la Edad Media, por ejemplo, hubieran tomado la forma de trabajos forzados en las pirámides de Kheops y Kefrén, encarcelamientos en las torres oscuras de los castillos, en sucios calabozos y en galeones realizando actividades inhumanas por el resto de la vida. Recordé que

el incumplimiento con el fisco siempre ha sido un tema álgido desde las organizaciones capitalistas primitivas independientemente de "las devoluciones" del Estado en servicios

(siempre basadas en la percepción del individuo) y los vericuetos asociados con las cuestiones técnicas de los gravámenes. No honrar estos compromisos siempre constituyó un delito grave, en tanto que

el recaudador representó la figura social aborrecible

por excelencia, señalada hasta en el Nuevo Testamento cuando se hacía mención al oficio detestable Mateo, quien abandonó esas actividades para seguir a Jesús. Mientras seguía dialogando conmigo mismo (en silencio, claro), pensaba horrorizado las

pérdidas a las que nos expusimos estos años debido a la práctica antisocial de la evasión y su contribución patológica a la distribución del ingreso social

. Ya en la inmensidad de la Avenida 9 de Julio y Corrientes, nuevamente miré al cielo y me sentí orgulloso de vivir en la Argentina del siglo XXI, en la que sus habitantes, sin ruborizarse como antes, podrían reclamar ante cualquier falla en la provisión del bien público (salud, educación, transporte e infraestructura, entre otros) porque, debidamente, sufragan para que el Estado proteja su futuro.

Caminando por Diagonal Norte hacia San Martín rememoré las características óptimas que debería tener cualquier sistema tributario. Ello me provocó otra satisfacción porque, como nadie posee actividades o ahorros no registrados (siempre creyendo en las afirmaciones de Nacho), confirmé que en la Argentina nunca más el peso de los impuestos distorsionaría la actividad económica privada, la gestión del sistema no resultaría costosa para la sociedad, habría transparencia, flexibilidad y siempre se impartiría justicia porque, cada quien, contribuiría voluntariamente y sin resistirse en función de su capacidad de pago. La presión fiscal, de este modo, nunca generaría inequidades que desincentiven proyectos familiares y empresarios e interrumpan procesos de acervo de aprendizaje que, como ocurre en el mundo desarrollado, retroalimentan los procesos de largo plazo. La evaporación del cortoplacismo típico de la historia económica argentina daría paso a la productividad y eficiencia como principios rectores de instituciones modernas (y modelos) en la región, donde se percibirían ingresos en función de esfuerzos y capacidades.

El incumplimiento con el fisco siempre ha sido un tema álgido de las organizaciones capitalistas

Esta noción armónica de desarrollo, sería replicada y fortalecida por mecanismos endógenos de "destrucción creadora" que renovarían (desde adentro) la estructura económica al desplazar (sin conflictos) industrias obsoletas y antiguas para instaurar sistemas modernos. Esta definición del austríaco Joseph Schumpeter, en concomitancia con la de desenvolvimiento económico y las teorías evolucionistas de Darwin, permitirían cambios de la vida económica no impuestos desde el exterior (el Estado y el mundo, básicamente), enfatizando en factores culturales y sociológicos que afianzarían la competencia y estimularían el rol del empresario innovador (ver Teoría del Desenvolvimiento económico, 1911 y Capitalismo, Socialismo y Democracia, 1946). Llegando a la calle San Martín en presencia de la arquitectura dominante del sistema bancario, confirmé que la Argentina, de este modo, había vuelto desde el inframundo para transformarse en un lugar ideal edificado por el compromiso social. Quizás se debió, supuse, porque en algún momento la sociedad entendió que es necesario buscar, comparar, unificar y generalizar criterios e ideas para alcanzar estados óptimos de conocimiento y haber detectado que éste no es un don divino y que, por lo tanto, hay que fortalecerlo. Desde esa óptica kantiana, los argentinos entendieron que tributar y monitorear a los gobiernos por los canales formales en este mundo globalizado ideal es la única manera de afianzar el futuro de sus hijos y los hijos de sus hijos. Como todos pagan impuestos, por lo tanto, la segunda versión de la exteriorización voluntaria de moneda extranjera (blanqueo) sería un craso error del Gobierno porque nadie estaría en condiciones de regularizar "sus irregularidades".

Fin del apólogo. Quizás éste nos ayude a entender que, muchas veces, la búsqueda de beneficios individuales suele colisionar con el orden social deseado. Estado y Gobierno no es lo mismo. El primero es la historia social; el segundo, la responsabilidad de la sociedad, no su eterno desentendimiento.


(*) Gustavo Perilli es economista, socio en AMF Economía y profesor de la UBA

Twitter: @gperilli