A Boca Juniors le alcanzó con un primer tiempo sobresaliente de su máximo ídolo para alcanzar los cuartos de final de la Copa Libertadores. Es que Juan Román Riquelme apareció en el momento más importante de la serie y paralizó al último campeón de América y del mundo. Tuvo 45 minutos de excelencia, donde potenció al máximo a sus compañeros y achicó a los rivales dentro del campo. La coronó con un gol de colección.
"Riquelme demostró ser el mago argentino", aquella frase de Pelé hace un tiempo, el astro brasileño que generalmente brinda pocos elogios para los argentinos, podría aplicarse a la perfección en una nueva noche dorada del ídolo xeneize en tierras brasileñas. Es que por arte de magia, como un auténtico líder, hizo que su equipo cambiase la cara por completo. Y en lo individual, sacó un puntaje perfecto con su actuación.
Los 12 partidos sin triunfos de Boca a nivel local y la pobre actuación en la fase de grupos de la Copa, quedaron en el olvido tras el 1-1 de clasificación en el estadio Pacaembú de San Pablo. Es que si bien faltó en el juego de ida por lesión (1-0) y tuvo que ser reemplazado después de 67 minutos en el campo, Riquelme fue determinante para devolverle la sonrisa a Carlos Bianchi y a todo el pueblo xeneize.
En el primer cuarto de hora, se hizo cargo de la pelota lejos de su campo para evitar la asfixia del equipo local y la presión del público del Timao. Empezó jugando como una especie de mediapunta, era el primero en presionar junto a Nicolás Blandi a los defensores brasileños, y una vez en ventaja, tras su gran gol desde afuera del área en el minuto 25, hasta relevó a su amigo Clemente Rodríguez en posición de número tres. Conmovedor.
En el complemento, sin caprichos, pensó en el bienestar del equipo y pidió el cambio cuando su físico no dio más. La misión ya estaba casi cumplida. Aunque en su ausencia, por la obligación de jugársela en los minutos finales, Corinthians desperdició chances increíbles. Lo mismo había hecho a la hora de no arriesgar su lesión en el Superclásico de hace 10 días frente a River Plate, dejando de lado su ilusión por jugar.
Desde el banco de suplentes se comía la uñas. Y una vez que el árbitro paraguayo Carlos Amarilla tocó el silbato final, saltó al campo feliz para abrazarse con sus compañeros y ofrendarle el triunfo a su gente. La que nunca discutió su idolatría; la que respetó su decisión de alejarse tras la final de 2012 y clamó su vuelta en un escenario de tristeza y melancolía. La que se ilusionaba con verlo divertirse, aunque sea un rato más, en el jardín de su casa. Román está de regreso. El fútbol está feliz.
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