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Hace medio siglo, cuando las fuerzas revolucionarias cubanas rechazaron el intento de invasión de un grupo de exiliados sostenidos por los Estados Unidos, el presidente John Fitzgerald Kennedy asumió la responsabilidad de esa derrota.

Pero ni ese gesto, ni su negociación para liberar a los prisioneros que tomó Fidel Castro, ni su agenda anticomunista, y ni siquiera los casi 48 años que lleva ya muerto, aplacaron el enojo de algunos sobrevivientes de la Brigada 2506, que siguen reclamándole con pasión.

"Fuimos completamente abandonados, nosotros y el pueblo cubano, por Kennedy", dijo el brigadista Oscar Rodríguez a la agencia española EFE. Según la misma fuente, otro combatiente, Raúl Martínez, cree que si no iba a ir hasta el final el presidente demócrata "podía haber dado la orden de paralizar el desembarco".

El punto del compromiso de Kennedy es central para entender los acontecimientos que se conmemoran tanto en Miami, en homenajes a los miembros del grupo, como en Cuba.

Allí, un desfile militar para celebrar el triunfo de Playa Girón -como se conocen las acciones militares de 66 horas consecutivas del 17 al 19 de abril de 1961- convocó a cientos de miles de personas el mismo día que se inauguraba el VI Congreso del Partido Comunista que puede cambiar el rumbo del país al habilitar reformas económicas que en poco cumplen la ortodoxia socialista.

Muchos creyeron que la negativa de Kennedy a apoyar con aviones a los hombres que perdían en la playa fue una debilidad, y para otros inclusive una traición.

Lo cierto es que Kennedy heredó el plan de invasión de su antecesor, Dwight Eisenhower (ver nota relacionada), y con ambigüedad decidió llevarlo adelante. Quiso desactivar la bomba comunista a 90 millas del territorio nacional pero también mantener la posibilidad de una negativa pública a la intervención de los Estados Unidos en los asuntos de otro país.

Un memo de su asesor Arthur Schlesinger Jr., Cuba: problemas políticos, diplomáticos y económicos, sintetiza la ansiedad que se vivía en la Casa Blanca días antes de la operación.

Y, por cierto, da la razón a los brigadistas sobre la ambigüedad del compromiso de Kennedy. El 10 de abril de 1961 el presidente encontró en su despacho nueve hojas con las medidas de control de daños que serían necesarias para reparar su credibilidad en el caso de que se conociera el papel de los Estados Unidos en el entrenamiento y provisión de recursos a los exiliados cubanos.

Los riesgos que veía Kennedy

"Qué está en juego": bajo ese subtítulo, Schlesinger elogia los cambios en la política exterior que en sólo tres meses -Kennedy había asumido la presidencia el 20 de enero de 1961- había impuesto el gobierno demócrata.

"En todo el mundo la gente ha olvidado el conservadurismo entreverado y moralizante del periodo de Eisenhower con velocidad sorprendente".

Para el asesor, los Estados Unidos habían reemergido "como una nación grande, madura y liberal, fría e inteligentemente dedicada al trabajo de frenar al comunismo, fortaleciendo a las naciones libres y neutrales y trabajando por la paz", según el memo. "Es esta renovada fe del mundo en los Estados Unidos lo que está en juego en la operación cubana."

La mayor vulnerabilidad de los Estados Unidos, según el gobierno demócrata de 1961, consistía en la posibilidad de demostrar fehacientemente que Cuba era una amenaza a la seguridad nacional, para evitar así el efecto David versus Goliat que, al fin, quedó como marca en la historia. Schlesinger le advertía a Kennedy una semana antes del desembarco de la Brigada 2506:

"En primer lugar, por muy cubana que la operación parezca ser, los Estados Unidos serán responsabilizados por ella ante la opinión pública mundial; nuestra propia prensa se encargará de eso.

Mucha gente simplemente no ve que en este momento Cuba presente un riesgo tan grave e imperioso para la seguridad nacional como para justificar un curso de acción que buena parte del mundo interpretará como una agresión calculada contra una nación pequeña."

 

Un beneficio involuntario a la Unión Soviética

Al asesor también inquietaba una consecuencia indeseada del desembarco en Bahía de Cochinos: que la Unión Soviética la utilizara para reforzar su imagen política por medio de la victimización de sus aliados.

"El primer esfuerzo comunista será afirmar la impresión ya existente de que el desembarco está avalado por los Estados Unidos. Para ello los comunistas cuentan ya con la ayuda indispensable de la prensa estadounidense", escribió.

"Van a retratar [la operación] como un esfuerzo de la nación capitalista más grande para castigar a un país pequeño por su deseo de obtener independencia política y económica."

El objetivo, según Schlesinger, era "retratar a la Unión Soviética como patrona y protectora de los nacionalistas, los negros, las naciones jóvenes y la paz y a la administración Kennedy como una banda de capitalistas e imperialistas enloquecidos por la pérdida de las ganancias y movidos por la agresión y la guerra".

En medio de la crisis, Kennedy escribió al presidente de la Unión Soviética, Nikita Kruschev (ver nota relacionada). Por cierto, Schlesinger no se equivocaba en la valoración del uso discursivo del conflicto: con los años, Fidel Castro elogió a Kennedy (ver nota relacionada).

 

Cómo se debía cuidar al presidente

Según el texto, era menester que Kennedy sostuviera cuatro puntos en su discurso sobre las acciones de Bahía de Cochinos: "a) que Castro está amenazado no por los estadounidenses sino por los cubanos justamente indignados por su traición a la revolución; b) que simpatizamos con esos cubanos patriotas; c) que no habrá participación estadounidense en ninguna agresión militar contra la Cuba de Castro".

El cuarto punto era fundamental: "Si nuestros representantes [ante las Naciones Unidas] no pueden evitar que se debata si la CIA [Central de Inteligencia] realmente ayudó a los rebeldes cubanos, probablemente estarán obligados, en la manera tradicional, a negar tal actividad de la CIA."

Schlesinger llegó a pensar en un modelo de respuestas para una posible conferencia de prensa del presidente Kennedy y en lo que llamó "medidas diversionistas": acciones como "llamar a la acción contra la tiranía de Trujillo" o "apoyar a algún gobierno progresista en América Latina, como el de Venezuela" para obstaculizar "la ofensiva de propaganda soviética".

Nada de eso fue necesario. No obstante, el memo no resultó indiferente a Kennedy, que una semana más tarde comenzaba la operación y en cuestión de horas casi recortaba el apoyo a los brigadistas.